Faustino González Pelaz
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LA SEAT DE BARCELONA:
PUÑO EN ALTO DEL MOVIMIENTO OBRERO HISPANO...
¡CUANDO EL GENERAL FRANCO FIRMABA SENTENCIAS DE MUERTE!
(FRATERNIDAD PROLETARIA ENTRE HISTORIA Y LITERATURA)
Armando Varo González y Faustino González Pelaz 
Puesto lo manuscrito en el telegrama en letra de molde (cursado por tres vecinos de Bellvitge), se lee:
Excelentísimo Jefe de la Casa Civil de su Excelencia el Jefe del Estado (Madrid)
Rogamos traslade petición de clemencia de conmutación pena de muerte a favor condenados
Faustino González Pelaz 7 379 101 (D.N.I.)
Faustino García Maestre 31167772
José García Soria 37... ¿?
Faustino González Pelaz: Avda. Europa 252- 5º- Iª. Hospitalet de Llobregat.
Desde muy antes de Herodoto, según humilde entender de quien esto escribe, ha habido una fracción de la humanidad vivamente interesada en el conocimiento de la Historia. Y bien pudiera ser que si Heráclito hubiese elegido al hombre -o a la mujer- como paradigma de movimiento y cambio; de que todo fluye; de que nada permanece inmutable; de que lo que hoy está húmedo mañana estará seco y tal y tal y toma y dale, y aquí te pillo y aquí te instruyo... ¿Hubiera sido igual el resultado? Bien pudiera ser que no. El metódico estudio de la Historia se habría adelantado un siglo. Y las consecuencias derivadas de no nos bañamos dos veces en el mismo río no hubieran sido las mismas que las que derivamos de no hablamos dos veces con el mismo hombre. O, dicho en román paladino: “¡Quien te ha visto y quien te ve!”. Si es verdad que la humanidad progresa en espiritualidad, como es lo deseable, tal vez pueda aseverarse que -proporcionalmente- la fracción de humanidad actual interesada en conocer su pasado es mayor que en los tiempos de Herodoto.
Pero si progresamos como si no, la humanidad puede prescindir de clarividentes que, llevando el agua a su molino particular, se prodigan en genuflexiones ante el nombre de Némesis -pues en tanto que es Némesis deidad de la Venganza también lo es de la Memoria, al decir de los mitólogos-. Pero, ¿hablar de Historia y de Memoria no es lo mismo? De actualidad lo tenemos: memoria histórica. Y a la vista quedamos los genuflexos todos, incluidos quienes nos honramos de acogernos al vetusto pero probo molino comunal del santuario: el santuario de Santo Compañero de Zozobras y Fatigas, de nombre claro y apellidos inequívocos. Es extraño que ejerciendo semejante matronazgo no anden a la greña Clío y Némesis, salvo que se turnen en su olímpica tarea. Pero bueno, si andan, encárguense los mitólogos -o mitógrafos- de desenmarañar sus chismes y poner orden entre ellas y la exigible concordia.
Puede ser que nuestras cuitas sean superfluas. A quien tiene memoria, qué falta le hará que se lo recuerde nadie. Y al que no la tiene, ¡quién le librará de tropezar una y otra vez en la misma piedra! Como aquel correcto joven que fue a ver al médico de guardia: “< ¡hola amigo! ¿Que te trae por aquí? <Pues mire usted, señor doctor, que soy corto de memoria> < ¿Cómo has dicho?> <Ya no me acuerdo>”
Cuestión aparte habrá de ser que nos coordinemos todos cuantos tengamos cosas que recordar, que eso sí debemos tenerlo por saludable y altamente provechoso para todos. No tanto por preservar nuestra identidad de la cortina que deviene olvido (amnistía), cuanto por impedir que los malandrines de siempre, sin distinción de colores, creencias o militancias, disfrazados ellos con cuantas máscaras podamos imaginar nos la roben en beneficio propio -poniéndonos en riesgo de repetir errores-. Puede que fuera Lenín quien que decía: “Si de los ángulos del triángulo equilátero se desprendieran intereses económicos que hubiera que repartir, también se disputaría acerca del valor exacto de cada uno de los ángulos del triángulo equilátero”
Habrá a quien parezca exagerada la antedicha afirmación de Lenín, a mí no. Vengo observando que existe gran empeño por parte de ciertos individuos, de muy distintos niveles sociales, de construir la memoria histórica usando los olvidos como sólidas piezas de mampostería de la memoria susodicha. ¿Serán estos tales por cuales capaces de enmendarle la plana al pasado? ¡En cuanto dejemos de prestar atención al presente del que sean parte interesada ellos!
Sin embargo, no es tan difícil como pueda parecer a primera vista identificar a tales individuos. La argucia nos la legó el humorista Eugenio, aquel que parecía chapurrear en catalán y castellano. Eugenio acudió a la casa del adivino, y le llamó desde abajo. Y el otro: “< ¿Quién eres?> <¡Cómo que quién soy! ¿Tú no eres el adivino?>”
Cuando los tutores de un pasado más o menos glorioso, o más o menos penoso, ignoran parcelas de su jurisdicción, entonces, como los cefalópodos en su tinta así se envuelven ellos en el manto del olvido. ¡Qué graciosos! Se olvidan de que están hablando de esta o la otra memoria histórica, de tal crónica antiesto o antilootro... O prevarican, bajo capa de su olvido, con los nombres de quienes fueron testigos de ese pasado que se empeñan en tutelar para enmendarlo a su gusto. A quien relata historia y no es historiador de oficio, aconseja el sentido común no exigirle el rigor al que está obligado el profesional. Pero si no quiere ese relator que con razón se desconfíe de él, cuando encuentre zonas oscuras relatando lo que pasó a otros, está obligado, por civismo, a remitir a los destinatarios de su relato a los nombres de esos otros. Sólo así dará prueba incontestable de su honradez. Ahora bien: corrompiendo nombres y apellidos troche moche no se gana la confianza del respetable destinatario. Lo peor de semejantes relatores es que, bajo amparo de impunidad, harían lo mismo que con los antropónimos con las señales de tráfico -en defensa de sus ridículos o mezquinos intereses-. Pues bueno será que alguien, con la debida autoridad, los señale con el dedo. Por ejemplo los señores psicólogos, con sus maestros al frente: “Las confusiones arropan olvidos que con frecuencia resultan ser confesiones involuntarias”
¿Qué más...? Que quien haya leído el escueto preámbulo que antecede -¡gracias por haberlo leído!- puede injertar lo que sigue en la interrogante que le plantee la raíz de la que florece. Verbigracia:
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Y los relojes siguieron midiendo los tiempos que son mensurables, y pasaron los años, esta vez muchos años; tantos que el muro de Berlín, levantado en 1961 como pancarta mineral de valores eviternos, tuvo tiempo de venirse abajo. En Barcelona, ¡menos mal!, la polvareda levantada por tan ingente cantidad de cascotes y escombros fue contrarrestada por el polvo de las obras que anunciaban el advenimiento de las Olimpiadas: ¡1992! (así como queriendo compartir cartel con la “Expo” de Sevilla. O bien: “Tanto moja, moja tanto el Guadalquivir como el Mediterráneo” Los relojes, contumaces, implacables siguieron y siguieron funcionando. Atrás quedaron la Expo y Pellón y su pabellón, y el naufragio del prestigio del piloto de la copia la Santa María; y también las Olimpiadas de 1992, y los restos del muro de Berlín, y la Perestroyka... También atrás quedó la arribada del DRUZHBA (barco-escuela soviético construido en los astilleros de Odessa) al puerto de Barcelona; y su partida hacia no sé que ignotos parajes. Y todo fluye, y todo cambia, y todo se desvanece... ¡Descontando al Papa, Juan Pablo II, que sigue en pie! ¡Incorruptible! ¡Inasequible al desaliento! ¡Lo que se dice hecho un quinto y, al parecer, sin muro que se le resista! También mi afición a sumergirme en Los Encantes de Barcelona sigue en pie, ¡inamovible! Me resultan tentadores Los Encantes. Encima de entretenerse uno, también puede uno pillar alguna prenda estimable, que halague o avive los sentimientos. Un día de San Fermín pillé un Quijote escrito en catalán el año 1969 ¡1969! Para los de la NASA y para mí -lo mismo será para otros- ese año nos marca un antes y un después con persuasión inmarcesible.
El 1969 es un año lunero como pocos. Para los astronautas por haber tenido íntimas relaciones con la luna. Para mí, porque dejé de ser soltero. Nos casamos mi mujer y yo aquel año y precisamente el día de San Fermín. Otra vez me encontré un llavero recordatorio de la Virgen de Guadalupe, ¡la extremeña!, entronizada en hornacina con forma bellota. ¡Pa comérsela, vamos! ¡Ah!, y en otra ocasión me encontré una postal de Cibeles, la gran señora del gorro frigio ¡La Cibeles de los madriles! ¡Del año la nana la casticísima postal! También debo a los Encantes el hallazgo de la Grabadora fuera de serie. Un soleada mañana... ¡Día de los Santos Inocentes! Y bien grabada que la llevo en mi memoria, la mañana aquella. Por no presentarme en casa con las manos vacías -como cazador desairado por Diana- ¡pcha!, le cogí una grabadora a un moro. No es que estuviera yo muy renecesitado de grabadora, sino que su precio me sedujo. Y encima me gratificó con una prenda que cerca le andará ser reliquia de santuario: ¡ahí es nada!: un catecismo de doctrina cristiana, bilingüe -en catalán-castellano--, de tiempos de Su Santidad el papa Pío X. Bien es cierto que por alzarme con el catecismo cargué con la grabadora. No por las garantías -de palabra- que me dio el moro de su buen funcionamiento y ser aparato fuera de serie. Aparte de certificarme, también de palabra, unas características de fabricación lo bastante convincentes como para cerrar el trato. Me la eché al morral como pieza digna de figurar en un museo. Algo así como el Puente de Alcántara de las grabadoras.
Por echarle un primer vistazo al añoso catecismo me senté en un banco, uno de aquellos que delante tienen mesa -a guisa de merendero-. Es el que está al lado de unos algarrobos, dentro mismo de la plaza de LAS GLORIAS CATALANAS. Y, ya sentado, aproveché la pausa para meter la mano en mi morral y sacar de dentro la bota de vino que -hablando de hallazgos- me había encontrado aquella misma mañana, ¡mediada de vino!, en el último rellano de las escaleras del metro de Glorias, conforme se sube. Por catarlo. Y lo caté, cauto, porque había salido de casa sin desayunar y me había acostado el día antes sin querer cenar. Bueno sí que estaba lo de dentro, pero diría que era un vino arreglado y reforzado, así como si le hubiesen inyectado un “sol y sombra” doble o triple, con el gusto tan fuerte que tenía a brandy y más fuerte todavía a anís. Y bueno, catado aquel caldo dejé la bota en el banco, junta a mí -por tener manos libres hojeando el catecismo-; y al punto me engolfé en la relectura de las Postrimerías del hombre, acordándome, acordándome de rascayú -o rascallú-, aquella canción de tiempos de Manolete y Arruza. En esas estaba cuando un sujeto, estrafalario como pocos, con un disparatado fajo de papeles bajo el brazo, se me sentó al lado.
Al lado mismo de mi estupendo y repleto zaque se sentó el nota y, a modo de saludo, le chocaría verme enfrascado en mi catecismo, me espetó: “¿Te gustan las parábolas? ¡Lo sospechaba! ¿A que no te sabes la parábola del juez Don Ínclito y la abogada Doña Excelsa?” Fingí no haberle oído, pero no por eso me libré de recibir a bocajarro su parábola. Encima, me la repitió. Además me di cuenta en seguida de que era el mismo que se me había quedado mirando, de hito en hito, un par de horas antes, al salir yo de la boca del metro. Me resultaba inconfundible: grandote y con hechuras de entibador portuario, de dudosa pinta de mendigo y notoria facha de bohemio; luengas y nevadas barbas, de edad muy avanzada -lo bastante para sobrepasarme en lo menos una generación-, greñas estoposas medio tapándole las orejas... Y abrigado con capote parduzco, de corte militar, pero recortado por encima de las rodillas. Lo llevaba ajustado a la cintura con un cinturón igual que el mío, bien que la hebilla del suyo, aun siendo metálica, y refulgente, parecía roída de los ratones. Se cubría la cabeza con ese tipo de gorra conspicuamente leninista, la cual gorra parecía autentificar remota filiación siberiana de sus barbas escarchadas. Porque más que las de un patriarca bíblico hacían evocar las del sabio Mendeléiev, o las de un León Tolstoy. Y sus botas... ¡Dios, que botas! Aun parecían más grandes por la ‘gracia’ de sus pantalonazos, en pana negra de esa de canutillo y tan anchos que, por poder verse las botas -al andar- los llevaba metidos por dentro de los calcetines blancos, como si fueran bombachos. ¡Todo un cromo!
Pero diré, en bien de la exactitud, que bajo la visera de aquella gorra fulguraban unos ojos aceitunados de mirada... No sé si decir la mirada de un hombre vagamente poeta, si audazmente trolero, o si resuelta y rotundamente castrense. Y chato. Pero unas narices las suyas que en lejanos tiempos debieron ser algo así como una reverberación étnica de narices como las de Martín Diez el Empecinado, el guerrillero de Castrillo de Duero según retrato del pintor Goya. En conclusión: menos ordinariez, lo que se quiera. Ah, y tanto en las botas como en la hebilla de su cinturón podía servirle como espejo, por lo brillantes, dicho sea en homenaje a su aseo y esmerada policía. Y también, contra lo que sostienen algunos parlamentarios –obstinados en amancebar al divorcio con el despido libre bajo capa de sacramento laico-: ningún amor es para toda la vida, a tiro de mosquetón se advertía en este sujeto estar enamorado de Doña Higiene desde que estrenara su uso de razón; aparte, claro está, veniales infidelidades tan propias de los varones.
Bien. Pues no había hecho el señor más que sentarse, cuando, con elasticidad más propia de gendarme que de vejestorio, se levantó sin desprenderse del fajo de papelotes y se dirigió al banco de enfrente, luego de haber rodeado alrededor de la mesa; pero no por sentarse allí, no: por sacar de bajo de aquel banco una lata de sardinas, ya abierta –la habría abierto aquella misma o si una-. La sacó y -contento como galgo con su liebre- regresó con ella sin más demoras a su punto de partida; es decir, junto a mi provocadora bota de vino, poniendo encima de la mesa sus cuestionables sardinas enlatadas. La verdad es que en la vida hay tipos graciosos, ¡pero graciosos! Por no decir... Nada, que en seguida que probó de ellas -pinchando en ellas con la mina de un bolígrafo- echó mano de mi bota, se la llevó al coleto, la comprimió... Eso sí, con gentileza torera, ¡pero como si fuera suya! La soltó luego con cuidado no se desplomara, pues que no quiso molestarse en enroscarla el tapón; pero no la soltó a mí lado, sino al lado mismo de sus sardinas en escabeche. ¡Qué bien! Para seguir teniéndola a mano y... Yo me le quedé mirando..., fijo, fijo, fijo... Pues nada, que se quedó tan fresco Me soltó, el muy cabrito, como adivinando y burlándose de la ficha mental que le acababa de hacer: “Camarada, lo que hay en España es de los españoles”. Bueno. Al pronto me quedé de una pieza, pero más que por su gracia, ¡por su voz! Tonos que al recitarme su parábola los capté ahora, como me habló más despacio. Y fue que tuve sospecha, y sigo teniendo, de haber escuchado en anterior y remotísima ocasión esa voz. Pero que, exactamente, ¡no sé dónde ni cuándo! Una voz, por cierto, muy bien modulada; aunque algo aguardentosa y así como picada de nicotina, bien que con resonancias que me traían a la memoria la voz de ESPARTACO, el de la famosa película que todos conocemos. Bueno, pues luego que ya me rehice, comenté para mis adentros: “¡Hombre!, conque encima chirigota. ¡Bien, bien! A tipos como tú sé yo bien como escarmentarlos”. Discurrir yo mi represalia y ponerla en ejecución, todo fue uno, ¡anda, si no! No me preocupé lo más mínimo de si tenía luto o no tenía luto yo en el borde de mis uñas, ¡estaría bueno! Metí mis dos dedos en la lata, hice pinza a conciencia, saqué mi buena media sardina y, ¡a la boca con ella! Y bien buena que estaba. ¡Picorra...! Fue entonces cuando se me quedó mirando él a mí, fijo, fijo, fijo... Así como esperando... ¡Qué esperaría! ¿Esperaría a que yo le dijese: <Con la venia del señor>? ¡Vaya si le desengañé! Como que me dejó de mirar. Sí, se puso a mover la cabeza como en señal de reprobación, ¡pero a callar tocan! Luego se vino a razones, aunque todavía refunfuñando. Porque tuvo el detalle de apartar con los pies... Yo, al ver el modo de relucir de las barrillas aquellas, tan torcidas y un poco más oscuras que el chocolate, salí de dudas enseguida. Se veía bien que eran vainas de algarrobo, y no cagadas de gato siamés o de puto perro caniche. Y acerté, creo. El muy señor se agachó, pilló de entre las barrillas y la hojarasca un par de palillos higiénicos, me dijo que eran suyos y sin estrenar, él se quedó con uno y me dio a mí el otro... Eso está bien, hay que reconocerlo. Pero tirándome ya la indirecta, no sé si a cuenta de mis luctuosas uñas, o... El caso fue que me espetó así: “¡Camarada!, ante todo, ¡señorío!, que lo Cortés no quita lo Pizarro. ¿No te acuerdas de la parábola del juez Don Ínclito y la abogada Doña Excelsa?” Sabido que la palabra hablada vuela y que la palabra escrita, escrita queda, dejaré escrita esa parábola recibida a bocajarro (1)
Sí, suscribo eso: lo cortés no quita lo valiente. Aunque no sé yo cómo nos las hubiésemos arreglado, ¡con palillos!, para apurar hasta la última gota de la salsa de la lata. Multa no nos hubiese puesto ningún señoría, digo yo, por amorrarnos a una lata de sardinas; pero nuestro señorío plebeyuno, ¡qué! Lo que sí me mantuvo pensativo un rato fue la letra menuda de la parábola. Lo de letra menuda, es un decir mío, claro. Luego... Bueno, al final tuvimos suerte. Al banco frontero al nuestro vino a pegar mangas el moro -al que había comprado la grabadora- con una barra de pan bajo el brazo, la misma que se llevó a los dientes con ahínco, tan pronto como se sentó. Pero así que se sentó nos pusimos el otro y yo a mirar fijo, fijo, fijo, ¡pero fijos!, a la barra de pan aquella... Yo, no es que tuviera hambre a aquella hora; pero de pronto aquella barra de pan me trajo a la mente la que -el 3 de noviembre de 1958- mi hermano Ángel me compró -en el bar de junto a Correos- el día que llegué a Barcelona, licenciado de Canarias y... ¡Cómo!, que se me despertó el hambre ahora. También es que en el mundo, como dicen que decía Cossío que decía Rafael el Gallo (dicen que refiriéndose éste al filósofo Ortega y Gasset) “Hay gente pa tóo”.
Y fue eso, que gracias a lo bien encarados que estábamos al moro, éste, sin tener la delicadeza de preguntar: ¿Qué miran los señores?, partió de su barra de pan una porción de dos terceras partes y, como si nos conociera de toda la vida, nos las puso encima de la lata. Bueno. Pues no se la íbamos a despreciar: ¡a untar pan en salsa se ha dicho! ¡Y a tomar por saco los palillos! El moro siguió comiendo de su porción..., ¡pero como si fuese mudo! Y es que esto del señorío se ve que va como va. Además, lo que tardó en comerse su pan tardó en fugarse de la mesa, pero sin darnos tiempo ni siquiera a ofrecerle de la bota.
El camarada y yo, ya que vimos brillar la sequedad de la lata, por no cruzarnos de brazos hechos dos pasmarotes, encendimos tabaco. Yo no tenía muchas ganas de fumar, pero como el otro sacó (de dentro de un estuche de pastillas de regaliz) un par de colillas bastante aprovechables, pues nada, por recordar mis tiempos de soldado y mi amistad con los legionarios... El cerillazo lo puse yo; pero claro, dale confianza a ciertos tipos... Se lió el nota de magreo con la bota... Y no iba yo a ser menos, siendo mía... Nos pusimos a parlotear, animados con tan espirituoso caldo..., yo acabé sacando del bolsillo el par de celtas que me quedaban, los prendimos fuego también... Así hasta que, como reguero de pólvora que arde, así corrió por toda la plaza en redondo la voz de alarma: “¡Los de la urbana están ahí!” Los vi. Entraron en la plaza no sé si pidiendo papeles a los extranjeros o si haciendo preguntas fastidiosas a los vendedores ilegales. Con la bota alzada le pilló la alarma a mi compañero de lata ¡Pero qué sobresalto el suyo! ¡La prisa que se dio a poner tierra de por medio entre los guardias y él! Puso pies en polvorosa con tal diligencia que, sin pararse siquiera a soltar la bota en la mesa, escapó... Pero es que tampoco se molestó en coger de sobre el banco su trabajo literario: una pieza salvada de una catástrofe humana-según él me había dicho cuando buceábamos en la salsa de la lata- como no había visto otra: “Camarada, entre ruinas y bajo escombros puedes encontrarte piezas de mucho valor. Esta joya pude rescatarla yo de debajo de los casotes del muro de Berlín” O sea, su polvoriento fajo de papelotes manuscritos, atados con un cacho cuerda de esparto.
Me disgustó que los guardias perturbaran el orden del plebeyuno desorden reinante en la PLAZA DE LAS GLORIAS CATALANAS. No por el orden en sí, ni porque los guardias me caigan mejor o peor que los obreros metalúrgicos o las hermanas de la caridad, no. Era que empezaba a interesarme la historia y conversación de aquel espontáneo fugitivo. Y lo mismo por su parte. También él escuchaba con creciente interés mis respuestas a sus meditadas preguntas. Tanto así, que, como nos habíamos quedado sin tabaco, por pereza de ir a comprarlo, convinimos trasladarnos a la mesa próxima, con miras a disfrutarnos el humo de los cigarros ajenos. Bueno, pues nada. A resignarse y sanseacabó. Y otro día nos veremos.
Supongo, a la luz de la parábola antedicha, que la habrían hecho alguna fechoría en algún juzgado; que él se habría pasado alguna sentencia por donde algunos jueces se pasan el respeto que deben a los contribuyentes y... Y que de ahí le vendrá el no querer que los guardias le pidieran documentación escrita.
Miré el reloj y... ¡Cuernos de leguleyo! ¡¡Qué tarde!! ¡Habíamos estado charlando lo menos tres horas o más! Es verdad que le pillé en lapsus linguae varias veces, como cuando dijo que Narciso Monturiol era de Besalú. Pero bueno, los años, ¡los muchos años!, se merecen un respeto aun cuando provoquen en algunos sonrisas misericordiosas. Mientras las inexactitudes no vengan sucias de turbios y dañinos egoísmos, o inficionadas por rastreros e inconfesables propósitos, ¡platiquemos con desenfado y sin restricción, y cada quién acorde con su talante! Dejemos para los profesores el rigor y la exactitud que la historia o cualquier otra ciencia exige, así en las aulas como en las lecciones de campo o en este o el otro laboratorio. Hay quienes dicen, y uno cree que dicen bien, que si sólo habláramos lo estrictamente necesario -por lo tanto nada de trolas-, que nuestra humana facultad de hablar se perdería al cabo de unas cuantas generaciones.
Pues nada. Hice, lo que debía de hacer y dije lo que debía de decir. O sea que, mostrándole su ‘tesoro de celulosa’ en mano, medio a voces para que pudiera oírme, me dirigí a él por la cuenta que le pudiera tener, y también por hacerle recapacitar que la bota que colgaba de su hombro podía colgar del mío y.... Pero como dicen en mi pueblo: <Carne que se lleva el gato, ya no vuelve al garabato>. Estas fueron las últimas palabras que allí cruzamos: “¡Eh!, tú, ¡barbas!, te dejas atrás esta joya tuya” “¡En buenas manos la dejo! Te la regalo... ¡No!, rectifico: gánatela cumpliendo con la misión que te dije ¡Y di tú conmigo que la bota también queda en buenas manos!” “¡Cuídamela! Y no te mames hasta la pez el aliño de sol y sombra ¡Deja algo pa los pobres! ¡Muchas gracias, hombre, por tu fabulosa alhaja manuscrita! ¡Y suerte, campeador!” “¡Salud, camarada trapero!” Sobrepuesto al desconsuelo que me causaba verle alzarse con la bota, le pregunté, vociferante -por hacerme oír en medio de la muchedumbre-: “¿Cómo te llamas? Tarde me di cuenta de mi patinazo. Aguardé, temeroso, a que me respondiera con celtibérico y morrocotudo corte de mangas; y sí... Vuelto de cara a mí, sin pensárselo mucho, me respondió a voces y en estos términos: “¡Mi nombre es Celtiberio Virilérrimo Pseudónimez! ¡Ahijado de Montserrat Roura Valiente! ¡Que lo oiga el cabrón don Ínclito el chulo putas! ¡Que lo sepa la puta doña Excelsa Puercacheca Perezuela Felativa! ¡Esa tía indecente parásita y mamónica y oprobio de la honrada gente de izquierdas!”. De seguido, se llevó su mano derecha a la visera de la gorra, a modo de saludo militar... ¡Y hasta la vista!
Impresionado por los nombres que vociferó a los cuatro vientos, me quedé un rato pensativo, intentando descifrar la parábola que me había narrado. Me acordé entonces de un chiste... Me lo contó, en el mascaron del Marbella taller Cinco, mi buen compañero manchego Pascasio Redondo Mansilla: “¿Adónde me lleváis?” “A enterrarte, por mandato judicial; ¡y no hagas preguntas necias!” “¡¡¡Pero si todavía estoy vivo!!!” “Lo que te faltaba, ¡so zipote!, que tú, ¡precisamente tú!, quieras enmendarle la plana al juez” La chispa de aquel chiste iluminó al punto la parábola aludida, y la descifré sin asistencia de nadie.
* * *
De vuelta a casa volví a ver al camarada Celtiberio, en la parada del autobús. Me pidió excusas por sus prisas. No me atreví a pedirle la bota. ¿Con qué cara? Yo portador de fajo de papeles manuscritos, el mismo que me había encomendado él. Me intrigaban aquellos papelotes. Y si encima la bota era suya... Fue cuando me caté de habérmela yo encontrado antes de que él la perdiera. Entonces me dio, ya con un pie dentro del autobús, su número de teléfono -escrito en sistema binario- No quise preguntarle por nadie pero, en bromas, le prometí que le escribiría al consulado, advirtiéndole: “Si te entregan una carta rimada, escrita en volapük, ¡mía es! La conseguí aquí, en operación de prorrateo. Vigila no se te traspapele”.
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Llegué a casa aquel día de Santos Inocentes después de las tres de la tarde. Hablando, hablando... Y eso que había salido aquella mañana más temprano que de costumbre, cuando digo de asomarme por Los Encantes y sus alrededores.
Al cabo de lo menos un mes me dio por coger el coche, domingo por la mañana, y tiré pa la playa del Prat, que, no sé por qué, la tengo bastante apego, y más aun en invierno que en verano. La cuestión es que al salir de casa me dio por echar a mi morral una guía turística de toda España, del año 1956...Memorable el apellido editorial de esa guía por el destino que no la niego y que me hace tanta gracia. Además de por la información que contiene, también por la información que no tiene (¡no existe en ella Zamora, ni como provincia ni como capital! Las demás capitales de provincia, sí).
En fin, que dejé el coche donde siempre, allá a lo hondo, donde acaba el aparcamiento -al resguardo de los bojes y demás setos arbustaceos-, me colgué del hombro mi morral, anduve un rato, me senté luego en el murete, en mi morral metí la mano, saqué la citada guía y me puse a mirar su precioso mapa físico de la Península Ibérica. Mi iba embelesando con el mapa cuando, ¡carayjo!, empecé a escuchar una voz metalizada, o así como el rasgueo de las voces que se oyen en las tómbolas de las ferias... Pero muy cerca de mí ¡Redios! ¡Y la playa estaba desierta! No había nadie más que yo en varios kilómetros a la redonda. ¡Me dio un miedo...! Suelo ser un pelín reacio a creer en las psicofonías, pero cuando su audición le acosa a uno... Menos mal que antes de salir corriendo al coche me dio por echarle mano al morral, por fuera, para sujetármelo a la cadera y poder correr más aprisa..., ¡huy!, qué susto: ¡¡Era que parloteaba la dichosa grabadora que me vendió el moro!! Ni por el forro me había vuelto yo a acordar de semejante cachivache. Por no acordarme, ni siquiera me había acordado de sacarla del morral, el día de marras. Y lo de siempre: lo que no se lleva el ladrón aparece al rincón. Ahora, al echar mano a la guía, sin darme cuenta, presioné con la misma guía -que es de pastas duras- en la tecla de puesta en marcha y, como dice el otro, se juntaron el hambre con las ganas de comer. Y sería que allá en los Encantes, el día de marras, al sacar la bota del morral pulsé la tecla que puso en marcha la cinta virgen o el disco, o... ¡Seguro! Lo que menos pensé entonces fue en que semejante cacharro pudiese funcionar en serio. ¡Vaya si funcionaba! Pero la sorpresa que me llevé, luego de haber escuchado la charla con el otro impresa en la grabadora, quedó en nada. Comparada con... Me acordé entonces, al acordarme del moro, que portaba en el maletero del coche la ‘joya’ manuscrita que me regaló el de la gorra leninista. Y me picó la curiosidad, ¡al cabo de varias semanas!, de examinar el paquetón de papelotes. Lo cogí por la cuerda, reflexioné un instante, y decidí no desatarlo antes darle la vuelta. Se la di... ¡Cómo me quedé! Cuando leí, en la lámina de cartón que hacía de portada en el manuscrito, el final de su rótulo:
REVISADO Y COMPUESTO POR FRAY JERÓNIMO IBÉRICO LIBÉRRIMEZ
Para volverse uno majara. Dejé el paquetón en el maletero, como no habiendo visto nada, me senté al volante, arranqué, maniobré...Un trasto menos; ¡y lo siento! Pero como estaba todavía algo amilanado no me acordé de que la grabadora -antes de abrir el maletero- la había dejado encima del techo del coche y, ¡adiós!, cuando quise acordarme... Ocurrió que al ponerme en marcha la pillé con una rueda trasera. Al contenedor de la basura, que esta allí en un rincón junto al seto que separa al aparcamiento del campo de golf, fue a parar la pobre grabadora. Y bueno. Así, tanto por la satisfacción que me daba recordar mi compra en día de Santos Inocentes, como por aprovechar la ocasión que se me ha brindado para lucir mi memoria, he trasladado al papel parte de la conversación que me encontré embalsamada en tan prodigioso artilugio. Sólo parte, que no quiero complicaciones y menos meter en líos a quien me otorga su confianza. Dicho de manera castiza, se trata de una conversación sin pies ni cabeza. Fue que su principio no lo captó la grabadora y su final lo he suprimido yo intencionadamente. ¡Y qué! También se ven en los museos, y fuera de ellos, torsos: esculturas que representan al cuerpo humano sin pies ni cabeza, y nadie por eso se lleva las manos a la suya. Me queda por advertir que un diálogo no es lo mismo que, por ejemplo, una carta -o un libro- que a uno se le ocurra redactar. Esa carta -o ese libro-, por ser obra de un solo autor, están sujetos a todas las revisiones, o manipulaciones, que a su autor se le antojen llevar a cabo. Podrá hacer mangas y capirotes con su producto, antes de ponerlo en circulación, sin que nadie pueda acusarle de vulnerar señas de identidad ajena. Ese no es el caso de los diálogos. Un diálogo es un producto intelectual colectivo con vida propia, como puedas serlo un cuadro, o una foto, y por ello un bien indivisible.
Partir a lo largo y por la mitad un diálogo es desnaturalizarlo. Del mismo modo que, por no ir más lejos, tampoco pueden partirse un par de botas, porque aquí dos medios pares y dos unidades no son exactamente lo mismo. La advertencia viene a cuento de ciertas asperezas tabernarias que se echarán de ver a lo largo de la conversación que transcribo. Yo mismo, hablando en privado con mis colegas, o inmerso en atmósfera coloquial, me permito ciertas licencias que me niego con el boli. A mi interlocutor le sucederá cuatro cuartos de lo mismo. Aparte quede la locuacidad que rebosa de una bota repleta de vino peleón –de tres cuartillos de tamaño- severamente corregido por la fuerza del brandy y del anís. Nada me ha impedido pulir nuestro diálogo, suprimiendo mis expresiones malsonantes en aras de la elegancia, y dejar intactas las del camarada Celtiberio en aras de la espontaneidad: O lo contrario. O lisa y llanamente entrar a saco en la grabación con la pulidora a tres mil pares de revoluciones... Pero no. El lenguaje tabernario –no confundirlo con el parloteo de elegantes papanatas televisables- se merece mis respetos; porque se podrá ser más tonante y exquisito desde el ambón del predicador, o desde el podio del orador, que desde la banqueta de la taberna, ¡pero no más claro! (cuestión aparte sea también el adocenamiento, rampante, que prospera en torno a los altavoces de los televisores hogareños..., disfrazado de lenguaje tabernario). Y vale. Basta ya de circunloquios y allá va la “voz” de la grabadora: marca sin registrar modelo Puente de Alcántara (estrenada por mí, como ya adelanté, el Día de los Santos Inocentes del año... La verdad es que sigo sin acordarme de qué año. ¿Podría ser algún año que quede a horcajadas sobre el segundo y el tercer milenio? ¡Y qué más da!)
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Trapero) No, camarada. Cabréate si quieres, pero no me cuadra tu biografía con tu manera de hablar; ni lo que cuentas del extranjero coincide con lo que dices que sabes de España. Me sueltas que conoces Rusia desde Vladivostock hasta Leningrado; que en el exilio te veías a menudo con Líster; que en tu macuto de militante comunista hay barro y polvo de toda Europa, e incluso polvillo de guindillas y cacao de las Américas. Y más: que sólo vienes a España atendiendo a los guiños que te hace lo luna con sus eclipses. Pero añades que te han hospedado en ESADE más de una vez; que estabas en la Vía Layetana el día que los grises nos templaron a los despedidos de SEAT en la puertas de la CNS, enero del 76; que a ti también te calentaron los grises en Consejo de Ciento, el Primero de Mayo de cuando Fraga era el amo de la calle; que en mi domicilio, a últimos del año 76...
Campeador) ¡Cómo dices que no! ¿No te cuadra eso con lo de Gregorio López Raimundo?
T) ¡Eso cuadra aunque tú no lo digas! “Entre seis y nueve de la tarde estuvieron Armando Varo y Miguel López Carrancia, acompañados de Cipriano García y Gregorio López Raimundo. Y hablaron contigo el asunto de la amnistía laboral” Sabes también que me sacó esposado la policía de Griferías GINCAR, en febrero del 73. ¡Ah!, y que me interrogaron los sociales, ¡quiénes si no!, en la Vía Layetana, Jefatura Superior de Policía. Oye, desde tan lejos no se puede ser tan minucioso. También dices que no tomaste parte en aquella reunión porque sabías que de ella no saldría nada en limpio: que habías oído Frutos en la CNS -cuarta planta-: “¡No nos creamos que la amnistia laboral vendrá con la amnistía política!” Hombre, acertar aciertas; pero no andarías mu lejos del cotarro.
C) Según a lo que llames cotarro tú. Si llamas cotarro sólo a la SEAT...
T) A lo que tú lo quieras llamar, camarada. Que yo sepa, nadie está a la vez en la misa y repicando.También me has dicho que te metes en España por la frontera como gato desde tejado ajeno, entrando por la gatera a lo oscuro de un desván. ¿No? Y que luego, en el año 77, pusiste a Santiago Carrillo y a Ignacio Gallego como los chorros del oro; y que rompiste con los dos porque... ¡Vamos!, que no te felicitaron al verte cierta pegatina en la solapa editada por los trotskos, exigiendo a la SEAT “AMNISTÍA LABORAL ¡AHORA Y SIN CONDICIONES!” Sé bien de qué pegatina me hablas: la sacaron los de la Liga con logotipo LCR-ETA (VI) Siendo que te la sabes tan bien como yo, que apenas si me despego de la ribera del Llobregat. Te sabes el origen de su dibujo y quiénes eran sus destinatarios. Sabes que era obra de Antonio Figueruelo y que lo publicó éste en el NOTICIERO UNIVERSAL. Y sabes que lo adjuntó al artículo que escribió a nuestro favor, leído a su tiempo el escrito que nosotros le entregamos. El mismo que trasladaron los trotskos a la prensa suya.
C) Trotskos con cara y ojos, ¡camarada! ¿O me vas a decir que no conoces a Diosdado? Pero no los puse a parir porque no me felicitaran, camarada; que un poquito chungo me parece a mí que eres. Los puse como se merecían, ¡por pactistas! ¡Por pactar con la burguesía y la madre que, que, que...!
T) El pactismo... ¡Y desfallecimientos los que tú quieras! Claro que conozco a Diosdado Toledano González. En el Piquete de despedidos le llamábamos el Eficaz. Se lo puse yo. Conque mira si conozco a trotskistas con cara y ojos. A ése el 31 de julio del 71 le echó la zarpa la Social, durante el juicio en la Magistratura de Trabajo.
C) Ese juicio fue el día 28, según tengo oído a López Provencio, ¡que sabe un rato largo!
T) ¡Mentira! Si lo dice López Provencio como si lo dice el Jefe del Estado. Lo que mejor sabe López Provencio es dar cuenta de lo que dice que sabe a conveniencia suya, no a conveniencia de la verdad. Si sabe tanto, pregúntale si conoce a David Dueñas Fernández, ¡de su propio taller! Eso sí, del grupo de los no cualificados. Y bueno será que te adelante esto: los arrieros de mi pueblo miraban a sus bestias con más delicadeza que López Provencio nos mira a los no cualificados ¿Diosdado? Al camarada Diosdado le engancharon de manifestación contra los despidos de SEAT el día que yo te digo. No creo que se aburriera en la comisaría. Detuvieron a varios más. Entre ellos...
C) ¡Cojonudo que te acuerdes! Pero no te enfades conmigo. Y si te vas guiando por la estrella de cinco puntas, ¡mejor! Así no perderás el Norte, camarada. ¡Que hay cada uno...!
T) La mezquindad es lo que me enfada. En cuanto a las estrellas, cualquiera de ellas que brille con luz propia y fija puede servir de guía a quien tiene que abrir camino. Pero si un tío como tú tiene antojo por la de cinco puntas, mejor me lo pones. Bueno estaría que no me acordase yo de esa fecha.. Fue el día que detuvieron a mi cuñada: Teresa de Diego de Diego, por subversiva. ¿No te suena? Porfió con grises y sociales por querer entrar en la sala de la Magistratura... Pero no pa ponerse ella toga de magistrada ni cosa por el estilo, no. Ella lo que quería era informarme -yo de testigo en la Sala- de que mi mujer había parido felizmente (por segunda vez). Y de paso, felicitar en público al personal sanitario por la buena asistencia que, médico y enfermeras, habían prestado a su hermana. Se puso de parto a primeras horas de la noche. Y la llevé allá, al Valle Hebrón, en taxi. Horas antes de que pariera tuve que dejarla, por estar puntual a la hora del juicio en la Magistratura. La porfía... La porfía la ganaron los grises, quisieran ganarla o no. Ya sabes: órdenes tajantes de arriba. De ahí la vino el arresto.
C) ¿Pero tú no estabas despedido?
T) ¿Por qué lo preguntas? Yo asistía al juicio aquel como testigo, te he dicho. Era el día que comparecían en la Magistratura los compañeros sin cargo sindical del taller Uno, despedidos ellos por insumisión a la obligatoriedad del turno de noche, sección 120 a primeros de junio. Por lo mismo estaba despedido yo, su representante legal. Pero el juicio nuestro se celebró en agosto, no en julio. A los cargos sindicales nos hicieron el juicio en el mes de agosto, lejos del mundanal ruido que ensordece las calendas rutinariamente laborales. A Olivares también le detuvieron con Diosdado. Y creo que también a Cortada. Por cierto que Olivares, enlace sindical por los cualificados y técnicos del taller Siete, también figuraba entre los despedidos por el conflicto de junio. No era el caso de Diosdado, que le pilló aquel cisco trabajando de prestamista. Pero volvamos a lo de la pegatina. Porque aparte pactos, fastos o nefastos; y aparte felicitaciones u omisiones, más o menos justas o clamorosas, me llaman la atención otros detalles que se refieren a ti.
C) ¿Si? ¿Pero qué reproches merece de tu parte esa pegatina o qué te llama la atención de mí?
T) Hombre, reproche, ninguno, sino todo lo contrario. Pero me dices que aquellos garabatos estaban inspirados en un escrito defendiendo la amnistía laboral. Dices un escrito que, a su vez, le habían entregado a Figueruelo los integrantes de un piquete de despedidos de la SEAT Z/F y que...En fin, que tú de comisario político no serías de los más lerdos. Pero que me vengas a mí con dengues de ave de paso... ¡Ah!, también ensalzas, y bien que me agrada eso, tu amistad con Figueruelo, desde que era chico; que siempre fue el mismo, aun después incluso de que Felipe González Márquez le nombrara director de PROTECCIÓN CIVIL. Y más: que te caló hondo el último renglón del escrito: “¡O nos abre usted hoy la puerta desde dentro, o la abriremos nosotros mañana desde fuera, señor Clua!” Ves tú, a mí también me hacen gracia tus rotundidades, como eso que dijiste antes de Marx, apoyando las negociaciones de la Junta Sindical con la Empresa, ¡contando con la fuerza de la masa obrera!: <Es lacayuno pinchar con alfileres lo que se debe de atacar a mazazos>. Pero reconoce que por tu modo de entender lo que en España se dice y por el garbo que te das hilvanando retahílas en buen román paladino... Vamos, ¡que me voy a creer que has aprendido el español en un consulado de allá el quinto coño! Y encima, con tu estilo entonando la jota. Los jachazos que le pegas a la hache son más de belloto cerril que de trotamundos desarraigado.
C) Tú es que me has visto cara de iconoclasta y quieres hacerme hablar. ¿Con qué fin? Por coleccionar fragmentos oracionales empalmados de mala manera... O apócopes, pleonasmos, sintagmas o perífrasis en estado grotesco... Y si pillas síncopas o epéntesis, o prótesis o metátesis y demás piezas análogas renqueantes, ¡de puta madre pa arriba! Te veo venir, camarada. Ves que de mi edad quedamos tan pocos... ¡Pero yerras! Hasta me extraña que no me preguntes por San Petersburgo, esperando te salga yo por los cerros de Volgogrado o los hoyos de Tsaritsin. ¿Te interesa averiguar mi residencia? Pero estoy esperando, ¡sigo esperando!, que me respondas qué te pareció Santiago Carrillo, en Barcelona, ¡en el Price!, gritar ¡¡Viva España!! ¿Ya no se acuerda del internacionalismo proletario?
T) Yo sí me acuerdo del internacionalismo ¿Pero qué tiene de malo revisar? Si los griegos antiguos no hubieran revisado el alfabeto de los fenicios... La inercia mental la tengo por más perniciosa que las revisiones, mientras sean revisiones no excluyentes. Aunque la verdad sea dicha, no creo yo que sea más ni menos importante nacer en lunes que nacer Nules. Y serénate, camarada. Yo no ando por los mercadillos pisándole los talones ni a emigrados ni a exiliados. Yo vengo aquí a comprar duros de los de cuatro o seis pesetas. Pero que tienes habla de extremeño... Extremeño, si no cordobés o manchego; o no le andarás muy lejos tú de por aquellas tierras. Porque suraca... Si me dijeras que eres suraca... Gracia indígena y criolla no te falta. Pero... Esas fragancias cortijeras tuyas...
C) ¡Madre mía!: belloto, cordobés, manchego, suraca... Y de propina, ¡fragancias cortijeras! ¿Qué fragancias son esas?
T) Cuestión de olfato. Te parecerán poco aliñados, los piropos que le sigues echando a esa primera novia... Que si fresca como un manojito de nardos; que si unos pies que cabían dentro de una perra gorda; que si unos ojos como carbúnculos alumbrando los pinceles de un Julio Romero de Torres; que si unos labios como fresas bajo gotas de rocío...
C) ¡Atiéndeme!, remedo de Sócrates: ¿tú has visto EL ACORAZADO POTEMKIN? Contéstame, ¡pero ya!
T) ¿La película? ¿Yo? Tantas películas tendré vistas... Y Lola la Piconera, también habré visto. Y La perseguida hasta el catre.
C) No me seas bergante ni quieras escaparte por la tangente. ¡La has visto! Así andas tú tan pancho, con el martillo y la hoz troquelados en la estrella de cinco puntas de esa hebilla ¡Como si acabaras de estamparlos tú mismo!
T) ¡Ah!, mi cinturón... Nos hizo gracia, sobre todo a mi mujer. Un premio que me concedió ella, por embarcarla... ¡Oh, qué bajel tan evocador! Aquel romántico velero... ¡Un velero venido de las regiones del vellocino de oro, con rumbo, me pareció a mí, al Jardín de las Hespérides! Confieso que me impactó aquel cascarón de tres palos, señalando la estrella polar con su botalón de proa. Se me antojó metamorfosis de guerrero celta que agoniza con las botas puestas, señalando con su espada la doble cara de Jano. ¡Santa Virgen de Guadalupe, qué velero! Con sus aromas de epopeya irrepetible... ¡Con su aureola de gloria imperecedera! Pero si tú te callas... Ni me daba cuenta de que llevo puesto el cinturón este. Sin embargo me encanta su estrella de cinco puntas.
C) Su estrella de cinco puntas, más los iconos que lleva dentro. ¿O ya...?
T) ¿Iconos llamas tú a estas herramientas? ¡No está mal! Yo lo que noto es que o sobran los dos que lleva o que la falta lo menos uno. Por eso es la estrella, monda y lironda, la que me encandila a mí.
C) Camarada, si no oyera lo que estoy oyendo, me costaría creer que diga eso quien luce un cinturón como ése ¿Tú borrarías la hoz y el martillo de esa estrella?
T) No, camarada, así por las buenas no. Soy poco amigo de que se borren las huellas que la Historia deja. Además, la natural coyunda entre macho y hembra se merece mi respeto. Y buena pareja sí hacen don Martillo y doña Hoz. Tan buena que se hecha de menos el florecimiento de un retoño. Yo lo que haría, por subsanar esa carencia, sería añadir a tan preciosa estrella el caduceo de Mercurio. No soy capaz de imaginar, ni siquiera en tiempos prehistóricos, una economía sin comercio. Si tú conoces algún país en el que no exista tráfico de mercancías... ¡Dímelo!, allí me tendrás presto cavando los cimientos pa mi torre de marfil. Pero con un pico y una pala, no con martillo y con hoz; ni con escuadra y compás Pa preparar la argamasa y extenderla, ninguna de esas herramientas me vale: ¡me valen un buen legón y la paleta del albañil! Además, no dejaría de preguntarme por qué aplicación podría tener, en tal país, el martillo y la hoz en la pesca de altura o bajura. O en la excavación de pozos por necesidad de la minería.
C) ¡Anda con lo que me sales tú! ¡Tú y tu comercio! ¡Y tu torre de marfil! De lejos pareces un abducido. De cerca... ¡El que te quiera, que te compre! Pero bendita sea la santa bota, mientras mane amenidad de ella ¡¡Hombre, es verdad, camarada!! Parece que no quieras distinguir lo que es trueque de lo que es comercio. Y pasando por alto tu prolijidad: ¿te parecería bien que en un emblema marxista figurase un símbolo religioso? ¡Camarada...!
T) No, la verdad no es que no quiera distinguir entre comercio y trueque, ¡es que no sé! Y lo siento, camarada, por mí; pero mis romas entendederas me dan pa lo que me dan. Y sobre eso, igual me hubiera sido pagarle mil pesetas al que me vendió el cinturón que habérselo cambiado por el reloj que llevo puesto. ¿Símbolos religiosos? Tengamos cuidado de no pillarnos los dedos con los símbolos religiosos. Ni siquiera Marx se libra, desde tu punto de vista, de pasar bajo las horcas caudinas de la ubicua religión.
C) Yo diría que buscas bronca conmigo, camarada.
T) Cuya bronca con otro me la ahorraría, pero contigo no la esquivaré. Por si no lo sabes, la misma carga religiosa que podamos ver en el caduceo de Mercurio podemos encontrar en la palabra mercancía. Si no te tiemblan las rodillas delante de ciertos étimos, ¡busca el étimo de mercancía! ¡Sí, mírame como quieras! Si te suena plusvalía, y estoy seguro de que te suena, ¡qué!: ¿No te suena el análisis de la mercancía? Su valor de uso, su valor de cambio. ¡Camarada...! Si no fuera por lo grande que te veo y por lo chico que soy junto a ti, ¡mira!, me desabrochaba el cinturón y te propinaba un buen cintarazo en la hebilla del cinturón tuyo. El mío me lo habré puesto... Ya va tiempo que lo tengo. Sí, en un puerto lo compré.
C) ¡Ya lo sé!, que lo compraste en un puerto. No iba a ser en el santuario de Lourdes. Y no en un puerto cualquiera, a ver si hablas claro. Lo compraste aquí, en el puerto de Barcelona. ¡Te lo vendí yo, so pedazo de tarugo! ¿Tienes los ojos en el cogote? Sin reloj iba yo entonces y sin reloj voy ahora ¡¡Reloj...!! Y no va tanto tiempo de ello; de cuando las olimpiadas. Lo compraste en el DRUZHBA. Y sé bien que Ibas con tu mujer, que te metió casi a empujones por la gana que tenía ella de ver el barco por dentro, digas lo que digas tú ahora: “¡Pero mira qué barco más bonito! ¡Anda, pero si dejan entrar! ¡Qué tonto, no sé por qué no entramos!” ¿Te crees que soy sordo? Y tomasteis té ruso. Saliste del barco que no cabías por la pasarela, de ancho, con eso de tomar té en el samovar de la marinería. Allí tú codeándote con la élite del internacionalismo proletario... ¡Ya te daré yo mercancía otro día que me pille contigo alerta! Por hoy ves aprendiendo, con tantos años como llevo a cuestas, que ando de vista y oído tan mal como tú de olfato, ¡a ver si te enteras! Y la placa conmemorativa también te la vendí yo. Sí, hombre, sí, la placa que conmemora la botadura del DRUZHBA. ¡Y los güevos de madera pintados de colorines! ¿Te acuerdas o no?
T) ¡Hombre...! Esas barbas..., la gorra... Pudiera ser que nos hubiéramos visto antes. Digo antes de antes ¡Sí, ya caigo!; nos vimos en día 7 noviembre de 1971 en San Cugat del Vallés ¡Siií! Fue el día que pusimos en marcha la Asamblea de Cataluña. ¿No te acuerdas?; que los de Comisiones Obreras hicimos un aparte sin salir del monasterio pa rezar juntos, y bien apretados, la Internacional como Dios manda... ¿No eras tú el de la moto de cuatro tiempos, que llevabas de paquete al camarada López Bulla...? ¡O tal vez a Varo! Ya le preguntaré a ése. Al darme el achuchón en la memoria que acabas de darme... Y me parece que te vi otra vez en la calle Mecánica. Ibas con Aureliano Caballero García y con Juan Segura Acacio.
C) Es posible. No, seguro. Más veces podrías haberme visto si anduvieras más por tu barrio.
T) Es que también creo haberte visto por Bellvitge con Pascual Oliva y con el camarada Roque. Sí, sí. Dos veces creo haberte visto en mi barrio, la última hablando con Antonio Cordón Córdoba y con Ribera -Manolo, uno de Martos-. Otra vez te vi en el Prat, desde el Panda, de conversación con Vicente Rovira Muñoz. Os pité, pero... ¡Pero me dejas de piedra, camarada! Un tío como tú... ¿Tú qué pintabas en aquel monumento flotando en el puerto...? Hombre, ya que eres tú quien se acuerda de la placa conmemorativa, podíais haber dado forma de hebilla a esa placa. Aparte de acuñarla en forma de disco, que siempre queda bien. Y... ¿Y qué tiene que ver eso y tú con la película de ese acorazado que dices? ¿O quieres que te cuente yo a ti antes la de María de O? Suponiendo que no andes buscando que te felicite por tu buena memoria. ¿No? ¡Bah, hombre!, alegra esa cara. Te lo decía medio en bromas.
C) De memoria no me hables, camarada, por lo que más quieras. ¡Ojalá que no la tuviera! ¿Tú te acuerdas del rorro del carricoche, en la película del Potemkin, las escaleras abajo...? ¡Las del puerto! ¡El puerto de Odesa! ¿Te acuerdas...? ¡¡Soy hermano de aquel rorro!!
T) ¡¡Tú!! ¿Hermano de aquel crío? ¡Pues sí que desbarro yo! Yo creyendo que eras jurdano o verato... ¿Y cuánto tiempo va que no ves a ese hermano tuyo? ¿O pertenece a la tripulación del DRUZHBA?
C) Si crees que la fraternidad proletaria es cosa de risa, conmigo estás de suerte. Podrás reír hasta que se te afloje el último tornillo.
T) ¡Alto ahí, camarada! Porque te pregunte por tu hermano no me estoy riendo ni de ti ni de tu hermano. No entra en la lista de mis costumbres reírme de las penas de nadie. Y menos de un hombre como tú, que cerca le andarás de ser de la quinta de mi padre. A ver si orientas mejor tu aguja de marear, ¡marinero!
C) ¡Marinero! ¿Te duele no ser de la mar la mar? ¡Supieras como se le putea al marinero...! ¿En qué año nació tu padre?
T) ¿Mi padre, dices? Si viviera tendría ahora... Unos veinte años tendría cuando la huelga general de 1917.
C) El 1917 me cogió a mí en Petrogrado. Allí fui a parar, rebotado de la Galitzia, ¡en la memoria lo tengo!
T) Está bien. En alguna parte tendrías que estar. Y qué, ¿andabas por aquellas tierras con el mollejón de afilador? ¿Empujabas o tirabas del carro?
C) ¿Mollejón de afilador? ¡Serás zopenco! No te he dicho Galicia, te he dicho Galitzia, con te y con zeta. A ver si te fijas más en cómo pronuncio yo. Con razón algunos te llamamos el trapero de la cultura. Y ya va siendo hora de que te enteres.
T) ¿Yo? ¿A mí? ¡Pues a mucha honra, camarada! No encontrarás tú, ni otros como tú, a ningún magnate de la cultura más orgulloso de su universidad que yo lo estoy de Los Encantes de Barcelona. Conque sacarme al oreo cuantos trapos se os antojen, y aquí que me las deis todas ¿Trapero? ¡Bueno! Más me vale mi pelo de la dehesa que piel de armiño que me presten otros. Así me curo bien a tiempo de que nadie en la calle me desnude.
C) Si te vas a cabrear por lo de trapero... ¡Cremallera!
T) No. ¡Tú tranquilo! Yo no condeno a nadie porque llame a las cosas por su nombre. Entre mis parientes y amigos no figuran bellacos como aquel maleante y fantoche de la toga... El fulano que te multó con doscientas mil pesetas y que te amenazó, ¡a ti!, ¡y en nombre del Rey la democracia!, con meterte en la cárcel por llamar zorra a una raposa y decirla que quién paga manda Pero, camarada, esa Galitzia... ¿Por donde rayos queda eso? La primera vez que lo oigo.
C) No sé si creerte. Convengamos que la Galitzia llegó a ser ombligo de la bella Europa. Hoy... Tierra de Polonia es. Pero, en serio, yo te hablo de cuando estaba bajo la bota del imperio austro-húngaro. Allí fui yo a parar rebotado de Belgrado. Yo vivía en Belgrado con mi madre, soltera, aquel 28 de junio de 1914, cuando Gavrilo Princip encendió la mecha que hizo estallar la primera guerra mundial. Date cuenta, camarada, de las contradicciones del capitalismo. Un triste estudiante... Bastó apretar el gatillo de una pistola y Europa se vino abajo, como el gigante de los pies de barro... Los tumultos de Sarajevo se extendieron a Belgrado: manifestaciones, protestas juveniles... A tiros fue disuelta la concentración frente al consulado; allí estaba yo, con mi novia, ¡una niña! ¡Pobre criatura! El balazo la destrozó la cara, el cuello, el cráneo... Como una rosa mordida por los puercos la vi tendida sobre los adoquines ¡¡Malditos...!!
T) ¡¡Qué dices!! ¿Mataron a tu novia? ¿La que te regaló esa gorra, pa que te la pusieras cuando fueras más mozo? Si antes no te entendí mal... Camarada brigadista, ¡eso sí que me duele! ¡De veras!
C) Nos mataron a los dos ¡A los dos! Desde entonces no soy el mismo. Indagué y... ¡La vengué! De un mocoso como yo entonces, ¡quién iba a sospechar! Al día siguiente empecé a rasurarme, pa poder dejarme bigote. Y mi padre, que era el cónsul de... En... No, al día siguiente no, al otro, mi padre se casó con mi madre; y yo, con el apoyo moral de los dos, y con su buena ayuda, desaparecí de Belgrado, ¡me escapé! Huí todo lo lejos que pude, ¡hasta Kiev!, en Ucrania, que fue donde me uní al ejército ruso, al cabo de dos años, ¡de espía! Nunca más volví a ver a mis padres. A las órdenes del general Brusílov me vi luego combatiendo en la Galitzia, hasta que le relevaron por el general Kornílov ¡¡Kornílov!! ¡Un perfecto dinosaurio! Date idea de quién era Kornílov con saber que, en vez de pelear contra los alemanes, volvió armas contra Kérenski, un pobre masón... Iba a tragarse la duma asaltando Petrogrado. ¡Qué mamón! Allí fuimos recibidos por el camarada Lenin, unos y otros según nuestros merecimientos. Después de lo de Bres-Litov vino, ya lo sabrás tú, ¡la Tercera Internacional! Me tocó hacer de partero, o de ayudante de partero. Quiso mi buena o mala suerte que me cogiera en Moscú lo de la III... Me nombraran delegado. Entonces creí que podría escribir un poema en memoria de mí... ¡Qué criatura! Por poco tiempo lo creí. Con el cerco de las potencias imperialistas, mi despacho de burócrata lo tuve que cambiar por la tienda de campaña. Y mi pluma de poeta aficionado la cambié por el fusil del revolucionario. ¡No fue en vano! Al fin pudimos echar el guante a Kolchack; aunque tarde, pa el Zar y su familia! Como me escabullí de Yekaterimburg, me gané algunas enemistades. Pregunta a otros por aquella carnicería, ¡a mí no! ¡Ni se te ocurra!
T) Vale, hombre, no me hables de Yekaterimburg. ¡Te lo agradezco! ¿Cómo se llamaba esa novia que te mataron?
C) Mi Cirila se llamaba Cirila Broz Bronstein, hija única, su padre, militar, y su madre, maestra de escuela. ¿Y tú? Ya que preguntas con tanto interés, ¿no puedo yo saber de dónde eres tú? Y podría saberlo, y ocasión de averiguarlo he tenido. Pero no lo sé.
T) ¡Cómo! ¿No lo sabes? Si sabes lo del DRUZHBA...Ya te lo dije antes: soy español. Lo dice mi D N I. y yo no lo oculto ni lo rebato
C) Sí, sí, me acuerdo que me lo dijiste, que eres español raso. Como si me dices que el corcho se saca de la corteza de los alcornoques. A mí qué me importa que te sientas español. Allá cada uno con su equipo. Serás del Real Madrid. ¿Porque del Barça tú?
T) ¡Para el carro, camarada! Por lo pronto, y perdona que te desilusione, en la república de Futbolandia soy extranjero. O sea que si alguna vez me ves aplaudir en esa república, tú di conmigo que aplaudo por encargo de mis hijos o mis hijas. Y eso de que me siento español lo has dicho tú, no yo. ¡Ojalá que yo pudiera gobernar las circunstancias que me envuelven con la magia de los sentimientos! Ya lo sé, que hay muchos inconsecuentes con sus emociones. Allá ellos. Por sus creencias no perjudican a nadie. Harina de otro costal son las obediencias que de ciertas creencias se deriven.
C) Ahora sí que me dejarías a oscuras, si no fuera porque te pareces a uno que yo conozco.
T) Está bien claro. Los que de su sentir derivan su ser, en sus manos tiene la llave de su bienestar. Si uno de ellos pasa hambre y está enfermo, pasará hambre y estará enfermo por capricho suyo. Ya ves tú qué fácil le será sentirse sano y milmillonario. De ahí a echarle a Dios Padre un brazo por encima del hombro.... O a qué preocuparse un parado por las prestaciones del INEM. Con sentirse sobradamente gratificado con el destino que le ha tocado en suerte, para qué quiere más. Lo que no siento yo es culpabilidad ninguna por ser español, por mucho que nos ladren otros.
C) No, escamas en los ojos no tienes. Y visto el mundo con color de ese cristal... Pero el mundo es como es, camarada. De poco sirve que tú des esos rodeos pa no enfrentarte con la realidad. La realidad está ahí, ¡te pongas como te pongas!
T) ¿Rodeos? Los rodeos los dan otros, no yo. Por no replicarte: <Hago mías tus palabras>Tú y yo, por no ir más lejos, hemos nacido mamíferos pedestres: ¿por sentirnos águilas nos saldrán plumas? ¿Por sentirnos peces gordos de las finanzas nos saldrán aletas de tiburones? ¿Por sentirnos esquimales dejará de apetecernos el gazpacho, las migas, los gabrieles...? Gracioso estaría, que quisieras pintar cerezas maduras en un cuadro y te vetaran las cerezas, diciéndote: “¡Cuidado como nos pintas! ¡Nos sentimos del color de los plátanos!”
C) ¡Basta!
T) ¿Cómo que basta?
C) ¡¡Basta he dicho!! ¡No te pongas botarate conmigo empuñando la razón! A ver, y abreviando: te pregunto por el pueblo de España en el que te parió tu madre. ¿Me has entendido? Pues a ver si me respondes sin ambages, ¡alma de cántaro! Y no me hagas perder la paciencia.
T) ¡Ah! ¿Mi pueblo? Perdona, hombre ¡Mi querido e inolvidable pueblo...! La verdad es que allende el río Ebro tengo hasta tres pueblos más, no uno. El primero, mirando a poniente, es Campillo de Aranda. Ese pueblo, mío es, que en el nació la madre que parió a mis hijos: dos féminas y tres varones. No le pierdas de vista, camarada. No habrá pueblo en toda España más privilegiado pa contemplar las estrellas del firmamento. Bajo el sol de medio día, en medio de los trigales, una cota geodésica certifica lo que te digo. Los dos restantes... Son pueblos perdidos entre sierras, allá la cordillera de Gredos, en la alta Extremadura, unidos el uno al otro par la legua que los separa.
C) ¿Qué los separa qué?
T) Sí, lo que has oído. Y cuidado tú ahora como pronuncio yo: he dicho legua y no lengua. El primero, según llegas desde el Barco de Ávila, es Tornavacas. .Es el pueblo de mi madre y, por ella, también pueblo mío: el mismo que acuna al río Jerte, pues que en el prado La Lancha tiene el río Jerte su nacimiento. ¿Te gusta así? El pueblo en el que yo nací, y mi padre, se llama Jerte. Un polluelo de ave Fénix.... ¡Si yo te contara! Y nota que se llama ese pueblo lo mismo que el río en el que las jerteñas, ¡las jerteñas de todo el Valle!, se miran su cara extremeña. Más claro espejo que ese... ¡Ya me ves a mí! ¡Qué aguas! Con sus prístinas aguas sazonaba mi madre gélidos, y morenos, y penitenciales gazpachos: heterodoxos sucedáneos de tibias y nutricias sopas canas... Tan canas y tibias como la leche de cabra, recién acabada de ordeñar ¡Oh, y cuán vívida reaparece en mi mente su natural canicie, corporeizada en la especie de pan blanco! Te digo el pan rayano a la eucarística blancura, aquel que rodaba extramuros del bruno pan de las raciones..., ¡mientras lloraban los pobres estraperlistas!
C) ¡Madre mía! ¡¡Pero cuánta letra menuda!! Conque pan bruno... ¡Ahí queda eso! ¿Y sopas borrachas no te suenan?
T) ¿Borrachas? Sí, pero esas eran más discutibles. A mi madre la daban asco, sólo de verlas. Decía que parecían vomitonas de borrachos. Mi padre, sin embargo, se las comulgaba con muchísimo respeto. Y yo, pa lo chico que era entonces, resistía bastante bien los pinchazos que daban, al tragarlas, en las glándulas parótidas. Como el tintorro no disimulaba su parentesco con el vinagre...No, un brebaje bastante comestible. Pero comparado con las sopas canas de la tierra... ¡Canas y rubias, camarada! Sí, rubias, ¡qué pasa! ¡Rubias como santos óleos! ¿Has oído hablar del aceite de oliva? Con aceite de aceituna, si no quieres decir oleo, el orondo señor cura párroco ungía sacratísimos picatostes: los que él se comulgaba en sus almuerzos, en severos días de abstinencia cuaresmal. Y sobre rubias, ¡pecosas! Pecosas también, didáctico camarada. Y no pongas esos ojos, que parece que de pronto se te hayan vuelto ortopédicos. Pecosas por la gracia y virtud inigualable de cierto pimentón que yo me sé...
C) ¡Cuánta bergancia! Pecosas por virtud de cierto pimentón que tú te sabes. Bien, bien, bien... Y... ¡Vaya, vaya, vaya!: Álgidos y morenos y penitenciales gazpachos... Heterodoxos sucedáneos de tibias sopas canas. Rubias, pecosas... Orondo señor cura párroco... Picatostes sacratísimos...Sospecho que bajo el cascabullo de bellota que veo se esconde... ¿Un extremeño con gramática de repuesto forrada con hule de matute? Tú quedarías bien dando la cara en un sello conmemorativo del catálogo de los catálogos... ¿Te suena el catálogo de los buenos catalogadores? Ahí van ellos catalogando, ¡pero con mucha paciencia!, a los parientes de los elementos difíciles de catalogar ¡Me apostaría la hebilla de mi cinturón a que sí te suena¡ Y dices que tu pueblo se llama Jerte No sé: Jerte... Jerte... Jerte... ¿Tú cuando llegaste a Barcelona? Porque a mí tampoco me cuadran las cuentas tuyas. Si llegaste ya licenciado del servicio militar como dices y tienes la edad que me has dicho...
T) Sí, creo que llegué a Barcelona el año en el que murió el papa Pío XII. Llegué el tres de Noviembre, creo. Y me apee en la estación de Francia sin asistencia de nadie. Hombre, no es que viniera procedente del reino del Preste Juan. Pero desde que zarpé de Santa Cruz de Tenerife, el 24 de octubre, aparte los días a bordo del Plus Ultra... ¿Sigo? Con todo y aquel rancho digerido, ya cuando en Cádiz tomé el tren, ¡huy!; por no sé qué raro efecto óptico los raíles de la vía me parecieron lombrices, de las comestibles. ¿A que estás sospechando que salí del cuartel sin un duro? Siempre ha habido tíos así de sagaces. Y bueno, atravesando tierras de Andalucía un matrimonio que viajaba en el mismo departamento que veníamos el otro y yo nos dio buena parte de sus viandas. El hombre con una, la mujer con las dos. Pero Madrid ya lo crucé silbando, hasta Guadalajara, donde tuve que hacer trasbordo. Y donde perdí el tren, correo. Eso porque con el fardo del hambre sobre los hombros, al hambriento le conviene caminar y caminar... Lo que yo hice.
C) ¡No te irás tú de la Plaza de las Glorias Catalanas sin antes confesarme, claramente, por qué le conviene al hambriento caminar! Pero te advierto, camarada, que de hambre yo también entiendo.
T) Te cansas pronto, y si te tumbas cuán largo eres, puedes quedarte traspuesto. Entonces soñarás con manjares a elegir. Y como los lagartos y el rancho del cuartel te salen por el mismo precio, y la ocasión la pintan calva, te lanzas a lo excelente, ¡a lo más bueno!: <Yo, lagartos fritos con orégano y ajos porros> Lo malo es que el tren no espera. Ya despierto, resolví entonces a burlarme de la RENFE montándome en un rápido. Hasta Ariza duró mi burla. Hasta que el revisor me halló. Menos que yo, en vez de esperar a la pareja de la Guardia Civil salí a su encuentro, mostrando mi lista de embarque. Y lo que tardaron en verla tardaron en ordenarme bajar rápido del rápido. Lo que me temía. Lo que no esperaba yo era que de excedieran, y tan notoriamente, en el cumplimiento de su deber. Sin embargo... El cabo primero me ordenó, todavía más imperioso y sin que yo hubiera pronunciado palabra que diera lugar a sospecha, que aceptara su merienda. Digo que me ordenó porque al ofrecérmela rehusé dos veces. Me daba cargo de conciencia dejarle sin comida a él. Ya sabes tú que, en tierras de cristianos, es poco popular eso de desnudar a un santo pa vestir a otro Pero cuando un honrado cabo primero de la Guardia Civil se pone serio, un gesto de loable ciudadanía es agachar las orejas. Lo que yo hice. Y gracias al cumplimiento de aquella segunda orden -envuelta en grasiento papel de estraza envolvente de sustancioso emparedado- pude apearme del tren correo y entrar en Barcelona por mis propios pies.
C) Camarada, de tu disciplina no tengo por qué dudar. Pero aunque me pongas por testigos a los del tricornio, ¡siguen cuadrándome mal tus cuentas!
T) ¡Demontre...! Pues si a ti te cuadran mal mis cuentas, aún me cuadran peor a mí, ¡aun siendo mías! ¿Y acaso te he dicho que yo sea más o mejor calculador que tú? Aquella hambre yo mismo me lo busqué. Si en vez de tirar pa Barcelona hubiera vuelto a mi pueblo... Pero mira, por no cavar parras y olivos allí, y con la golosina de explotar la lista de embarque al máximo... Venga a la capital y cuanto más lejos mejor. Y mejor capital que Barcelona... Aquí me tienes desde entonces. Pero ya ves tú el lumbreras que estoy hecho. Unos pocos de años de obra en obra trabajando a pico y pala. Y las fábricas... ¡Menuda gollería! Bueno, nunca podrán decir de mí los jerteños del Valle que desmentí lo que aprendí de ellos. Desde bien chico aprendí que pa viajes de esos ninguna falta hacen alforjas. Sin alforjas llegué a Barcelona, y sin alforjas sigo.
C) ¡Jerte! Me suena a mí. ¡Vaya si me suena! Pero no te sabría decir ahora mismo. Tantos pueblos tengo vistos... Hazte una idea: después de los primeros años de guerra civil rusa -te lo recuerdo pa que no tengas dudas de con quién estás hablando- dejé de aprenderme los nombres de los pueblos, ¡tantos y tantos...! Y de propina, ¡América latina!
T) ¡América latina! ¿Por Canadá también?
C) ¡Qué Canadá ni qué puñetas! De Méjico abajo. Donde te entienden, cuando dices: < ¡Camarada, la religión es el opio del pueblo!>
T) ¡Ya! Te refieres a Iberoamérica. Porque en Brasil eso también se entiende. No, como dicen que parte de Canadá es francófona... ¿Y en Norteamérica todo el opio que se consume sale de las papaveráceas?
C) ¡Moste! No das puntada sin hilo. Pues ves cogiendo la punta de la madeja y sujétate con ella al banco, no te vayas a caer con lo que te falta oír. Y te advierto: tú también rendirás honores a mi cuaderno de notas. Así que ves tomando nota y observando ante mi relato la debida compostura: ¡que te escucharé alternativamente con peligrosa atención! No te librarás de que te archive en mi memoria de papel. Esto...
T) Entiendo: <Érase una vez...> La buena bota de vino, de vino bien asistida, invita a contar y no precisamente garbanzos o moneda fraccionada. Y en día de Santos Inocentes...En fin, tomo nota ¡Pero acepta tú también que te escucharé con malévola atención! Sí, camarada, yo también te lo advierto a ti. No sea que si no, luego te flageles deplorante: “¡La leche que mamé... ¡ ¡Yo no sabía bien quién me escuchaba...!” ¡Por supuesto que puedes reírte!, si quieres. Pero mí finura de oídos penderá sobre tu elocuencia cual bolígrafo de Damocles.
C) ¡¡Olé tus saberes, camarada!! ¿Podrías darme referencias de ese Damocles? A lo mejor es hasta paisano tuyo. Por su bolígrafo, no te preocupes, que ése te lo regalo.
T) ¿Qué Damocles va a ser? El único que yo conozco. El chupatintas que me dio un capón con la pezuña, empezuñado él en que escribiera yo ache intercalada entre Ingenio y Piedrahita. Y te lo vuelvo a advertir, por la cuenta que te tiene: ¡háblame con pies de plomo! Y toma tú nota de esto otro: cuando la revisión médica en la SEAT era obligatoria, cada año me alzaba de la revisión con la felicitación de la gran compañera Conchita, en la prueba que ella me hacía de oídos: “Pitando, que tienes oído de indio”
C) Sabes lo que te digo... ¡Que le pongas el nombre que quieras a mi relato! Ninguna historia dejará de serlo porque tú la llames cuento. O si quieres al revés, que poco va de los cuentos que se cuentan en las cantinas o casas de putas a ciertas sentencias judiciales. O los informes políticos escritos por encargo de los pudientes. Y no te quiero hablar de la memoria de algunos cuando escriben memorias ajenas.
T) ¡Córcholis! Te falta jurarme que has aprendido a hablar el español en curso comercial por correspondencia. No, no. No te amilanes, camarada. Por la letra y el espíritu de tu parábola, barrunto más verdad en tus cuentos que en los informes que dices o en sentencias judiciales firmadas por encargo de una puta... Me refiero esa puta de izquierdas que haciéndose pasar por musa da tan buen lustre a tu parábola. ¿O yerro, y es puta colegiada de derechas doña Excelsa? Suponiendo que insignes putas de pro ejerzan su labor profesional con anteojeras, que no es mucho suponer
C) ¡¡Gorki!!
T) ¡Gorki! Gorki, ¿qué?
C) Le encargó Gorki a Rivera, de parte de Lenin: <Cómo no vuelas a Méjico a por tu colega Siquieros. Es pintor competente y comprometido está con la Revolución de Octubre> <¿Para qué?> <Para pintar un mural en las oficinas de la Komintern, ya que Rivera ha pintado en la sede del Ejército Rojo... Así vamos dando participación en la construcción del socialismo a todos los grandes artistas.> Se entendieron a medias. A Rivera le pareció bien lo ir a por a Siqueiros, pero no él. Entonces le propuso a Gorki: “¡Quién mejor que el hijo del cónsul! ¡Habla tan buen español que parece bautizado en las aguas del río Tormes!” Me consultaron. Los respondí que estaba a disposición del Partido en lo que hiciera falta, y sí, ya está. Volé en un biplaza alemán, El Kaiser, pilotado por Fedor Vladimiro, un camarada ruso; pero sólo hasta Marsella, donde me embarqué en un carguero griego, El Heleno, que me dejó en Gibraltar. Reembarque en Gibraltar en el Marsupiallis, un trasatlántico de bandera neozelandesa que me llevó hasta el puerto de La Habana, donde volví a levantar vuelo, esta vez en un hidroavión, el Caballito de don Diablo, que aterrizó en Miami. En Miami descansé no me acuerdo si dos horas o dos días ¡Vieras tú la borrachera de meridianos que pillé volando!
T) Mejor pa ti. Cuanto más borracho, de lo que sea, menos miedo de caer al charco. Creo yo.
C) Miedo, dices... ¡Más que nunca en ningún campo de batalla! Tenías que haber conocido tú a Guajirez, el piloto del Caballito de Don Diablo. Un cubano formidable, pero más loco que una pandereta ¡Qué tío! Mira si estaría loco que lo primero que hizo al despegar... Bah, te lo voy a decir y no te lo vas a creer, pues a callar.
T) ¡No, no, no! ¡¡Que te crees tú eso!! Tú tienes que decirme qué fue lo que te hizo el cubanito Guajirez, si quieres que te crea lo anterior.
C) ¡Sí que eres duro, camarada! ¿Tú te acuerdas de aquellos mecheros de mecha? En cuanto que despegamos encendió con uno de esos un puro, dio un par de bocanadas de humo y, sin apagarlo, cogió y lo guardó entre los pliegues del paracaídas. El mechero, lo mismo. Tampoco lo quiso apagar, pero ese lo guardó en las dobleces del paracaídas mío. Y yo por hacerme el valiente...
T) ¡Menudo cubanito! Con pocos que haya como ése... ¡Como pa que no miren a Cuba con lentes los señores inquilinos de la Casa Blanca!
C) Descansé en Miami hasta que me dieron plaza en un triplano que se dirigía a Guadalajara, la costa del Pacífico. “¡Hala! Ya en tierras mejicanas, fácil te será llegar Chapultepec. Allí, demostrando quién eres, podrá recibirte el presidente Obregón” Total, que acepté la plaza; pero tuvimos problemas con las corrientes de aire y nos vimos obligados a posarnos, malamente, en la cubierta de un petrolero. Y pa bien o pa mal, quiso la puñetera suerte que nos estorbara una eslinga el contacto con la cubierta... Suerte que saliéramos ilesos. Pero la hélice... ¡Dónde iría a parar la hélice! Y el fuselaje... Bonito quedó el fuselaje. Dimos lo menos siete vueltas de tonel. Menos mal que el aparato quedó detenido ante la borda. Era un petrolero (El Tolerante, si has oído hablar de él) con rumbo a Valparaiso ¿Qué ocurrió luego? Que se detectó en El Tolerante un brote de gripe española. Pero con pretexto de que Valdivia -el armador- había muerto por culpa del anterior brote, las autoridades portuarias nos pusieron en cuarentena y... ¡Tócate los botones! Por no esperar, tuvimos que rodear el subcontinente... ¡Madre mía! Eso se dice pronto, pero.... ¿Te suena Dolárico? Ése salió en los periódicos ¡Vaya fichaje también Dolárico. Él era el capitán del petrolero. Y como llevaba con él a la novia –lMusalira Rubiales- por lucirse ante la novia como intrépido lobo de mar, bajo excusa de ganar tiempo nos sacó al Atlántico bojeando el cabo de Hornos, en vez de seguir la ruta por el estrecho de Magallanes, ¡el muy cabrito! Acabamos recalando en el puerto de Veracruz. Pudimos atracar allí gracias a las influencias de Hernando, el consignatario del petrolero. Pero... ¿No querías reírte...? ¡Tienes vía libre! Si no te ríes ahora, más tarde será peor ¿No?
T) Camarada, por poco más, podíais haberos hecho un gazpacho que yelos de la Antártica. Un gazpacho con yelos de esos pasará bastante bien. Luego se le echa salsa de adrenalina curada...
Lo que te venía diciendo. Ya en la tierra de Zapata y Pancho, ni me molesté en preguntar por Siqueiros; y menos, sabiendo ya, por la prensa, que el camarada Diego Rivera estaba de vuelta en Méjico ya hacía meses. Entonces, por no volver a Rusia con los rublos sin tocar, me dediqué a propagar la Internacional Comunista por toda la América latina, lo mismo en el campesinado que en los hervideros del proletariado industrial. ¡Vacunando a los explotados del discurso socialdemócrata! ¡Como pa echarse a reír! ¡¡Tanta pobreza de tantos y tanto lujo de tan pocos!!
T) Que no sea cosa de risa no quiere decir que no tenga guasa eso de Valparaíso. Por no tolerar atracar a un barco como El Tolerante, ¡menuda vuelta! Ahora bien, hablando de catálogos, ya sabes: “Dijo el caldero a la sartén: ¡apártate ojinegra, que me tiznas el bigote!”. Menos risueña veo tu beligerancia contra la socialdemocracia. ¡Allá...! Y acá, de compadreo el PCUS con la burguesía francesa. Por China no te pregunto. Mejor callarse.
C) ¡No sigas, camarada! Y a Mao, ni me lo mientes. Sé por dónde vas. En parte, tienes razón. Pero hay burguesías y burguesías. La francesa se la encuentran los bolcheviques domesticada por la Revolución de 1789, más luego la de del 30, ¡más la del 48! Aparte el fracaso con el caso Dreifus. No me la compares con la burguesía española, ¡sierva de la maldita clerigalla! Hasta que nos vinieron otros con las rebajas del revisionismo, los marxistas -leninistas o trotskistas- no nos perdíamos en abstracciones metafísicas. Partíamos del análisis concreto de una situación concreta: con la perspectiva histórica de que los pequeños saltos cuantitativos devienen salto cualitativo: ¡la Revolución! ¿O no?
T) ¡Amén! Y venga. Sigue. Pero no te pongas así con el clero. También el anticlericalismo puede administrarse como opio de los pueblos. ¿O permitiremos que otros nos cuezan las habas de la metáfora? Nos previene gente que sabe: Francia es la hija mayor de la Iglesia católica desde tiempos de Clodoveo ¡Será! Si ha sobrevivido a esas y otras revoluciones... Y no perdemos nada por ser corteses con los curas.
C) Me parece bien, camarada, pero sin ir delante de ellos aguantando el cirio ¿O sí?
T) Delante de ellos, que vaya quien quiera aguantar el cirio. Pero no vayamos detrás nosotros con el garrote en la mano. Menos, pa que se labren reputación de izquierda, ¡a contrarreloj!, los que en tiempos del Generalísimo disputaban sus escondrijos a los ratones ¡Esos que ahora enseñan el culo a los obispos y al Papa! Pero déjame que te pregunte: al otro lado del charco ¿te era fiable tu percepción de la política en el período que sigue a la Revolución Soviética?
C) Camarada, por de más inmisericorde te manifiestas preguntando y opinando. A otro le respondería de peor manera. Por ser tú... A ti te conozco yo más de lo que crees. Te conozco desde que vivías en la calle Wellington. Y luego en Wad-Ras. El Trece. ¿No era? Tú por allí delante del Jaén 25 con la Bultaco... ¡A quién se le ocurre! ¡Comprarse una moto así sin saber montar en bici! Lo que no sé es cómo no te partiste la crisma, so zoquete. ¡La paciencia que tu hermano el sargento tuvo que tener contigo! Menos mal que al final... Tú con la moto, como con las hembras: el que la sigue la consigue. Aunque por entonces lo hacías al revés: conseguías que ellas te siguieran a ti, echando tú a andar delante de ellas. ¿Te acuerdas de la barbería en Francisco Aranda? Más de un café me tengo yo consumido con el anarquista que a ti te arreglaba el pelo. Sí a ti: El de la Bultaco 155
T) ¡Cómo! Si arreglaba el pelo también a los carcamales, a ver a lo jóvenes por qué no. Y zoquete, bueno vaya; pero en pueblos como aquel mío, entre sierras y caminos de bestias por todas partes, mira tú que experiencia de ciclistas podríamos tener algunos. Si se veía negro el padre pa comprarse un par de alpargatas, como pa irle uno a la madre con antojo de bicicleta. Ya que lo dices, milagro me parece haber sobrevivido a la moto. En aquellos tiempos... ¡Cómo se mamaba del frasco! No quiero acordarme de tantas borracheras como enfriábamos entre amigos, con la moto a todo gas ¡Y detrás, la novia! Mejor olvidarlo, así me evito escalofrías. Sin embargo, sigo esperando un consejo a los conductores, por parte de la autoridad competente del Estado... ¡Pero venga! No te calles: ¡Gorki, Gorki!
C) Gorki, dices. Antes necesito saber qué consejo esperas tú de parte de la autoridad del Estado. ¡Que yo acabe de saber quién eres!
T) ¡Ah!, ¿qué te interesa?
C) ¡Va, suéltalo!, si no quieres que me vuelva mudo.
T) Pues tan sencillo como recomendar que a San Cristóbal, en domingos y otras fiestas de guardar, le den escolta Isaac Newton y Galileo. La compañía de San Cristóbal, sí, la tengo por saludable; que no hay que ser un lince pa darse cuenta de que quienes se acogen al amparo de potencias celestiales viajan con más optimismo. Y mejor es conducir contento que no ir envuelto en la niebla de la melancolía, camarada. Pero en las curvas...
C) Las curvas, camarada, son iguales todos los días del año, si se va a misa como si no.
T) Sí, pero entre semana Perogrullo suele viajar solo en su coche: de su casa al trabajo, del trabajo a su casa... No pasa nada porque el coche, siempre a la misma velocidad, es tan dócil este lunes como el anterior y así sucesivamente. Pero en jornada festiva se tercian compromisos a los que hay que atender. ¿O no? Y puede ser que, el día de San Jocundo, lleve Perogrullo en su coche a tres amigos, o más. O su familia: la mujer, su hermana, los niños, la abuela... Al llegar a la inofensiva curva con su moderada velocidad de cada día, cuando comprueba que el coche es menos dócil que la víspera, ¡ya es demasiado tarde! Lo mismo si hay que frenar pa no darse de morros con el que va delante. Pueden haber muerto todos sin haberse catado de una obviedad como esta: sobrios o borrachos, la inercia o fuerza centrífuga de 75 kilogramos no es la misma que la de 300 kilogramos ¡Lástima que Perogrullo viva de espaldas a de los Padres de la Física moderna! Tan machaconas como son las autoridades contra las copas deberían serlo contra el olvido de las leyes físicas, únicas leyes insobornables. El buen gobierno de un semoviente exige contar con su magnitud inseparable de la velocidad: ¡el peso! Si eso no se lo reacuerda nadie, ¡pobre Perogrullo! ¡Cuántas y cuántas lágrimas nos cuestan sus olvidos!
C) ¡Pardiez, camarada! ¡Quién te ve y quién te ha visto! No, si yo sé que tú... A ti te tengo yo que poner por corbata el catálogo que te menté antes. Aunque sé que en la Seat tú siempre fuiste el mismo. Yo sé que podías haber vivido sin delantal, después de que os readmitieron. Pero tú, ¡a currar como siempre!. Así que, en punto a mi trayectoria de militante comunista, te corrijo con la cordialidad que mereces. Lo de Máximo Gorki... Abreviando, camarada: 26 de julio 1936, ¡ya estaba yo en Praga! Y bien ligero de equipaje: ¡tres colones en el bolsillo, recuerdos de Costa Rica! En Praga hicimos sonar los clarines de la guerra contra la sublevación de Franco. Allí nos pusimos en pie de guerra los brigadistas. Semanas antes de fin de año, ¡ya me tenías en España! ¡En Albacete, miembro de las Brigadas Internacionales!, bajo órdenes de André Marty, amigo personal de Luigi Longo. ¿Qué miras con esa cara?
T) ¡Qué voy a mirar! La cara de celtíbero que se te pone. Pero tú sigue.
C) ¡Madrid! Fue en Madrid, en Ciudad Universitaria, donde una bala me alcanzó, ¡aquí!, en la hebilla de este cinturón, ¡mira la señal! Y en la carretera de la Coruña, camarada, momentos hubo en los que se veían más brigadistas muertos que vivos, resistiendo a las columnas de Varela.
T) ¿Resistiendo por convicción o aguantando por disciplina castrense? Aquello parece que iba en serio.
C) Por convicción, camarada. Pero sin renegar de nuestra disciplina comunista. Allí tuvimos que fusilar a uno de los nuestros por intento de violación: el camarada Elocaso ¿Ella? Nuestra bordadora, guapa por cierto. La misma que había bordado en la bandera de nuestra unidad -el batallón Sibérico- una arenga que decía: “¡SALVE, ESPAÑA! AQUÍ NOS TIENES: REGANDO CON NUESTRA SANGRE LA FLOR DE LA LIBERTAD” Formé parte del piquete de ejecución. De nada le valieron a Elocaso las súplicas que nos hizo la misma que le denunció. Aurora se llamaba aquella camarada costurera. De nada le valió tampoco que la muchacha se retractase, diciéndonos que era mentira. Te lo creas o no te lo creas, cuando el oficial Segundo Cayo Severo le preguntó: “Camarada Elocaso: ¿aceptas la acusación que la camarada Aurora ha presentado contra ti” Respondió el brigadista Elocaso: “Sí, camarada Severo ¡Cúmplanse nuestras ordenanzas!” Tengo pa mí que la quería de verdad. Prefirió morir fusilado antes que dejarla por mentirosa y ver su honor por los suelos ¡Por el amor de una mujer un hombre es capaz de cualquier locura, hasta incluso de traicionar a su bandera! Y tuvimos que cumplir nuestras ordenanzas, camarada. Los gritos enloquecidos de la costurera pusieron sordina al estampido de nuestros mosquetones. De noche. Noche sin luna. No quiso que le vendáramos los ojos .Dijo que quería morir contemplando las estrellas. Y se mantuvo firme, mirando cara a cara a la muerte, hasta que los doce del pelotón le llenamos el pecho de plomo. Su muerte me sigue abrasando en el arca de la sangre ¡La puta guerra...! ¡Pero principios son principios! Por respeto a los nuestros no le pedí a Elocaso trocar nuestros roles aquella noche, ¡maldita sea! Por eso nos ladraban, ¡y nos siguen ladrando!, los capitalista y lacayos del imperialismo, acusándonos de duros, de crueles ¡Porque no consentíamos en nuestras filas, bajo pena capital, ninguna excusa que amparase acciones de libertinaje! Entendíamos que si la libertad de los pueblos no se la protege con la coraza de la disciplina, ¡al carajo la revolución! Sólo unos pocos se beneficiarán de la libertad, y no serán los mejores. Supe en el hospital -culpa de la bala falangista que me atravesó el pecho limpiamente en el frente del Jarama- que la camarada Aurora también murió
T) ¿Se suicidó?
C) ¡No! Murió como una leona -días después que Elocaso- asaltando con cartuchos de dinamita una posición enemiga, allá por el Alto de los Leones. ¡La acribillaron a balazos! Yo de mi herida me recuperé pronto. Me informaron, el día que me dieron de alta, de que horas antes de que a mi me hirieran había caído Durruti; y que unas horas después de recibir yo el balazo había caído Primo de Ribera. No me dieron detalles ¡Se entera uno de todo con el tiempo! Y en Brunete... Cierta mañana llegué a renegar de que el balazo del Jarama no me hubiese llevado por delante. No puedes hacerte idea de cómo deseaba yo morir de asfixia, y lo mismo te digo de los otros camaradas ¡Mejor que no abrasarnos...! Hasta que Caporalio, el capitán y comisario de nuestra unidad dio orden de repliegue: “¡¡¡Antes que nos achicharreeen!!!”. Así era. Aquel día la muerte galopaba por aquellos campos como mala bestia desbocada, sin que hubiera fuerza humana capaz de poder contenerla. Fue el día que cayó el coronel Oliver Law, 6 de Julio de 1937. No puedo precisarte ahora si mandaba el batallón Abraham Lincoln o si el George Washington. Pero sí te certifico que fue el primer hombre negro que tuvo bajo su mando un batallón de hombres blancos, ¡aquí, tierra española! El caso que nosotros nos vimos en medio de un trigal rodeados por el fuego, y lo de menos era entonces el fuego del enemigo. Es que ardía el trigal como si lo hubieran regado con gasolina, y cualquier muerte quieres antes que achicharrarte. Los obuses enemigos fueron nuestra salvación. Con los embudos que iban haciendo al estallar, queriendo los franquistas cortarnos la retirada a cañonazos, nosotros saltando de embudo a embudo..., así pudimos librarnos de las llamas los pocos que no fuimos alcanzados por el fuego de las ametralladoras. Luego vino... No, ¡fuimos!, al frente de Teruel ¡Mi madre! ¡¡Qué frío!! Te lo digo yo, que conozco la estepa siberiana. En Belchite, camarada, llegué a creer que me quedaba ciego, ¡ya por los restos de mi vida! La explosión de la misma granada que mató a nuestro acemilero y a su mula, como estaba la nieve dura como las piedras, lo mismo que los cristales rotos de una botella, así sentí yo el impacto de aquella explosión en la cara y en los ojos. Y si te parece poco... ¡Me enterró la explosión debajo de la nieve! Si no llega a ser por un cura..., ¡eso también te lo digo!, que no puedas decir de mí que mi subjetividad me hace sectario. ¡Un cura, camarada! Un don Clemente Enésimo Enedicto, ¡no se me olvida su nombre! Andaba el pobre por toda la línea del frente lo mismo que un perro sin amo, pero si no es por él..., ¡me congelo antes de que los camilleros acudieran a mí! Con un copo me desenterró. Estaba la nieve tan dura... Cuando fue a al barracón a calentarse las manos al fuego, ¡pobre hombre!, le empezaron a doler las uñas con tanta rabia que hasta se le saltaron las lágrimas, ¡del dolor!
T) ¿Con un copo te desenterró, dices?
C) Sí, con un copo; como una copa, pero en metal. Mejor que andar arañando con las uñas.
T) Permíteme que te dé un capón amistoso, en homenaje al copón, y sin que sirva de precedente. Y es que, por las señas que das, a eso no se lo llama copo. Di copón: el vaso sagrado en el que el sacerdote católico guarda el sacramento de la Eucaristía. Con un copo, ni de avena ni algodón, ni de lino ni de lana, no creo yo que te hubiese podido rescatar de debajo de la nieve. Y habíamos quedado en que, ante todo, ¡señorío! La pureza de tus principios militantes no se enturbiará con la claridad en el uso de la palabra. Y menos tú, camarada, tan respetuoso con tus principios como con los participios de pasado. Además:¿nunca has oído decir a los aragoneses rasos: <¡Me trago las heces copón!>? Se refieren a ese vaso sagrado. Pero copo o copón... ¿Correría luego a darte las gracias?
C) A darme las gracias, ¿quién?
T) El cura que dices, ¡quién va a ser! De ese cura y su ministerio te estoy hablando.
C) Gracias, ¿de qué, por qué, a santo de qué?
T) Si le dejasteis escapar con vida... Algo tendrías tú que ver en que no se le fusilara ¿o no?
C) ¡No te pases de chungo, camarada, y ten cuidado con tus ironías!, que no todos los que hablen contigo se darán cuenta de que te pasas de guasón unas pocas estaciones. Pudiera ser que algún inmaduro, oyéndote hablar a ti, se tomara en serio las patrañas de la reacción
T) ¿Luego admites que tu salvador escapó con vida? ¡Albricias, camarada, por admitido lo doy!
C) ¡Sí escapó con vida, joder! ¡Y yo también! ¡¡Y ya basta de chanzas!! Y volví a escapar con vida el día 25 de julio de 1938, ¡en el río Ebro! ¡Dónde estarías tú ese día!
T) ¿El de Santiago de 1938? Yo llegué a este mundo 370 días después, camarada, si las cuentas no me hacen burla. Conque... ¿Y qué te pasó ese día? ¿No fue el mismo del inicio de la ofensiva del Ebro? ¡Habla! Ya que me has contado lo de Ciudad Universitaria, y lo del Jarama y lo de Brunete, y lo de Belchite. La batalla de Brunete también me alcanzó a mí, aun sin haber nacido. Allí cayó mi tío Jero (Jerónimo González Carrión) hermano menor de mi padre. Cayó frente a vosotros, y no porque se equivocara de bando: es que no pudo elegir. En batallas tales, son muchos los combatientes que caen y pocos los que pueden elegir su bando. Pero sigue.
C) ¡Ahí seguro que aciertas, camarada! Yo...Nosotros... Nosotros los del batallón Sibérico, por orden de la camarada Olga, nuestra comisaria política, partimos de Tarragona, en lanza, directos a Mora de Ebro; pero echamos el alto unos kilómetros más abajo, con intención de vadear por nuestros propios medios. A Caporalio ya le habían ascendido a coronel, y tenía, con razón, ganas de demostrar la sensatez mostrada por el Alto Mando al ascenderle. A Caporalio le pareció, y estuvimos de acuerdo con él, que subir más arriba sólo serviría pa aumentar la congestión de hombres y materiales cruzando el río; entonces, por temor a que los pontoneros se vieran desbordados con nuestra llegada, decidió que tendiéramos sobre el río nuestra propia pasarela, al ver que disponíamos de suficientes flotadores; los que habían dejado en esta orilla los pontoneros como si dijéramos de retén. Muertos de sed, camarada, la emprendimos con la pasarela, sin que Caporalio autorizara beber del río, por miedo a la disentería. Pasaba de las tres de la tarde cuando nos disponíamos a poner pie en la otra orilla, y de pronto... Todos creímos lo mismo: “¡Se hunde la pasarela! Claro, como no somos pontoneros ni dios ninguno que lo fundó...” Sabíamos todos que los conocimientos en ingeniería de Caporalio no pasaban de los que pudiese tener un capataz de camineros. Pero qué pronto salimos de nuestro error, camarada. La pasarela que nosotros habíamos tendido detuvo... ¿Te lo creerás?
T) Siendo tú el responsable, aquí y ahora, de que el Ebro no desborde los límites de la verosimilitud..., di lo que quieras.
C) Si se desborda no será culpa mía, ya lo verás. Detuvo una pasarela, ¡luego otra!, ¡¡y luego otra!! El río, que las venía arrastrando. Fue cuando nos dimos cuenta, pero sin querer creerlo, que el Ebro estaba creciendo. Había arrastrado las pasarelas construidas por los del Cuerpo de Ingenieros, mientras que la nuestra resistía. Nuestro coronel nos desveló el enigma de la crecida del Ebro mientras siesta, ¡tú fíjate!, en pleno verano y calentando el sol. Era que el Mando franquista, a primera hora del día había mandado levantar las compuertas de los pantanos y presas de la cuenca, en el curso alto del río -zona de guerra bajo su control- con la idea de hacer fracasar la operación concebida y acordada entre Vicente Rojo y Modesto y Enrique Lister. Hazte idea, camarada, de cómo se le hincharían las narices al Ebro, echándole de pronto toda el agua del pantano de Tremp, de Camarassa, de San Antonio de Talarn... El enigma de por qué las pasarelas tendidas por los camaradas pontoneros vinieran a nosotros arrastradas por la corriente, eso nos lo aclaró la aviación franquista. Allí empezó el diluvio de bombas de la batalla del Ebro. Sí, camarada; pero que en vez de durar los cuarenta días del Arca que se ve en las películas, este diluvio de bombas duró casi el doble. Y tú, te lo creerás o no te lo creerás, ¡pero la Historia está ahí! Fue en esas circunstancias como nosotros, cumpliendo la orden de Caporalio, cruzamos el Ebro. Sí, camarada: aprovechando tramos manejables de las pasarelas descompuestas, encima de la nuestra los poníamos, pudiendo así remontar el nivel de la corriente... El que pasó sed de nosotros, fue por que quiso. Sin contar a los que se ahogaron. No sé cómo podré decírtelo. Ponte que eres tú uno del batallón Sibérico, con tu dotación de combate encima: ahí es nada, el fusil ametrallador soviético PPSH calibre 7,62, la pistola Tokarev-TT, del mismo calibre, el machete, diez granadas en la mochila, dos más insertadas en el cinturón, los cargadores de reserva.
T) En parte, mejor, a más peso, más estabilidad: ¿no?
C) ¡Yerras! Te domina la corriente irresistible. Ves que te arrastra, que el miedo te devora por si caes, sabiendo que no podrás nadar, aunque seas un delfín. Tú ves que la pasarela sube y baja, se bambolea, temes que se quiebre, que la ves se quiebra... Que la ves que se está quebrando, ¡de tanto peso!, ¡¡encima de tanto empuje!! Ves que tu única salvación es afianzarte al tramo de pasarela flotante, ¡suelta!, a tu derecha, trompeando contra la que a ti te sostiene. Y las bombas de la aviación franquista... Intentando hacer blanco encima de tu pasarela. Y siendo casi imposible acertar un blanco así, las bombas, docenas y docenas de bombas, ¡cientos de bombas!, van cayendo por un lado y por el otro. Tan pronto hubieras visto el fondo del río como la pasarela en forma de tobogán, por efecto de las explosiones. No te exagero, camarada. Y nos caía encima la tromba de agua, pero peor que una andanada de tusos, el agua turbia de lodo, ¡de fango y sangre!, todo revuelto con el empuje de un torrente. ¿Cómo puede un brigadista resistir eso sin que le abandone su ímpetu revolucionario? Puedes porque ves a la comisaria política delante de todos, haciendo ondear la bandera del batallón, ¡desafiando la furia y la prepotencia de los aviadores enemigos! Y porque ves que tu coronel avanza delante de ti, sin mirar atrás: ¡sabe que sus hombres le van siguiendo! Pero a ti te parece que van a estallarte los oídos, ¡el corazón!, de puro miedo; que acabaras reventando como un pez, si le sigues hasta el final, con tus tripas sirviendo de pasto a otros peces... Y sin embargo tú sigues. Y los sigues hasta la muerte, porque sabes que vas a morir por los principios que tú y tus camaradas estáis defendiendo... ¡Los principios por los que los mejores camaradas ya han muerto! Y esos principios, camarada, se resumen en uno solo: ¡¡¡Acabar de una vez por todas con vil la explotación de un hombre por otro hombre!!! Esos camaradas que estas viendo ahogarse, que lo último que ves de ellos, emergiendo del agua turbulenta son sus puños cerrados, ¡marciales!, ¡¡indomables...!! ¡Arengándote...!
T) ¿Y unas copas de aguardiente no facilitan hazañas como esta que me relatas? Pregunto.
C) No, camarada. Es el oficial que va delante de ti quien te empuja contra las bayonetas del enemigo. No hay droga más potente que el ejemplo de tu jefe defendiendo tus principios. El que los tenga. Sin principios no hay droga que te redima. Y con principios, cualquier droga es inmundicia. Te llega un momento, camarada, que te das cuenta de que el miedo, ¡el miedo asqueroso!, es más peligroso que un amigo traidor. El miedo, si le dejas, se te enrosca como una serpiente que te ata de pies y manos. Y o te revuelves contra él, ¡y le acogotas!, o estás sentenciado: teniendo al enemigo ante tus mismas narices... ¡Muerte al miedo, camarada! Y nada de hacerse el sordo. El zumbido de los trimotores que te están bombardeando, y las mismas explosiones de las bombas, ¡te suenan a música militar! Como si la opresora losa de plomo que te venía aplastando, ¡de pronto!, por efecto del fuego enemigo, se hubiera volatilizado, ¡convirtiéndose en fiero licor espirituoso! Y sin que tú te des cuenta, te transformas en valiente y asumes, con todas las consecuencias, que tu miedo es la mejor baza del enemigo. Es entonces cuando tu valor empieza a funcionar como máquina apisonadora de elementos antisociales: una máquina insensible que parece gobernada por el demonio, sin miedo a que la destruyan. Cuando el último brigadista del Sibérico puso pie en la otra orilla del Ebro, lo primero que hicimos, todo el batallón, fue cuadrarnos ante el coronel Caporalio..., ¡muerto!. Nada más poner pie en tierra una bomba le cayó tan cerca, tan cerca... Nos lo descuartizó. Puño en alto le saludamos, a él y a nuestra pasarela, al ver cómo ésta cedía, y como también sucumbía en glorioso acto de servicio. ¡Su misión estaba cumplida! Se alejaba de nosotros, empujada por la fuerza incontenible de un río Ebro desbordado como te dije. Y delante de la pasarela, río abajo..., ¡la mitad del batallón Sibérico! Fue el precio que pagamos por cruzar el Ebro en las condiciones que te acabo de referir. Sí, camarada. Por mi veteranía, no por mis méritos sobresalientes, propuso la camarada Comisaria a los demás camaradas que me hiciera yo cargo del mando del batallón, ¡el muy honorable y temible batallón Sibérico!, ya que nuestro jefe y todos los oficiales habían muerto; los que no ahogados, por acción del incesante bombardeo y ametrallamiento mientras pasábamos el río. Cantando la Internacional en veinte idiomas, además del nuestro, nos dirigimos a la sierra de Pândols... Más podría a decirte de la batalla del Ebro ¡Tanto, que no terminaría nunca!
T) No sé, camarada, qué me admira más, si las cosas que me cuentas o tu modo de contarlas. Y es que... Pero... Porque... Cuenta: ¿cómo encajaste el discurso de Negrín, aquel 28 de octubre?
C) Aquel discurso de Juan Negrín me cogió lejos de Barcelona, y de España. Yo tenía en proyecto echar una escapada a El Vendrell, y se lo hice saber a la camarada Olga. Nada, por si allí me daban nortes de Andreu Nin, que había oído yo cosas raras. Pero una semana antes, por orden de Dolores, partí de Valencia hacia Leningrado. Bueno, no es que Dolores me diera ninguna orden, es que me habló de Caterina, que se conocían de Oviedo, y que había salido de la cárcel con ella, en febrero del 36; y cuando el discurso de despedida que tú dices, hacía ya tiempo que esta Caterina se encontraba en Leningrado. Y desde allí le hizo saber a Dolores que había dado a luz, una niña. A mí lo que me dijo Dolores fue que cuánto sentía no poder obsequiarla con un bonito ramo de flores. Como las cosas no dejaban de complicarse... Yo respondí, que bueno; que al fin y al cabo otras muchas habría dado a luz, como Caterina, ¡y qué! Ella me respondió que valoraba y justipreciaba la honradez de mi razonamiento, pero que las vejaciones que Caterina había sufrido en la cárcel, dando la cara ante sus esbirros por mantener en alto la dignidad del proletariado, la hacían merecedora de un barco a vela cargado de rosas; que mucho más que eso debía la clase obrera a mujeres como Caterina; y que si yo no me decidía a partir hacia Leningrado, que no le faltaría razón a Caterina pa creer que España la había olvidado ya. Yo acepté aquella misión por disciplina...Y Caterina recibió de mis manos, de parte de Dolores un ramo de flores silvestres. Pero me costó perderme el discurso de Negrin de despedida a las Brigadas Internacionales...
T) Bien que lo siento. Te hubiera hecho algunas preguntas de buena gana.
C) Camarada, el deber es el deber. Y lo de El Vendrell... Como escribió el intelectual que mentaste al principio: el deber no es para ser elegido, sino que es para ser cumplido. Y Leningrado tampoco era un balneario. Sí, ya allí, me quedé y... Otro tiro que me salió por la culata. Yo creyendo que me daban unos días de recreo, cuando a los dos me llegó la nota, ¡bonita nota!, de que la plaza vacante que había en la fábrica de armas, la Kirov, podía ocuparla cuando quisiera, ¡pero pronto! Y me dio vergüenza hacerme el desentendido.Te hablo de la factoría Putilov, montada en los tiempos del Zar. Y mira, en Leningrado seguía yo, en esa fábrica, aquel 22 de junio de 1941. Y hube de tomar parte en a la defensa de la ciudad. Allí fuimos poniendo en remojo, como decía nuestra cocinera, a los operarios de la operación Barbarroja. Costó mucha sangre, y sufrimientos indecibles, aguantar el cerco de los nazis desde junio del 41 hasta enero del 43. El último mes de cerco, pa variar la nota, lo pasé en Estalingrado. En todo el mundo se sabe que de allí hubo que echar a los alemanes, casa por casa, ¡a navajazos!, ¡¡a culatazos!! A tiros desde las troneras que nosotros mismos íbamos abriendo en los montones de escombros, de los edificios venidos abajo; de tantas y tantas casas que los bombardeos y la artillería nazi habían hecho saltar por los aires...No, camarada, no te hablaré de cosas que sé que tú las sabes desde bien chico. Sí te diré que en las cercanías de Novgorod, en enero del 44... ¡Lo peor que me pudo pasar! Desde entonces llevo entre ceja y ceja la estepa rusa. Ya antes habíamos tenido choques con la División Azul; pero cara a cara, mirándonos cara a cara, no nos habíamos enfrentado nunca. Sería media tarde, aunque ya estaba anocheciendo, que por allí, no es como por aquí, que... El caso que hacía un frío..., te pinchaba las carnes, así por debajo de la barbilla, ¡madre!, peor que si te engancharan de la ternilla de la nariz con un gancho carnicero. ¡Mi madre, qué ventisca! El convoy que tenía que retirarnos de aquella cota había saltado en pedazos, en una acción de sabotaje. No teníamos otro refugio que una dacha, la misma que se los antojó a ellos: una compañía de la División Azul al mando del teniente Mamónides.
T) ¿Y tú a quién obedecías?
C) A nosotros nos mandaba el comandante Prozar. ¡Espérate! Intercambiamos unos cuantos disparos de fusil, cuerpo a tierra, nosotros y ellos. Compensaba arrastrarse por la nieve, dejando pasar por encima la ventisca. Y así, un poco a lo tonto, nos quedamos sin munición; entonces, como si Mamónides y Prozar se hubieran puesto de acuerdo, a los dos los salió de la boca la misma voz de mando: “¡¡¡A bayoneta caladaaa...!!!” ¡Qué equivocación se llevaron los dos! Se creyó nuestro comandante que aquellos españoles vistiendo uniforme alemán, que iban a echar a correr tan pronto como vieran relucir el arma blanca. Y eso mismo se creyó el capullo del teniente que los mandaba a ellos: que nosotros nos íbamos a esconder como conejos debajo la nieve, en viendo brillar el acero de los machetes. ¡Maldita sea...! Como lobos, camarada, ¡peor que lobos!, nos echamos los unos en contra de los otros a bayonetazo limpio... ¡Menos el teniente Mamónides, menos el comandante Prozar. Ellos levantaron el vuelo de cota 13 con la elegancia de las gallinas. Y nunca más habrían de recuperar la compostura que, como a militares de profesión, les era exigible.
T) El miedo acostumbra ser libre, camarada, y no entiende de profesiones ni jerarquías.
C) Esa excusa no me vale, ¡qué joder! Ni en Rusia ni en España obligan a nadie a ser comandante ni teniente. Y lo tengo por más hiriente porque no sé de otro caso igual, ni entre rusos ni españoles. Y allí quedamos frente a frente: todos gente de alpargata y... ¡Peor que una pelea de demonios! Fue como una pesadilla, camarada. No sé si duró toda la noche o si menos que un crepúsculo. Lo que sí puedo decirte es que de aquel asalto no quedó más que un superviviente: el mismo que te lo cuenta ¿Por suerte mía? ¡Por mi desgracia y otra burla del azar! Por segunda vez la hebilla de mi cinturón me salvó la vida. Me tiró atrás la fuerza del bayonetazo, pero se salvó mi ombligo. Y la salvación mía fue la perdición del último divisionario que quedaba en pie, luchando por la dacha de la cota 13: ¡inolvidable español con uniforme alemán! Al ponerme en pie yo, repliqué su embestida como no se lo esperaba. Fue que dándome por muerto delante de aquella fiera... Me da vergüenza referírtelo, pero el que murió fue él: a distancia defensiva le arrojé el arma a la cara... Me la paró con el pecho y... No quiero darte detalles porque me duele... ¡Porque no quiero recordarlos! Dio de bruces en la nieve y espiró abrazando el arma que se le llevó por delante. Pero, camarada, los valientes no necesitan estar vivos, ni ser de derechas o izquierdas, ni blancos ni negros, ni pobres ni ricos pa que te infundan respeto... Ese fue mi error. Por respeto le di la vuelta, sin otra intención que honrarle... O por lo menos verle el semblante amortajado con la luz sin mácula de la Estrella Polar. ¡Nunca lo hubiera hecho! No sabes qué repeluzno sentí, al ver rebotar los rayos de la luna en aquellos ojos ¡Aquellos ojos! Aquella cara de campesino proletario... ¡Aquellas facciones!, curtidas por quién sabe cuántas penalidades. Aquellos rasgos generosos, de arriero cabal. Uno de tantos arrieros, o gañanes templados por las inclemencias de la vieja y áspera Celtiberia...Rasgos labrados a cincel por la virtud del compañerismo, por la nostalgia del amor a su familia lejana... Entonces, sin querer ver, vi que aquel... ¡¡Aquel valiente era Lucas!! Aquel hombre era también era hermano mío ¡¡¡La madre que me pariooó...!!!
T) Camarada, sosiégate. No fuiste tú quien desenterró el hacha de Caín. Tú lo que querías era romper cadenas de esclavitud en la cabeza de Hitler y sus secuaces. Cálmate. Venga, hombre, mira de serenarte. Ya se sabe: puestos en marcha los resortes de la guerra, el hacha de Caín cambia de bando cada tercer día y el del medio ¡Pero deja de llorar!, y menos con esas barbas. Te está mirando la niña morena de las trenzas. Sólo de verte llorar..., ¡ya está llorando ella!
C) Lo siento. Ya sé que estas cosas no deben contarse a nadie. ¡Primera y última! ¡Habrá sido por mal efecto de la bota! Una vez se lo quise a referir a Alfonso, pero me callé a tiempo.
T) ¿Qué Alfonso? Si me hablas de Alfonsos de SEAT, de la lucha obrera conozco lo menos a dos: Alfonso Rodriguez Rodriguez, de Badajoz si no estoy confundido, y Alfonso Ruiz Carmona, sevillano si mal no recuerdo. Los dos son de Comisiones Obreras.
C) Si, de Comisiones Obreras, el que yo te digo es uno al que enganchó la Social... Que luego...
T) ¡Que te sosiegues te digo, hombre! Y no vayas tan de prisa ¿Me estrellaré si te hago una pregunta indiscreta?
C) Pregúntame. Si no tienes prisa... Pero si no quieres estrellarte, tendrás que poner sobre esta mesa vuestra estrella roja de cinco puntas. ¡Y los cuadros de la GINCAR! ¡Y los de la SEAT! Antes se me irá de la cabeza la cara de aquel divisionario. ¡Algo se parecía a ti! ¡Tu estampa me recuerda la estampa suya!
T) ¡Los cuadros...! ¿Los Cuadros? Pero...
C) ¿Pero qué?
T) Que a mí no me cuadran los cuadros de la GINCAR con los de la SEAT.
C) ¡Cómo que a ti no te cuadran esos cuadros! ¿Dónde tienes tú los Ojos? Camarada, me da gusto hablar contigo, ¡pero me das cada sofocón!¿No hay en el taller Cuatro...?
T) ¡¡Ah..., que te refieres a los murales!! Ya, ya, ya. En el taller Cuatro, sí. Esos los pintó Varo. Como representaba no sé qué cargo sindical, algunas veces aparecía por la línea de producción. Entonces, Teodoro, el ingeniero Jefe de Chapistería, en vez de mandarle a la cadena le mandaba pintar, pa que amenizara la agobiante monotonía de los grises muros de hormigón... Empezando por muros los del taller Cuatro. Si hombre, claro que los tengo vistos. Pero son murales, camarada. Bueno, que tampoco pasará nada por que se los llame cuadros. Me gustaban. Aquellos volúmenes astronómicos, gravitando en la etérea inmensidad... Luego acabó mal, el pobre Varo. Quiso plantar cara a la multinacional alemana dotado de brocha y no armado de martillo... Y acabó vapuleado, en el alma. Aquello lo vi venir yo. Yo y otros más con los ojos donde siempre. La intención, mala no era, pero mu poco meditada. Fue que se le ocurrió untar la brocha en la paleta de un pintor famoso, mejicano creo, un tal David no sé cuanto. Mejor sabrás tú su nombre que yo, con tanto mundo como tienes a la espalda. Bueno, a mi me dijo uno bastante docto, no sé por encargo de quién: “Ese cuadro es para verlo y para oírlo: es el Grito de Dolores” No me aclaró qué Dolores podía ser. Ni yo me atreví a preguntárselo.
C) ¿No te atreviste a preguntarle? ¡Qué raro! Un hombre como tú ¿O te estás guaseando de mí?
T) No eres tú hombre del que nadie deba guasearse, ¡recarajo! Además, qué más da eso. Sería por no airear mi pelo de la dehesa. A las personas doctas hay que guardarlas alguna distancia, camarada.Y los que somos mu de pueblo... Allí, sí, se veía un tumulto popular, como un motín contra los peces gordos del Estado; pero aquellos peces gordos resultaban estar protegidos por policías con uniforme y casco alemán, se veía a la legua ¡Hombre!, el cuadro imponía respeto: una multitud enardecida llevando en volandas a un muerto a manera de ariete... Y delante de la multitud, el que pelea a brazo partido con el abanderado opresor, seguido de matrona con niño lactante cogido sobre su brazo izquierdo. Un niño que me pareció canjeable, pelo a pelo, por tu hermano el del carricoche. Yo diría que aquel cuadro nos gustaba a todos menos al mecenas. ¡No!, retiro que no le gustara al mecenas. Porque no era ningún carca. Yo nunca hablé con él, pero por lo que le oía decir a Juan Segura Acacio, por entonces nuestro jefe sindical en SEAT, no era Teodoro hombre que tuviese que cambiar de acera por eludir a ningún ofendido. Sino que le disgustó que su patrocinado burlara la confianza que, de compañero a compañero, habría depositado en él. Burlar la confianza a quién te la da, camarada, nunca trae nada bueno a los burladores. Y claro está: como tal jefe de Chapistería, obligado estaba su mecenas a relacionarse con los alemanes. Unos alemanes que nada tenían que ver con aquel muerto.
C) ¡Vaya mecenas que aceptó Varo! Le sentaría... Pero si a mí me han dicho que tuvo juicio con la Empresa, porque no le dejaba la Empresa trabajar como Dios manda.
T) ¿Ah, sí? Al que te diga eso, pídele que te diga en qué día de qué año se celebró ese juicio, y que te dé el nombre del abogado que le asistió. O que te enseñe copia de la sentencia.
C) Antes de un mes veré al que me dijo eso. Es uno de Valladolid, un tal Medina o Molina. Y digo yo: ¿no sería por envidia por lo que ese ingeniero mandó que borraran el cuadro?
T) Ni me viene ni me va nada en eso, ni los antecedentes del caso casan con las consecuencias que tuvieron. Lo que sí puedo afirmarte es que aquello le pasó a Varo por confundirse de jefe. O por creer que tener dos jefes y ninguno era lo mismo. Nuestro jefe sindical Marcelino Camacho Abad, allá por el 1980, nos había dicho por escrito, ¡y muy bien dicho!, que QUIEN PAGA MANDA Eso fue pidiéndonos a los afiliados un pequeño esfuerzo económico extra, en aras de nuestra autonomía sindical. Y Mira tú. Dejando aparte a leguleyas y leguleyos, hay verdades inviolables. Por olvidar o desconocer esa rotunda verdad enunciada por Camacho -una severa verdad con solidez de teorema así en tierras de cristianos como en tierras de paganos- se partió la crisma Armando R. Varo González. Y contentos debimos de quedar, ¡y mucho!, de que Teodoro no mandase al propio artista borrar el mural que te comento.
C) ¿Quién lo borró?
T) Si varo no me mintió, lo borró el señor Adelaida, el jefe de producción del taller Cuatro.
C) Ya me pesa haberte dicho nada de los cuadros de la SEAT
T) Camarada, tú no te conformes con lo que yo te diga. A ti nadie te impide preguntarle al interesado. Si no, a los compañeros de la coordinadora sindical de Chapistería de Comisiones Obreras: Jiménez, Oliveira, Carmona, Cordón, Eduardo... O a nuestro secretario sindical entonces, el compañero Segura. Acacio, un almeriense mu tratable.
C) ¡¡A ver!! ¡Los cuadros de la GINCAR! ¡Y vuestra estrella roja de cinco puntas!
T) ¿Nuestra estrella roja de cinco puntas y los cuadros de la GINCAR...? Bueno será, sí, que cambiemos de tercio. Pero es como si me convidaras a chicharrones bañados en chocolate. Supongo que te refieres a las láminas que nos dieron, a los de la GINCAR, en solidaridad con nuestra huelga por el Convenio, ¡por el primer convenio! Eran láminas de cuadros preciosos, o por lo menos de los que tanto nos gustan a la gente elemental. Dos niñas como dos rosas abrileñas... Una tocando el piano y la hermana al lado aprendiendo, ¡qué golosina de cuadro! Colorear el candor femenil, sin desnaturalizarlo, y saberlo arrullar con música de percusión, qué quieres que te diga, camarada, pero me parece a mi que eso está al alcance de pocos. Decían que eran de un pintor francés. Y había otro... Otro manazas pintando, al revés te lo digo pa que me entiendas. Dos rapazuelos de caraba, descalzos y comiendo fruta: ¡uvas y melón seguro que fruto del pillaje! Los mirabas, ¡y bueno! Te daban ganas de quitarte la correa y liarte a correazos con ellos en nombre de la ley y el orden y la propiedad privada. Me dijo Quico, de Huelva, que los pintaba un morillo de Sevilla. Puede ser que aquellos cuadros fueran aportación de Bandera Roja o el PSUC -gente de Artes Graficas- a la huelga de la empresa Roca, primero, y luego a la de la GINCAR.
C) ¿Y vosotros qué destino los dabais? ¿Rifarlos?
T) Rifables sí eran. Pero los vendíamos por el barrio. Y por Cornellá. Creo que llegaron a nosotros por medio de Enric Company, un periodista que vivía en Hospitalet, cercano a Bellvitge, que escribía en un semanario. A la postre, si mal no recuerdo, su destino coincidió con el nuestro: el despido por activismo sindical. La estrella de cinco puntas era una propuesta nuestra, de nosotros los del Piquete, a las cinco centrales sindicales presentes en la SEAT de Zona Franca. La recortó mi mujer de la funda de un disco de Lucha Villa. Salió la estrella del color de aquella funda. Gualda, como reverso de capote taurino, también nos hubiera valido. La pusimos los del Piquete en el cartel que llevamos a la imprenta. Una que conocía Montesinos del Partido de los Trabajadores de España allá la calle Padilla. Por cierto que nos sacaron un cartel, siguiendo indicaciones nuestras, que surtió el efecto que de él esperábamos: la señera catalana con el nombre de todos los despedidos puestos en orden alfabético, y una vitola negra en su esquina superior derecha, en recuerdo de Antonio Ruiz Villalba. En medio del cartel este lema: SEAT: BANDERA DE LA AMNISTÍA LABORAL Creo que conserva un ejemplar Antonio Mayo Gutiérrez. Un día descubrí, con ojos ajenos, que la estrella de cinco puntas está afectada de gravidez.
C) ¿Gravidez? ¿Preñada? ¿Una estrella? Como no sea de cine... Camarada, te afecta el vino de la bota peor mí. Y perdona si...
T) La estrella por la que me preguntas sería la misma aunque ordeñásemos de la bota horchata. Caprichosa puede que sea, como cualquiera de las de cine. Pero qué: ¿se lo vamos reprochar? O a todas o a ninguna. Compruébalo con la de la hebilla de mi cinturón si quieres, vista las honrosas mutilaciones que la tuya ostenta. A la estrella de cinco puntas y al pentágono regular los une, ¡te pongas como te pongas!, indisoluble lazo de amor eterno.
C) El fruto de cuyo amor será el que engendran Doña Esterilidad y Don Celibato ¿No?
T) ¡Al Fruto de tal amor llaman Número Áureo o Divina Proporción, honorable camarada!
C) ¡¡Como pa perderse con esa estrella! Y ése sí que será un número estable, no el gordo de la lotería. En la CNT llegué a ver el cartel vuestro que dices, allá por cerca del puerto.
T) ¡Sí señor! Yo también vi nuestro cartel allí. ¿Contento ya? Pero aparte los buenos oficios de la gente de artes gráficas: ¿te condecoraron con alguna medalla las autoridades soviéticas, al saber que habías acabado con el último hombre de Mamónides?
C) Me la hubieran concedido, ¡seguro!, si yo hubiese dado parte de lo ocurrido en la cota 13. Pero deserté; bueno, eso creí yo, que desertaba de mi compromiso contra el fascismo alejándome de aquellas tierras. ¡Anduve horas y horas como un zombi! Ya era de día cuando encontré, sin buscarlo, el cadáver del comandante Prozar. Había muerto congelado. Estaba demasiado gordo pa resistir largas caminatas, y detenerse a descansar con aquellas temperaturas valía de tanto como firmar tu sentencia de muerte. Seguí mi marcha, y fui a dar allá adonde había descarrilado el convoy del que te hablé. Vi asomar unas botas militares nuevas por la ventanilla del vagón volcado, se me antojaron...Resultaron ser las que llevaba puestas Mamónides. Estaba frío como un chuzo. Quizás llegó hasta allí con el ansia de defenderse de la ventisca con vodka, que lo había, y no del más recomendable; y tanto debió de mamar, que no pudo resistirlo. Me prestó un buen servicio. Empecé por ponerme sus botas y acabé con mi cabeza debajo su gorra de plato. No sé si te he dicho que aquellos españoles llevaban uniforme alemán, y el de Mamónides cuadró bien con mi propósito. En un periquete me vi dentro de aquel envase de la Webrmacht. Menos mi cinturón, todo lo demás se lo dejé al muerto. Y el cinturón suyo, con pistola incluida, la WALTHER P-38 calibre de 9 milímetros y con cinco balas todavía en el cargador, me lo ceñí por fuera de la guerrera. De las diez motocicletas que portaba el convoy, un par de ellas todavía podían rodar a lo largo de la vía. La enrasé el depósito de gasolina a una, y partí de allí, dirección sur... Por la comida no me preocupé, con ser tiempos que pasaban de duros y estar en zona de guerra. Porque los años que anduve por tierras de nuestras Américas, impartiendo seminarios, aprendí que las lentejas con coco son fuente estimable de proteínas. Y mejor me entenderás si te digo lo que le dije al camarada secretario de la Kirov, cuando nos reunió en el local del comité pa levantarnos la moral ante el cerco del general barón Von Leeb. Acabó el mitin diciendo: “¡Camaradas, puede ser que los piojos terminen haciendo presa en nuestras carnes! Estemos preparados para adversidades así de odiosas ¡¡Pero nunca podrá hacer presa en nuestra conciencia el general barón Von Leeb!!” Entonces yo...
T) ¿Cómo sabes tú que os dijo eso?
C) Yo ya entendía el ruso bastante bien. Y como él el español lo entendía algo, le dije: “Conmigo, camarada, qué desengaño van a tener los piojos. Si no que se lo pregunten a los cocos de las lentejas”. No puedo decirte que me entendieran los demás camaradas, pero busca tú la explicación de por que me aplaudieron todos, que yo no me atrevo a dártela. Yo lo que quiero que sepas es que con ese equipaje mental me vi metido en territorio de Polonia, esclavizada por el poderío militar nazi. El ser yo hijo de cónsul, por un lado, y por el otro mi real identidad, me abrió algunas extrañas puertas en las iglesias polacas. Por medio de esas puertas fui anudando complicidades patrióticas. Además, mi uniforme de teniente de la Webrmacht supe protegerlo con manto de confusión. No tenía empacho ninguno, si me cruzaba con boches, pedirlos, en español, que me llevaran a presencia de Muñoz Grandes, quejándome de que con Hitler no quería hablar: porque Hitler es un cabezón que no quiere hacerme caso. Cosas así, camarada. De esa forma conseguía que me trataran como a un perillán, tan leal al padrecito Hitler como inútil e inofensivo; nada, un desgalichado falangista español, perdido en el torbellino de la guerra. Así pude meterme en Alemania, y más de una vez me tuve que sentar en el suelo delante de iglesias católicas, a mendigar. De paso que disimulaba, más de una vez me echaron en la gorra aprovechables cáscaras de plátanos, algún mendrugo, o rodajas de mortadela sin pisar. Otro cierto día me llevé fea desilusión, con uno me dijo en croata qué él era sacristán. Se me acercó llevando en la mano tres pares de patas de pollo, patas de pollo, camarada, ¡no muslos de pollo!, y solo dejó caer a la gorra un par, excusándose con que su mujer no andaba bien de salud, que si pitos, que si flautas, que si pautas que si ritos ¡Qué le iba a decir! Hasta que en un suburbio del Rin pude contactar con la Resistencia francesa. A punto estuve de pagarlo con la vida. Allá donde las minas de carbón di con un matadero de aves. Allí tenían en presidio provisional un grupo de demócratas franceses, más de la mitad eran camaradas. Los tenían a la espera de que la GESTAPO los interrogara, antes de enviarlos a algún campo de concentración. Se me presentó la ocasión de ejercer autoridad de oficial de Webrmacht, y la ejercí. Pasé a los adentros del recinto y solicité a los capos, que hablaban en italiano, poder ver al celador. Me creyeron teniente alemán de verdad, y me dieron paso. El celador dormía en su garita. Quise despertarle mediante peliculero culatazo de pistola arreado en el occipucio y...
T) ¿Y qué pasó?
C) Creo que se me fue la mano. A ti también se te hubiera ido, al ver aquellos prisioneros, diez mujeres entre ellos, algunas todavía niñas...Mira si los habrían metido espanto en el cuerpo que, de entrada, ni niñas ni mayores me creyeron. Bajo amenaza de pistola conseguí que desalojaran aquella tumba viviente. Y me creyeron al ver con qué miramientos apartaba de en medio a los capos. Otra opción un tuve, camarada. Aquí donde me ves, matar así me pone mal cuerpo; aunque no tan malo como ver gente de bien, sin poderse defender, en manos de malas bestias. Además los de la guarnición, que estaban jugando al fútbol, oyeron los disparos y acudieron como hienas al olor de la carroña... ¡Y allí fue el estallido de la rebelión! A los prisioneros el miedo se los volvió amor a la causa y odio contra sus verdugos, y como sabían lo que los esperaba si los daban tiempo a ponerse el correaje y desenfundar las pistolas, fue visto y no visto el tiempo que tardaron en abalanzarse contra ellos y empezar a acogotarlos. Las mujeres se armaron algunas con los mismos látigos con los que sus verdugos las azotaban, otras con cepillos de barrer los hangares, y más de una y más de dos con botellas de cerveza: primero las rompían en las cabezas de las bestias sin soltarla, y luego, con el gollete haciendo puñal rajaban caras, nueces, barrigas...! Los tíos, ¡qué te voy a decir! Como estaban más bien débiles, los daban de puñetazos pero con medios ladrillos, antes que con los puños. Y de propina, patadas, mordiscos, tortazos... De la Resistencia, aparte las mujeres -siete del textil y las otras secretarias y mecanógrafas- había más de 30 hombres, mineros y ferroviarios en mayor parte, pero todos igual de fieras luchando contra el vil opresor. Y como los más de ellos no tenían otras armas que las ansias de libertad, más los puños y los dientes, y los pies, ¡se formó un amasijo de cuerpos en la lucha cuerpo a cuerpo...! No me gusta ni tenerlo que referir.
T) ¿También las mujeres se enzarzaron en la lucha cuerpo a cuerpo con los capos?
C) No y sí. De los enemigos que se movilizaron no dejamos en pie a ninguno. Y no creo que se salvara ninguno del mordisco en la yugular, mortal de necesidad, con los que las mujeres iban finiquitando a los que íbamos pateándolos las tripas. Cuando los furgones salieron del acuartelamiento a toda mecha, con las sirenas puestas a tope que daban escalofríos, mi labor en el matadero ya estaba hecha. Y tuvimos tiempo de apoderarnos de un camión aparcado debajo un hangar, ¡de ellos!, cargado de cajas llenas de latas de paté. Pues... ¡Al camión! Pudimos subirnos al camión todos y, ¡echando leches!, escapamos del matadero con dirección a Francia, ya que se sentó al volante el camarada que se me identificó como camionero de oficio. Y como disponíamos de cuatro pistolas, las de los capos y la del celador, más la mía, nos colocamos, en pie, dos y dos, en los pescantes del camión cubriendo nuestra fuga a tiros, ¡que se nos echaban encima los motoristas!, con sus banderines intimidatorios exhibiendo la cruz gamada a todo trapo, y abriendo fuego, queriendo reventarnos los neumáticos o levantarnos la tapa de los sesos, ¡¡hijos de puta!! Las cosas se nos complicaron al llegar al puente de hierro, con la barrera abajo.
T) ¿Automática?
C) ¡Huy, automática! ¡Camarada!, tú no te equivoques, creyendo que todas las grandes obras de arte sólo puedan verse en los museos y grandes palacios. Obra de arte como la de nuestro camionero salvando los obstáculos del puente, ¡yo no la he vista jamás! Completamente lanzado se encaró hacia la barrera, haciendo ver como que ni siquiera hubiese visto el puente, cuanto más la barrera automática, hasta el instante mismo en el que los 6 centinelas se echaron los fusiles a la cara exigiéndole, lo primero el alto, y luego, documentación. Pero el susto que los dio no se lo pudieron quitar de encima, mientras daba marcha atrás. Marcha atrás, pero lo justo pa no ponerse a tiro de los motoristas, él así como el que quiere pedir disculpas. ¡Bueno! Aun no habían recuperado su aplomo los centinelas cuando...Pisó el tío a fondo el acelerador... ¡Camarada!, no tuvimos mejor alternativa que embestir, ¡y arrollar!, con el motor del camión al máximo de revoluciones...Y a tomar por saco barrera automática, centinelas, inspectores, guardias... ¡Todo lo que se nos puso por delante. Y atrás pudimos dejar el puente, ¡¡y sus muertos!! Y entramos en tierra de Francia, los de los pescantes de espaldas a la marcha, abriendo fuego contra los motoristas; los de la carrocería, hombres y mujeres, y niñas, ¡puño en alto!, cantando a voz en grito la Marsellesa. Las mujeres el pelo suelto, los pechos al aire... ¡La apoteosis de la fraternidad proletaria, camarada! El camionero -el camarada Silvio Palinuro Adrenalino Adrenalidez- condiciendo y llorando, ¡de gozo! ¡Conduciendo y llorando y cantando la Internacional!, en italiano. No tengo palabras pa explicarte lo que yo sentí en aquel momento, ya que nos vimos a salvo, recibiendo en plena cara el viento de la libertad y compartiendo con aquellos hombres valientes, y aquellas mujeres bravas, el sabor de la victoria. El camión, dando bandazos... Bandazos y más bandazos, por sortear mejor los disparos de los motoristas.
T) ¿Autopista o carretera?
C) ¿Autopista? ¡Sí hombre! Y tortilla francohispana ¡Tuvimos que salirnos por la cuneta! Sí, camarada. Sin más remedio: por no chocar contra un tanque que venía de cara a nosotros. Y mira, fuimos a chocar contra otro tanque de la misma columna blindada que avanzaba, ¡toda la columna!, en cuña directa, contra nuestra dirección... Pero no te asustes. Eran tanques de los Aliados. Avanzaban por aquella ruta, desde las Ardenas, ¡ya imparables!, hacia la toma de Berlín. En el choque contra el blindado hubo un herido, ¡solo uno!, que fui yo. Recibí tal hostia, y perdona el ex abrupto, que me partí la crisma. Y me jodí esta pierna contra la carcasa del periscopio, que asomaba por la escotilla del tirador de la ametralladora de proa. Perdí el conocimiento... Y esa fue mi condecoración luchando contra los alemanes. Bueno, tengo que decirte que cuando volví en mí me vi dentro de un barracón habilitado como hospital de campaña, y atendido por una monja enfermera alemana, la hermana Ester, muy católica, pero de mucha valía, comprometida con la Resistencia; pero que hablaba el español tan bien o mejor que tú. Ella fue la que me dijo que por orden del general De Gaulle tenía que abandonar el barracón..., que quería verme el general, firme en mi puesto, el día D a la hora H. Pero yo no quería. Me dolía...Y eso fue el 25 de agosto a las 21 horas de 1944, en París desfilando ante el Arco del Triunfo
T) ¡París! Quiso De Gaulle que formaras con las tropas que liberaron Paris, ¿no es eso? A eso podemos llamarlo condecoración imperecedera ¡Qué melindroso! Después de tus campañas desengañando a tantos piojos ¿No te gustó que te aplaudieran las magníficas hembras parisinas? Algunas serían choznas de las que defendieron la Comuna. ¡Más de una te guiñaría el ojo, pájaro! Victorioso tú como el Manco de Lepanto... Tú tan marchoso como el Cojo de Calanda...
C) ¡Pa guiños de ojo iba yo! Me hubieras visto, blanco como una momia, envuelta la cabeza en vendajes, que apenas si me dejó espacio la hermana Ester por donde asomar los ojos ¡Y con fiebre! Y si fuera poco, detrás del “Don Quijote”, aclarándome la vista con sus gases. Pero con lo terco que era el general... Lo que me dijo mi enfermera: “Si ese hombrre ha grresistido los zagrrandeos de tantos años de guerra, también grresistirá los zagrrandeos de la paz porg un día, porg muy dañada que tenga cagrra piegrrna y cabeza ¡Su alma se consegrrva entegrra! Y las ógrdenes se dan pagrra ser cumplidas, no pagrra ser discutidas”.
T) ¿Ese Don Quijote que te iba aclarando la vista con sus gases? ¡En París...!
C) Un blindado tripulado por guerrilleros españoles. Novena Compañía. De la Segunda División Blindada. Anarquistas y comunistas republicanos, que contra la victoria de Franco se pasaron a Francia y se incorporaron los que no a la Resistencia, al Ejército de liberación. Y desde Francia siguieron combatiendo al fascismo. Uno de nuestros blindados lucía ese nombre, “Don Quijote”. Te hablo de los que pudieron escapar a los designios del Gobierno de Vichy. ¡Pero si lo sabes tú!
T) Bueno, uno ha oído campanas sí, pero a saber dónde Y la cicatriz que te veo encima de la ceja, qué es, ¿recuerdo de los capos italianos del matadero o un machetazo de los divisionarios españoles de la cota 13?
C) Ni recuerdo de los unos, ni machetazo de los otros; esta cicatriz es el recordatorio de una cornada.
T) ¿Una cornada? ¡Camarada, no me digas! ¡Seguro que en una tienta!
C) ¡Yerras y sí te digo! Cornada de cornúpeta canoso, pero con pintas: Pío Guerrero Traicionero. Te le doy a conocer con nombre y apellidos. Repartiendo Mundo Obrero fue el percance..., ya muchos años después del Año de la Victoria. Lunes, seis de la mañana... Bien me acuerdo: ¡Madrid! ¡Plaza España! Me pasó entonces como con las vacaciones en Leningrado, treinta años atrás. Me invitaron a Madrid así como de turista... Pegando a la churrería dijimos de encontrarnos. Y... Por allí que aparecieron a poco los Guerrilleros de Cristo rey. Me pidió la documentación, ¡pedazo de cabrón autóctono!, después de atizarme por detrás con una cadena de bici. Gracias a que los que venían conmigo eran jóvenes. Los tenían bien puestos, y pudieron meterlos ellos solos las cabras en el corral, antes de que aparecieran los sociales. Ahora que la marca, clara me la dejó ¡Dónde estarías tú a esas horas! Aquel 18 de octubre de 1971...
T) ¿Yo? ¿El 18 de octubre de 1971, a las seis de la mañana? Estaría... En el taller Uno de la SEAT Zona Franca.
C) De parloteo en la máquina del café, ¿no?
T) Pudiera ser. Quizás hablando de toros. Ahora que tú mientas a los cornúpetas... Me pitan los oídos sólo con acordarme de los clarines del miedo. Con sólo acordarme se me pone la boca tan fresca como un rabo de cerilla. Sí, camarada, a la hora de ese día que dices, yo estaba donde te he dicho; y listo pa recibir, ¡a portagayola!, nada menos que al Toro de San Lucas. De una terna de a ocho, el primero tenía que ser yo; no por más diestro, pero si respetando ineludible y riguroso orden cronológico y topográfico ¿Nunca te han hablado de ternas de a ocho? Encierran propiedades transmutativas. Dos horas nos costó transmutarnos en ocho mil. Ya entonces, entre siete y media y ocho de la mañana, las autoridades competentes empezaron a prestarnos atención, y no era para menos: ya habíamos puesto boca arriba la disciplina laboral. La verdad es que en el ámbito fabril de SEAT, aquello se pareció más a un golpe de estado-en miniatura- que a un encierro taurino. Poner sello de respetabilidad en acción tan osada -única en su género- habría de ser obra de la muchedumbre La muchedumbre nos elevó al rango de autoridades durante varias horas. Pero en una acción tan manifiestamente ilegal como era ocupar la fábrica, se cae de su peso que fuese así: no teníamos otro modo de guardar nuestras espaldas los ternarios. Comprendo que el Partido tuviera reparos en amparar aquel allanamiento de morada, sí; pero a los despedidos más insumisos nos pareció, no podía parecernos de otro modo, que antes debían de oponerse resistencia a la burla que se había hecho de nuestra legitimidad democrática, como representantes ante la patronal de los obreros que nos habían votado.
C) ¡Camarada, a mí no me tienes que convencer de eso! Pero eso de ternas de a ocho... Sólo te lo oigo a ti. Lo que se lee en la HISTORIA DE ESPAÑA de Manuel Tuñón de Lara, ¡ni por mientes! Y está bastante bien el capítulo que trata del movimiento obrero en su lucha contra la dictadura del general Franco. Ahí se habla de la lucha obrera de la SEAT de Barcelona, en octubre del 71. Yo tengo leído en esa HISTORIA DE ESPAÑA, y tú lo puedes leer, que los obreros de la SEAT ocupasteis la factoría, y que tomó la ocupación proporciones insospechadas; que asaltó la policía la fábrica, con caballos; que los obreros, ¡7000 obreros!, defendisteis la fábrica nave por nave, taller por taller, que hubo un muerto... Y que le costó a la policía seis horas “conquistar” la fábrica... Que se la armasteis gorda ese día, a los verticalistas y a sus amos, sí. Lo que se lee ahí concuerda con lo que tú dices; pero nada de ternas, ¡qué carajo! En lo demás, lo que tú dices tampoco contradice una octavilla que yo leí, estando ya en Barcelona..., pero ya un año después de vuestra Ocupación famosa. Me llegó de manos de un anarquista, un tal Justo. Te conocía a ti del tajo en la construcción, y de las asambleas en el vertical -no me acuerdo si me dijo Huarte Y Compañía o si de Dragados Y Construcciones-. ¡Justo! Es uno que conocía, o que conoce, a la Duquesa de Alba de haberle echado algún cable en momento de apuro. Me dijo que ese tema lo había tocado contigo, allá en la obra del metro del Paseo de Gracia.
T) ¡Bueno! Te puedes figurar. Pero a mí de los duqueses, no me cuentes sus reveses. Ahora, hablando de duquesas... Sí, alguna habrá que le seduzca a Justo. Una buena hembra, sea o no de rancio linaje, por verla en un calendarios de pared... ¡Menos es nada!
C) No es broma. Me lo dijo, con la octavilla en la mano: “¡Compañero del alma!: después de tanto encarcelar el invicto Paco del Pardo; tantos miles de fusilamientos en las cárceles; después del proceso de Burgos, ¡y tan cerca las condenas a muerte!, todavía quedan tíos con dos cojones, capaces de pasarse por el forro las consignas del Partido. Y ponerse por montera la ley de la propiedad capitalista, ¡Tíos con dos güevos!, si hubiera que pasar el Ebro por la pasarela, la manera que tú y otros como tú lo pasasteis”. Una octavilla escrita en verso dando en el clavo. Mira tú, se me enganchó a los oídos como los zarcillos a las orejas de las muchachas. Será como te dije antes. De jovencito me quedé con las ganas de hacerme poeta y... Un bichito que nunca ha dejado de bullirme. Nada. Estaría escrito en las estrellas que la guerra habría de ser mi pasatiempo. Pero tú, atiende:
1 ¡Salud, obreros de Seat!
Del franquismo pesadilla.
De la razón defensores.
De los valientes envidia
2 Habéis ocupado la fábrica
¡Toda Europa os admira!
Que la barbarie franquista
De todos es conocida
3 Sois vanguardia valerosa
En esta lucha emprendida
Contra el gobierno Matesa
Contra Franco y su pandilla
4 Vanguardia en la clase obrera
Que palmo a palmo conquista
Sus legítimos derechos
Contra régimen fascista
5 Mas ni porras ni caballos
Ni tableteo de disparos
Ni los gases lacrimógenos
Quebrantaron vuestro ánimo
6 Nuestra conciencia de clase
Admirables compañeros
El Dieciocho de Octubre
Hemos puesto en alto precio
7 Heridos, en los dos bandos
Hubo un muerto de los nuestros
La dirección de Seat
¡Pagará caro por ello!
C) ¡Qué...! ¿Qué te parece nuestro espontáneo poeta? ¿Da o no da en el clavo?
T) Que me estoy acordando de los que se acuerdan Quevedo en estos casos: “Poetas hay que por hacer rimar Roma con Calcuta, a más de un honesta señora la hicieron puta” ¡Qué capullo!
C) Qué capullo, ¿quién?
T) El autor de la octavilla, quién va a ser. Camarada, haces cada pregunta...
C) ¿Por qué capullo? ¡Explícate! Si no quieres que te diga que aquí, y ahora, el capullo lo serás tú, ¡y nadie más! Y si me aprietas un poco, capullo salsificado, ¡con toda la salsa de tus gazpachos!
T) ¡Hombre!, camarada, yo seré todo lo capullo que tú quieras, ahumado o en escabeche, pero tú ahora mismo me pareces cuñado de Perogrullo, que será casi peor. Si no, párate a pensar. Tuve a tu poeta aquel día siguiéndome como la sombra al cuerpo. Y Dice: “habéis ocupado la fábrica” y “sois vanguardia valerosa” y, por último, “vuestro ánimo”. Menos mal que dice “nuestra conciencia de clase” Y “hemos...” Si no, quien te oiga recitar esa octavilla entenderá que su autor se enteró por Radio España Independiente de lo que pasó en la SEAT de Barcelona aquel 18 de Octubre de 1971.
C) No me vengas con refinamientos, que partimos las amistades. A mí los señores exquisitos... Lo que tienes que valorar es el valor que tiene el testimonio directo de esa octavilla, ¡olvídate de métrica y de...! ¡No te fastidia!, con lo que me sales tú ahora... ¡Como si hubiera otra forma de aprender a capar que no sea cortando cojones! ¡Tú fíjate en esos 7000 obreros!, enfrentándose al régimen, en la misma boca del lobo; ¡un régimen tan represivo! En pie de huelga y en la SEAT, ¡con tantos mandos militares adictos a Franco! Fíjate en quién se pone a la cabeza, dando la cara contra los jerarcas del verticalismo y la madre que los parió, ¡a ellos y a todo el Gobierno!
T) Camarada, por dos veces te he oído decir 7000 obreros. La octavilla no dice si tantos o cuántos Y ya antes te he dicho yo que a las ocho de la mañana -la del 18 de octubre de 1971- ¡los ocho de la terna ya nos habíamos transmutado en ocho mil! ¿No te gusta la cifra 8000? Rebájala a 6000 si 8000 te parecemos muchos. ¡Pero no vuelvas a pronunciar el número 7000 en presencia mía si no quieres que te racione la bota! ¡No te lo advierto más veces! Salvo que me digas que tú también estabas allí, ¡y que nos contaste de millar en millar! Los números no son tributarios del compadreo. Sí, camarada, como lo oyes y con todo el respeto que te tengo; y puedes mirarme otra vez con esos ojos que pones cuando te digo algo que te choca, que en vez de ojos parecen las gafas de un buzo.
C) ¡A mí que carajo me importan mil abajo, mil arriba! ¡Me estás cabreando, camarada! ¡Y más con tu terna de a ocho! Di mejor, si tanto te aficionan los toros, como una cuadrilla de forçados portugueses. O sea que 8000, sí pueden ser; porque lo dices tú; 6000, también pueden ser, porque tú lo dices ¡Pero no pueden ser 7000! Pues a ver si te enteras tú, y de una pijotera vez, que esa cifra la tengo yo leída en la HISTORIA DE ESPAÑA que te acabo de citar. Y supongo que un hombre como tú, ¡un tío como tú!, no ira a poner en tela de juicio la solvencia de un historiador de la talla de un Tuñón de Lara. Hombre, ¡por lo que más quieras...! Sacúdete de una vez el pelo de la dehesa y no me seas tan cachiporro.
T) Tú no te alarmes conmigo, camarada. Pero si crees en lo que me cuentas porque lo has leído, admite que es baldío porfiar con quienquiera que lo haya visto. Y no desprecies la magia que puede hacerse con ciertos nombres asociados a ciertos números manipulados por ciertas manos. En cualquier empresa o negocio, cualquier número emparejado a un nombre puede ser adoptado como instrumento de dominio. En la SEAT el número 7000, en principio aséptico santo y seña referente a jornada de lucha memorable, pronto se transmutó: fue adoptado, subrepticiamente, como mensajero de consigna irrefutable por alguien que no estaba legitimado -porque no trabajaba en la SEAT- pa dar consigna de ningún tipo. O como Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como (con presupuesto de todos). Así yo, sólo te diré que Sietemil y santo y seña y consigna irrefutable -todo en una sola pieza- llegó a ser divisa sindical de cierta tendencia de Comisiones Obreras en SEAT alentada por cierto perito en leyes, salido de nuestras filas.
C) Sé quién es perito ¿Pero qué consigna irrefutable era esa?
T) Explícitamente no estaba escrita. Implícitamente venía a decir esto: “¡El que manda, manda! ¡Y manda por designio de la clase obrera!” De identificar a la clase obrera con lo que se leía en el boletín el que lo escribía se encargaba. Señores así de ingeniosos no escasean.
C) ¿Y quién escribía aquel boletín?
T) A estas alturas prefiero ignorarlo. Me limito a decirte que a tiempo me puse a salvo de maniobras que no entendía, y del perito en leyes. Las reivindicaciones por las que porfiábamos otros y yo, por la cuenta que nos tenía, a la vista de todos poníamos que nos afectaban a todos. Su negación, algunos la estábamos sufriendo. Y todos los demás, menos los que cerraban los ojos, sabían que eran potenciales destinatarios de semejante negación: ¡la amnistía laboral! Pero imponer la tendencia sindical de que te hablo exigía convertirnos en forasteros de la SEAT a los despedidos de la SEAT que no teníamos padrinos políticos, ni queríamos tenerlos.
C) ¿Y no podíais combatir esa tendencia desde vuestra misma asamblea de la SEAT?
T) Combatirla sí, pero erradicarla no. A la asamblea acudían como mucho algunos cientos de currantes, mientras que el boletín llegaba a todo el personal de la plantilla. ¿A ti te propusieron alguna vez escribir en ese boletín? ¡A nosotros tampoco! De los no cualificados se acordaría su autor, digo yo, sólo pa repartir las hojas. Y del común de los despedidos, ¡como si ya no existiéramos! Así, hasta que desistieron de engalanar a cierto activista del Partido, por cierto muy honorable, con votos que eran patrimonio de Comisiones Obreras Pero desistieron no por honestidad, sino porque el interesado no quiso engalanarse con votos que eran del sindicato en su conjunto También porque las cosas mejoraron cuando la publicación del boletín pasó a manos de la Junta Sindical. Mira si mejorarían que a mí mismo me publicaron un escrito sobre los despedidos ¡Ah!, y también porque los despedidos empezamos a escribir nuestro boletín por nuestra cuenta y con las ayudas de los compañeros de dentro. De esas ayudas, ninguna más estimable que la acogida que daban a nuestros escritos. Aunque tampoco faltasen algunos, pocos pero relevantes, que nos pusieran cara de perro. Pero esos también cumplían vieja misión histórica, recordándonos el viejo dicho: “El que está harto no se acuerda del hambriento”
C) Camarada, yo habría hecho lo mismo que hicisteis los del Piquete. Pero investirse con votos que son patrimonio comunal no atenta contra principios comunistas.
T) Si se consulta con la comuna y ésta concede permiso, claro que no. Como si otro le regala a su compadre el drapeo de un senador romano. Mientras que a los austeros plebeyos no nos salgan sabañones por causa del frío originado por involuntaria desnudez... ¡Pero nada de consultarnos! Esos 7000 votos, ya sabes, se van imbricando como brácteas de piña piñonera...Y ya tienes ahí al adalid protegido con cota de malla. ¡Anda, ponte luego a porfiar con él descalzo y con traje de Adán! Eso suponiendo que no buscase reconvertir su sobreveste internacionalista en casaca nacionalista. Por fortuna arreciaron las voces del común lo bastante como pa que, ¡hombre!, nadie se llamase a engaño con votos testimoniales. Se los dimos la muchedumbre orientada por CC OO -de cuya organización unos y otros éramos parte- al margen de las formalidades exigibles a cualquier consulta electoral. Y eso por protegerlos de la marginación empresarial y la represión policíaca; procesados como estaban y con petición del fiscal que rondaba no sé si los diez años de cárcel. Procesados, lo sabrás tú, por activismo sindical clandestino. Y vestir al desnudo no quiere decir vestirle con ropa de lujo. Además, había más activistas. Y no tengo yo evidencia de que aquel activista diseñador de casacas, o lo que fuese, afrontara los riesgos de la militancia clandestina con más gallardía que cualquiera de los tres procesados; y eso por no hablarte de tu amigo el asturiano, Adriano Maseda Pérez.
C) ¡Casacas! ¿Debo entender que había más aspirantes a patricios?
T) No exactamente. El plural lo he usado mal. Sino que algún otro se hubiera apropiado de ellos, de haber podido, sin necesidad de concurso ajeno, aunque fuese incluso pa vestirse de carnaval todo el año. O sea que, aspirantes sí, pero sin asesor. Y cuantificando, cien votos arriba o abajo, siete mil votos testimoniales tuvieron aquellos tres procesados.
C) ¿Vas a negar representatividad tú a esos tres compañeros?
T) Camarada, ni yo ni tú somos quiénes pa negar ni conceder representatividad a nadie. Eso es cosa de las urnas. Y nosotros acataremos sus resultados si las normas electorales han sido las mismas pa todos los candidatos. Lo peregrino es lo anterior: prefijar en siete mil votos la representatividad de quienes, mientras no se demuestre lo contrario, pueden tener aptitudes para presidir un Consejo de Ministros. Como también cabe que algún otro titular del 7000 no valga ni para representar a los propios hijos. Nosotros, porque no disponíamos de medios. Si no, los hubiéramos puesto encabezando las candidaturas de todos los ramos de la producción industrial. Entonces estaríamos hablando de setenta mil o tropecientos mil votos por provincia pa cada uno. Si me apuras un poco, hasta los hubiéramos propuesto pa concejales de Casas Viejas. O pa la junta directiva del club de fútbol del Barcelona.
C) ¡Ya vale, camarada!
T) Sí, pero es que llegados a este punto, cabe hacer esta pregunta aunque pueda parecerte un trabalenguas: ¿quiénes son más importante: los que está en peligro de muerte por desafiar un peligro que amenaza a muchos, o los muchos o pocos que, sin reparar en peligro de muerte, acuden a salvar a quienes desafiaron aquel peligro que a muchos está amenazando? Si quieres decir libertad donde digo muerte, o estabilidad laboral, me da lo mismo. Y espero de tu sensatez y tu hombría de bien, que no te conformes con mi apreciación de aquellas circunstancias. Si puedes, sigue consultando a otros, y contrasta lo que te digamos todos con la letra impresa de que dispongas; y en los archivos de Comisiones Obreras repasa cuantos boletines y documentos veas a tu alcance. Pero miremos también adelante, camarada: No nos salga algún indigente con antojo de suntuoso manto de púrpura, como un Jenofonte redivivo al mando de los diez mil.¡¡Diez mil!! ¡Esa sí es cifra redonda! ¿Tú no esperas el advenimiento de don Diezmil? Yo... ¡Cualquiera sabe el cuadro o mural que don Diezmil pueda alojar en su pintoresca cabeza! ¿Lo ves? ¡Mira cómo miras cómo miro cómo te chisporretean los ojos ahora!
C) ¡Muy bien, camarada! No creo yo que don Diezmil, o don Farsante, te pueda quitar el sueño Pero dices que el primero de la terna de ocho eras tú. Me vale. Y más habiendo oído a Justo ¿Tendrás inconveniente en darme el nombre de los otros siete? ¿O te escuece que se los conozca?
T) ¡Ni harto de aguardiente te daré yo nombre de ninguno!, piensa de mí lo que quieras. Como no preguntes tú, empezando por Maseda y acabando por Marín, vas listo O al revés. O que yo vea que algún insolvente malandrín ha ensuciado tu libreta con embustes. Entonces... Lo que sí puedo decirte es que a Varo, a Vallejo y a Silvestre el Partido, con las mejores intenciones políticas, los jugó una mala pasada aquel día. Sabiendo, como yo sé, que eran hombres que nos daban ejemplo de entereza frente al peligro inherente a la militancia sindical clandestina. Pero como arriba en el Partido no daban dos perras gordas por aquella iniciativa nuestra, salida tan de abajo, pues -deduzco yo- que invocando la disciplina, sí no el prestigio del Partido, los disuadieron de entrar. O sea que si entraron, entrarían a escondidas: A escondidas de nosotros, quiero decirte, no del Partido. Pero no sé yo imaginarme ni a Vallejo ni a Silvestre, menos un día como aquel, jugando al escondite con sus compañeros.
C) ¡Qué desengaño! ¿No? Sería por que actuaran de portavoces exteriores de vuestra acción
T) Desengaño ninguno, camarada ¿Por qué? Acorde con tú observación... Pa ganar en guerra convencional, tan necesaria como es el soldado que lucha en primera línea es la campesina que amasa el pan que el soldado come; o el obrero que produce la munición que el dicho soldado gasta. Quienes estaban comprometidos en una lucha política como aquella, por estar en la retaguardia tal o cual día, a tal o cual hora, no por eso dejaban de correr riesgos. Los ocho por los que me preguntas, sí, éramos de confianza, pero no los únicos. Yo diría que ni los mejores, por lo menos en lo que a mí respecta. Mal nos irían las cosas si pudieran contarse los obreros u obreras prestos a enarbolar la bandera contra la injusticia. Además, como le dijo Solé Barberá al magistrado, en el juicio de los despedidos sin cargo sindical, señalando el carácter represivo de la empresa contra el derecho de huelga: <Como en una tómbola siniestra a estos a estos trabajadores se los reprime con el despido> O sea que dentro de los expedientes represivos, lo mismo que afuera de ellos, mansos y bravos nunca dejan de estar revueltos. Aparte que no somos inmutables, como las estatuas. Aunque no falte algún memo que se crea que nació así de bien modelado
C) Ya lo sé. Pero a Justo el de la Construcción... ¡Óyele!, camarada. No tengo que advertirte que también le gustan los luchadores con su nombre y apellidos. Y ya sabes lo que te quiero decir.
T) Y a mí igual, sean luchadores o no. Por eso somos amigos. Porque no nos gusta que a nadie se le roben o falseen sus señas de identidad. Y tampoco desdeño el cojonismo. Ni el tetudismo. Pero, con todos mis respetos y afecto pa el compañero Justo (Justo Redondo Cuadrado) -y esto que se quede en esta mesa- ¡el cojonismo es lo de menos! Lo que hace falta es tener razón. Buen y cabal compañero sí que es Redondo Cuadrado. Si le vuelves a ver, chócale la mano con fuerza de parte mía, que también le gustan a él los apretones de mano. Lo que no sé si es de Móstoles o de Gerona o Zaragoza o de Sagunto o Numancia. Le gusta ser de tantos sitios... Un día le acorralé por ver si soltaba prenda... ¡Bueno es él! “Yo, ¡hijo de mi padre y de mi madre!” Bueno, tú le invitas, de parte de los dos, a un zumo de grosella. Seguirá de electricista, con el subcontratista del contratista del destajista del prestamista. ¿Te ríes? A ése también deberías meterle en tu catálogo. Nos hubieras visto a los dos, codo a codo frente al jefe de obra y el facultativo. ¡Vaya par de pares!: él y yo, cantándolos las cuarenta al señor Mayor Coto y al señor Coto Mayor. Aparecieron por el tajo la víspera de Navidad, repartiendo calendarios de bolsillo con la estampa de Brígida Bardot o una parecida a ella. ¡Huy! Justo y yo que nos dimos cuenta... Nos miramos interrogativos durante cuatro segundos y cuarto y... “¡¡Maricón el último!!” Se bajó él de la escalera sin los alicates, y yo me bajé del andamio dejando mudo el martillo percutor, nos fuimos a ellos... ¡Nos íbamos a callar! Tú lo hubieras pasado bien, viéndonos hechos dos jabatos, la cara tiznada... ¡Y con más cojones entrambos que doña madame Pompadur y todas las francesas juntas!
C) Aplaza el pitorreo pa otro día, camarada. Veo que cuando se te va lo olla...
T) No, pero hablando en serio: el arrojo de unos pocos o unas pocas se queda en nada, si no cuentan con el respaldo razonado y entusiasta de la muchedumbre ¡Ese es el heroísmo que le abre el buen camino a la Historia! Lo demás es caricatura de tebeo. Tú sabes, mejor que yo, que eres más grande en todo, que el cojonismo por sí solo no puede ser el partero de una sociedad sin explotados ni explotadores. Lo mismo te digo de las mujeres tetudas. Si detrás de ellas no tienen a muchas de las del montón, prestas a ser pedestal de su afamada imagen, poco lejos llegarán sus voces, por muy tetudas que sean. Distinto es que la vanguardia dirigente sea selectiva, y escrupulosa, en lo que se refiere a la abnegación de los sujetos que la componen; pero nada de mirar por encima del hombro al compañero o compañera que se tiene al lado. De lo contrario el bravo, o la brava, habiendo empezado por ser su ángel de la guarda, acabarán por ponerlos de rodillas el día que convenga y la ocasión se presente. Y la reacción de timoratos o timoratas es fácil de prever: preferirán, antes que a omnipresente caciquillo, al caudillo que gobierna la nación aunque sea cien veces más déspota. Como le tienen diez mil, o cien mil veces, más lejos que al caciquillo...
C) Ahí aciertas. Yo tampoco quiero revoluciones en las que el pueblo no sea su primer protagonista. Así reza en nuestro himno: “Ni en dioses reyes ni tribunos/ está el supremo salvador/ Nosotros mismos realicemos/ el esfuerzo redentor” ¡Como tiene que ser! Pero no estoy de acuerdo contigo en que un Tuñón de Lara escamotee una pizca de la verdad, en lo que él pone luego su firma.
T) Sí, los entendidos le valoran como a un buen historiador. Yo, te digo más. Veo a ese hombre tan necesitado de mis alabanzas como yo de que otro me cuente mi vida. Pero estaremos de acuerdo en que los datos, y cifras, que hay que barajar pa escribir obras como la que citas, desbordan la atención del historiador más competente y exhaustivo. Si queremos una visión de conjunto coherente y no farragosa, tenemos que aceptar que eso se logra a expensas de la prolijidad y de las innumerables anécdotas que se omiten. Ahora bien, esa franja de imprecisión que media entre el historiador y los hechos que cuenta o describe, ¡cuidado!, no es tierra inhabitable esa. La puebla toda una fauna, entre oportunista y endémica, que prospera en nichos ecológicos degradados. ¡Como lo oyes! Y a esa fauna, camarada, no se la debe de quitar el ojo de encima. Hay que contar con ella. Yo no temo decir contigo: “Por muy censadas que estén en las granjas las aves de corral u otras especies estabuladas, censadas todas con idéntico rigor, no por ese se extinguirán de sus alrededores las garduñas ni los zorros ni sus especies afines” En el bien entendido de que el infinitivo censar nada tiene que ver con el infinitivo perseguir. Y tienes razón al defender el valor del testimonio directo; pero te desvías si me contradices con una octavilla sin tú saber, a ciencia cierta, quién la ha escrito. En cuanto a lo de el primero de la terna...
C) ¿Qué? Eres tú quien lo dice
T) Eso te lo digo porque al bicho había que recibirlo en el taller Uno, foco del movimiento huelguístico que sacudió a la SEAT y extramuros, aquel año de 1971.Y no porque yo quisiera aquella huelga, tan inmediata a las elecciones sindicales. No, antes intenté convencer a mis electores de que tuviesen paciencia, hasta poder responder al despotismo de la Empresa con la fuerza de toda la fábrica y no tan sólo con el cabreo de un taller. Pero mira, como los hechos me dieron la razón, me invistieron de la autoridad necesaria pa la ejecución de semejante lance a la hora y lugar en el que te he dicho: ése era yo, no otro, me gustara o me disgustara. Yo, ¡el vocal Jurado de Empresa del taller Uno elegido por los no cualificados del taller Uno! Y vista al frente, camarada: decir los no cualificados es lo mismo que decir –allí y entonces- la fuerza de choque contra el autoritarismo patronal. ¿Votos? Fueron 952 los que obtuve en aquellas elecciones sindicales, convocadas por la CNS y limitadas al cincuenta por ciento de las carpetas renovables. Datos que suelen estar escritos. Viene al caso, sí, aclararte que en aquellas elecciones (mayo-junio del 71 en la SEAT Z/F) obtuve más votos que cualquier otro de la candidatura de Comisiones Obreras; a efectos reales, la única concurrente.
C) ¿Estás seguro de esos votos?
T) Sí, pero me da lo mismo que fueran menos. No los tuve por mi encanto personal, que sé bien que los hay más encantadores, sino por el censo en el que se enmarcaba aquella normativa electoral, impuesta por el Gobierno. Hoy no me duelen prendas reconocer que era más democrático así: elección por talleres. No como defendíamos desde el Partido. Si en el organigrama estatal las autonomías regionales son más democráticas que el centralismo, lo mismo cabe decir a escalas más reducidas. Todavía conservo el boleto que firmé proponiendo la candidatura de Armando Varo González. Era verificador, también en el taller Uno. Pero como estaba vetado por el porrón de años cárcel que le pedía el Fiscal... Y lo mismo Silvestre y Vallejo. Vallejo creo que pasó más de una vez por la cárcel. Y batió la marca de permanencia en la comisaria. Tres semanas interrumpidas, me parece. A Silvestre le tuvieron quince días. Varo estuvo menos tiempo, unos días. Pero como estas cuentas nadie las sabe mejor que los propios interesados, a los mismos te remito si estás ávido de exactitud. Sabiendo que contra los tres tenían dictada las autoridades franquistas orden de busca y captura. ¿No?
C) Sí, y tengo yo gana de conocer a Carlos Vallejo en persona.
T) Camarada, me apresuro a decirte que José Carlos Vallejo Calderón no necesita batir marcas, ¡pero de ninguna clase!, pa ser un compañero íntegro y apreciado por quienes le conocemos de cerca. Del mismo modo que otro que presuma de plusmarquita, de esta hazaña o la otra, no significa que debas fiarte de él por mu cerca que se te ponga. Yo te he dicho marca, por mi manera de hablar. Pero ya que me manifiestas tu deseo por conocer a Vallejo, soy el primero en alabar tu gusto. Por lo pronto te adelanto que quizás, y sin quizás, sea él el único militante de la SEAT capaz de reunir, en torno a su persona, a unas cuantas decenas de gente de la vieja guardia. Porque sí, hace muchos años que nos conocemos muchos de tantas manifestaciones, tantas huelgas y marchas, y tantas y tantas asambleas. Pero con tanto discutir unos con otros, a veces sólo nos ha faltado poner a votación qué puño deba levantarse cantando la Internacional, si el derecho o el izquierdo. Y eso deja su huella en el recuerdo colectivo.
C) Camarada, mira que llegas a ser mordaz. No me extraña que haya algunos que te rehuyan. Pero a ver: ya que tienes memoria bastante fiable: ¿te acuerdas del mitin que disteis a los compañeros del taller Uno pa arrancarlos a la lucha aquel 18 de octubre?
T) ¿Mitin? Lo siento mucho, camarada. Por ti, no por mí. Aunque tampoco por ti. ¡Vaya cosa! No era hora de discursos altisonantes ni mítines pa la posteridad, y todavía menos pa un momento como aquél. No, camarada. Ni era yo de los más mitineros. Más me gustaba dirigirme a Santiago, a Marcos, a Jaime, a Lucas, a Juan, a Bernabé... Al maño de Calatayud que compra sellos, al gallego de las patillas que vende sayos pa la Semana Santa, a Chencho el hijo de Toro, al manchego de pantalones con tirantes, al santanderino de la gabardina sin mangas, al Catalán de la Barceloneta que sabe cantar saetas en esperanto, a Joselito el de Talavera de la Reina, a Tomás el paisano de los yangüeses, a mi paisano de Laj Hurdej el domador de lagartos, al cuñado del hermano que está casado con una hija de La Hija de Díos pueblo de Salamanca, al bejarano de la torre en Vallirana, a Valentín el de Garganta la Olla, a Perico Pericojonudo, a Rufo el de los cupones de la ONCE, al murciano de Águilas que regalaba plumas los muchachos que compran cromos en la papelería de su mujer, a Cano el de Mula el que sirvió de acemilero en el 71 de Artillería en frente a Carros de Combate, a los cuatro hermanos de la provincia de Toledo, a Galán el de los galgos que corren desnudos en el Canódromo, al de Triana que a veces acompaña al de la cabra y el tambor, al carretillero que me regalaba piedras de mechero en secreto, a Pascual de la Zona Franca y su colega el pinche Domingo Sorrosal que detuvo la policía, a Miralles el suministrador de la pesca submarina, a Aguilera el verificador amigo de Unamuno, a Benedicto nacido y criado en Cabra de Santo Cristo, al Madriles de las quinielas y la piel de oso, al cofrade de la Dama de Elche, a Mateo el predicador de los ateos, al putero de Dos Hermanas que vive con tres hermanas, a Domingo el que va a misa cada domingo, al Burgalés que colecciona discos de Pastora Imperio Argentina, a Pepito el de la peña taurina, al paisano de Chamaco...
C) ¡Corta...! ¡¡Corta ya de una puta vez, rehostias!! ¡Que te expones a cabrearrme como divagues sobre tantas vaguedades!
T) No, es que con elegantes discursos de sesudos padrecitos hubiéramos fracasado. ¿Qué discurso los podía conmover más que vernos allí, desafiando a la autoridad y a la ley y a nuestro propio miedo? .Decir a los compañeros la Ocupación es por el bien de todos era lo mínimo y lo máximo que cabía decirlos; pero no bastaba eso pa echar a rodar la bola humana teñida de añil del taller Uno al taller Dos. Que esperaran, por rumores mas o menos elocuentes, que aquel día llegaría, tampoco hacía más halagüeña la decisión que los pedíamos. Sabían, tan bien como nosotros, que los caminos que conducen al infierno suelen estar alfombrados de las mejores intenciones. Bien sabían que se la jugaban enfrentándose al reglamento de régimen interior de la Empresa. Que ellos y nosotros pudiéramos vencer aquel miedo, casi roza el delirio, camarada. Es verdad que contábamos entre ellos con una fiable fuerza de choque: los compañeros de la 120 y la 122. Eran éstos los afectados inmediatos por el despotismo empresarial, en su empeño por imponer el turno de la noche ignorando sus objeciones a través de sus representantes.
C) ¿Y gente del Partido?
T) Del taller Uno yo conocía a Carbó. Un verificador catalán, mu buena persona: Jorge Carbó Tuset. Si me apuras un poco, era nuestro maestro de política general en el grupo de colectores. Había trabajado por ahí por Europa algún tiempo y entendía bien la política. La de aquí la seguía con tanto interés como puedas poner tú, o yo, en la lectura de la novela Los campos roturados, la del ruso ése... Miguel... No, ¡qué coño Strogof! ¡Mijail! Mijail Solojov. Sí, no, es que también me prestó la biografía de Yuri Gagarín Pero me parece que a mí me fichó como discípulo de confianza después de que leí La madre, que también me la prestó él. Le chocó que la madre de Pavel me impresionara, tan favorablemente, cuando le dije que reñía a un camarada por su mala costumbre de apagar el cigarro en la tierra de las macetas, sin pensar en el daño que el fuego causaba a las raíces de la mata. Un día se rió de mí, pero como un buen camarada se pueda reír de un buen camarada suyo. No me acuerdo pa medir qué, le saqué yo del bolsillo un micrómetro que llevaba la vista. Y cuando se lo devolví, me soltó, riéndose y mirándome como a un zombi de feria: ¿Y tú sabiendo manejar el palmer trabajas de especialista? Me encogí de hombros. Luego había un preparador en elementos de aluminio, tocando a culatas y colectores, un tal.... Tú fíjate. Cuando yo empecé a trabajar en la SEAT- septiembre del 64- ya estaba él allí. Me enteré estando ya despedido, que el responsable del Partido era ése. Conque mira qué comunicativo sería con los compañeros. Lo que no sé es si era el máximo responsable de la factoría o si sólo del taller Uno. Eso quien te lo podrá aclarar es Silvestre
C) Resumiendo, que el Partido como tal, prácticamente no existía.
T) La gente del Partido empezaba a fraguar entonces. Y aparte la fuerza de choque que te digo, había quien de entre nosotros podíamos convencerlos a lo bruto, acercándolos palmo a palmo la raya divisoria entre taller Uno y Dos. Convencerlos a lo bruto era que, con tanta convicción como respeto, empujar físicamente a los compañeros que nos lo consentían. La clave de nuestra acción victoriosa era esa, y los hechos lo confirmaron. Ya que cruzaron masivamente aquella raya, se convirtieron en una legión de titanes que se llevó por delante a la masa humana de todos los talleres, uno detrás de otro ¡Hasta la explanada! Si la Policía hubiera llegado antes de las ocho, ¡no quiero ni pensarlo! Sabíamos que nuestra fuerza tenía hora de caducidad. Había que cruzar la raya que te digo antes de que aparecieran los grises.
C) Suerte tuvisteis de que ni unos ni otros os tomaran en serio
T) Pero por encima de nuestra terquedad hay que destacar el alto sentido que nuestros compañeros demostraron tener de lo que es el compañerismo. Lo que ellos arriesgaban, sí salía mal, se podía calcular en libras; y en onzas las ventajas, si salía bien. Porque hay que decirlo, en aras de la verdad. Puesto a la vista el despotismo que ocasionó aquel conflicto laboral, las condiciones de trabajo en la SEAT- en relación con lo que se cobraba- eran de las más respetables a lo largo y a lo ancho de toda la geografía hispana. Compara si no, con la mediana y pequeña empresa -sin organización obrera propia y en donde el amo, el encargado general y el sindicalista podía ser la misma persona, coherentes con el verticalismo-. O sea que arriesgaron masivamente un buen puesto de trabajo, ¡por no dejarnos solos! Ese es, camarada, el legado imperecedero que nos queda de la Ocupacíón de la factoría SEAT (Z/F): ¡el compañerismo! Cientos, ¡miles de hombres!, plantando cara a la Dictadura ¿Cómo? ¡¡Echando a cara o cruz su pan de cada día por no ver en la cárcel, o en sitio peor, a ocho compañeros leales a los derechos de todos!! ¡Eso vale pa mí tanto como el letal topetazo que dimos al ombligo verticalista de la CNS! Sin que desprecie que el plus de nocturnidad pasara luego del veinte al cuarenta por ciento, junto con otras pequeñas atenciones en modo alguno desdeñables.
C) Lo mismo te digo, camarada. Lo que sí fue genial fue lo del cohete. Me gustaría saber quién discurrió lanzarlo. Hasta que le oyeran detonar, ¡vaya rato que pasarían los altos dirigentes del Partido que esperaban vuestra señal!
T) ¡El cohete! ¡Y la guerra de Miguel Gila!! Ya veo que mientas al cohete con segundas. No te veo yo a ti cara de ufólogo ni de cazador de psicofonías. Pero como sospecho que estás harto de su petardeo y prevés que su propietario te seguirá atronando las sienes, antes que ose atronarte con cañones eólicos te voy a dar una lista de nombres con el fin de que puedas tener a raya a ese forofo de la pólvora y la compresión (del aire). Anota: Pedro Puyo de Córdoba, despedido de la 110 en 1971; Joaquín García Rodriguez, despedido de la 120 1971; Faustino García Maestre, despedido del taller Ocho en 1969; Rufino Vas Pulido, despedido del taller de Fundición en 1969; Alfonso Olivares Soler, electrónico del taller Siete despedido en 1971; Pedro López Provencio, maestro industrial en el taller Siete despedido en 1971 Y son siete y conmigo ocho. También puedes preguntarle a ese perillán dónde se metió la lengua cuado estábamos en la explanada, a la sombra del helicóptero. Porque fue allí donde volvimos a defender nuestra plataforma de los siete puntos; y allí donde dijimos con palabras claras a la asamblea, antes de que cargara la policía, a lo que habíamos entrado. “Aquí estamos por la readmisión de los despedidos de todas las épocas; por que se anule la amenaza de cárcel contra Silvestre, Varo y Vallejo; por la libertad de todos los presos políticos; por todas nuestras reivindicaciones; por la libertad sindical y política, y por la libertad de prensa”
C) Camarada, sé bien con quién estoy hablando. Pero tú también sabrás que hubo tíos que se la jugaron saltando la verja pa poder escaparse. ¿O no?
T) La verja aquel día se la saltaron muchos con impecable dignidad proletaria. Hubo otros -que quizá se los pueda contar con las patas de un galgo y aún sobre un par de patas- que se la saltaron pa poder alardear de haber saltado la verja. Puede que eso se más elegante que resistir frente a la policía hasta el último minuto. Porque resistir hasta el último minuto obliga a desplegar bandera blanca. De esa prosaica ordinariez se libraron, es cierto, los insignes saltarines. Y de pactar la rendición, sin nada en las manos, rodeados de policías empuñando las pistolas, también se libraron los tales, ¡abanderados ellos de la suprema elegancia y bizarría! Además, se aseguraban así poder dar testimonio de lo que habían visto. Porque entonces como en la actualidad, los policías eran policías y los guardias civiles eran guardias civiles, y no verdugos ni asesinos. Pero las órdenes que recibían no eran las mismas de ahora. Y se perdían con frecuencia balas que solía encontrarse el obrero con el que estuvieran hablando. Algo así le pasó a Patiño un mes antes. Y aunque todos lo sabíamos, no todos teníamos la misma ligereza de pies. De semejante limitación ya se quejaba Cervantes. Y bueno, aquel día hubo de todo. Yo conozco a uno que saltó la verja con memorable magisterio frente a los saltarines de pro. Es un trotsko al que tú conoces: ése la saltó pa entrar, no pa escaparse. Me callo su nombre. No fuera a parecer -en tu libreta- que le miento por convocarla a que coro conmigo.
C) Se puede hablar más alto pero no más claro, camarada
T) Sí, y la próxima vez que se te arrime el del cohete pa pedirte el mechero con pretexto de encender la mecha, ya lo sabes a quiénes debes remitirle. Y si en vez de mandarle tomar por saco le mandas a tomar la bastilla, o el palacio de invierno que está más lejos, ¡mejor pa ti! ¿O te gustaría ver a Moctezuma guiando un carro como el de la Cibeles? ¿Dispones de la regla de Teofrasto el discípulo de Aristóteles? Por si acaso no, te la regalo ahora mismo: “No te librarás del charlatán mientras te muestres paciente con él” No vaciles en aplicarla, camarada, si no quieres exponerte a que te cuenten alguna película de romanos, del tiempo de Mario y Sila, en la que el caballo del pretor aparezca dotado de estribos, los velites armados de arcabuces, y otros detalles no menos antológicos. Aunque armado de paciencia, en película de romanos el humo de la pólvora puede tener alguna chispa de gracia
C) ¡Gracias por la regla, camarada! Pero... ¿Por qué algunos de vosotros, y no todos, podíais convencer a lo bruto, como tú dices, a los compañeros del taller Uno?
T) Porque aplastada la huelga de junio del taller Uno -la huelga espontánea contra la imposición del turno de noche- los despedidos del taller Uno nos ganamos la confianza y respeto de los huelguistas en condiciones harto selectivas. Ante el despliegue coercitivo por parte de la Empresa mediante cartas a domicilio, expedientes de despidos, la prensa del Movimiento, sigue y suma, los compañeros del taller Uno fueron obligados a reincorporarse al trabajo en un ambiente entre policiaco y militarista: una hilera de obreros cabizbajos flanqueada de policías en formación intimidatoria... Una hilera en fila de a dos y que, aunque te parezca que exagero, se parecía demasiado a las hileras que se forman con los prisioneros de guerra. Era que, bajo excusa de férreo control burocrático o administrativo, se buscaba la humillación aleccionadora. A los del turno A en vez de darlos paso a su hora –muy antes del amanecer-, no: esperaron hasta después del turno normal ¿Poniendo al sol por testigo de su derrota? Te lo podrán confirmar, aparte los protagonistas de la dicha reincorporación, gente como mi paisano Mojonero, Pablo García García, Javier Villacorta, García Uzqueda, José Carrizosa Paniagua, Pedro Puyo de Córdoba, Joaquín García Rodriguez...
C) ¿Y si hablo con Salas o el Muñoz del MC, o con Nomdedeu de la UGT?
T) ¡Mira qué bien! Si tienes modo de verlos... O sea que de los ocho que conformábamos la terna, tres pertenecíamos al taller Uno. Y los tres éramos del grupo de los no cualificados conque, ¡ojo al parche camarada! Y estábamos los tres allí, arengándolos, dándolos ánimos: “¡Compañeros, la cabeza alta! ¡Somos trabajadores, no somos delincuentes!” “¡Ánimo, compañeros! ¡Esto es el principio, no el final” “¡Venga, compañeros! ¡Tenemos que pasar juntos estas Vacaciones!” Era esa la forma más justa de liberarlos de injusto sentimiento de culpabilidad. Pa alentar ese nefasto y paralizante sentimiento estaban los voceros de la Empresa, y algún palurdo de los nuestros. Bien percibíamos nosotros lo duro que es, pa gente de la nuestra, ver cómo castigan al compañero de lucha y no poder evitarlo. También los desolaba ser vencidos en una huelga que, en asamblea de taller, yo, el representante que ellos habían elegido, no aprobé y desaconsejé. Pero no pases por alto esto: los arengábamos recorriendo la hilera con los sociales detrás de nosotros literalmente, por no decirte pisándonos los talones. Bueno, ahí quedó eso, también. ¡Ah!, y convencerlos a lo bruto, ponte la mano en el corazón: si eres un obrero normal, no consentirás que te empuje nadie que no sea tan de abajo como tú; y que además, tú conozcas a ése y le tengas mucho respeto y confianza y la inversa. Sin esos requisitos, en circunstancias tan erizadas de incertidumbre, ¡cuenta con que se te revolverán! Pues esos requisitos los reuníamos los tres del Taller Uno que te he dicho y, por asimilación, los restantes componentes de la terna pertenecientes al grupo de los no cualificados.
C) Sí, y además de las categorías laborales, está la cara de quien pide confianza y aconseja. ¿No?
T) Bien dicho. Aparte eso, o junto a eso, eran los del taller Uno los que veían un rorro, nacido el día de san Ignacio de Loyola (31 de julio de 1971 y al que pusimos de nombre Ignacio), aproximadamente permutable por el hermano tuyo del carricoche. Y Bueno. Quien dice portagayola, dice los tres pares de banderillas ¡Y estocada hasta los gavilanes! Pero eso por virtud de la cantidad: ocho pueden ocho veces más que uno. Y si lo que has leído concuerda con lo que te digo, lo uno y lo otro concuerda con lo que puedes leer al respecto en el fascículo extra, (el 13) de la HISTORIA DE ESPAÑA que publicó la editorial HISTORIA 16 en el trabajo firmado por un historiador Juan Pablo Fusi. Luego, volviendo a la calidad de la poesía, tú mismo lo has dicho: una octavilla escrita en verso. Conozco a su autor.
C) Y a lo mejor yo también. ¿Y qué quieres decir con eso?
T) Que ése entiende de métrica tanto como tú de vasos litúrgicos. No es que yo esté pa dar lecciones. Es que no quiero que le veas a hombros de un anarquista como Redondo Cuadrado, ni de otro compañero que se merezca en estima. No, camarada. A hombres como nosotros nos está bien coger a hombros, sin desdoro de nuestra honra, a los diestros y banderilleros de las plazas de toros, aunque sean de tercera, ¡pero plazas de toros de las de verdad! Y si es banderillera... ¡Olé tres pares de gemelos! Ése discurrió la poesía mientras nos poníamos a salvo de la encerrona que nos tendieron los grises de a caballo –supongo que con licencia del señor director de la Factoría (don Luis Ramirez Arroyo) escoltado por ellos-. Y es que, por mucha ascendencia que se tenga entre los compañeros, cuando éstos incluyen en su arsenal algún troncho de manzana, ¡figúrate!, qué ojos pondrán si ven que el bien pertrechado enemigo suelta a volar de paloma. Hasta que descubran que la tal paloma es un gavilán disfrazado de ternura, pocos serán los que no bajen la guardia. Y aquí hay muchos incautos que se sienten halagados oyendo a ciertos parlanchines magnificar la belicosidad de los obreros, exagerándola. ¿Se puede dar mejor excusa a la dureza policial disolviendo a la pacífica muchedumbre? Sí, nos ofreció diálogo el dire in situ..., rodeado del pelotón de a caballo. El sitio no era otro que en medio de la calle de entre el taller Uno y el Cuatro. ¿Sabes imaginarte centauros de dos pies? ¿Puedes imaginarte bestias armadas a caballo persiguiendo centauros bípedos?
C) Ahí también das en el clavo, camarada. De la noche a la mañana, un obrero no se transforma en combatiente eficaz., ni una masa obrera se comporta como una fuerza guerrillera ni en nada que lo parezca ni de lejos ¡Eso te lo digo yo! Y a algún camarada he tenido que decirle que no hubo más táctica ni estrategia que la amplitud de la factoría, y la poca experiencia de los grises asaltando fábricas ocupadas por los obreros Otra cosa es la furia del explotado. Pero esa hay que templarla con arte, con medios apropiados, y en un período de tiempo. Lo demás es improvisación y tumulto, y... Y fantasmas. Y está bien que me lo puntualices. Si no, acabaremos por creer que los que se revelan contra los atropellos son los culpables de que se los mate Y ahora, perdona que te corte: ¿qué os pasó, antes de entrar, con la peluca de López Provencio?
T) ¿La peluca de López Provencio? Camarada, ni nuestra lucidez ni nuestra común devoción por la estrella de cinco puntas no nos autoriza a revolver, en aprisco comunal, a las churras con las merinas. Lo que le pasó a López Provencio podía habernos pasado a cualquiera de la terna. No te creas que las mis tripas estaban mucho más católicas que las suyas, en aquel momento crucial. Se le habría ido la mano con su ración de adrenalina. Lo comprendo. Las turmas de adrenalina macho deben ser gollería que mejore a las sopas canas. Encima algún guasón, con algo de mala sombra, corrió la voz de que el toro que nos aguardaba se llamaba Tetramorfo. Con un nombre así... ¡Milagro fue, que llegada la hora de la verdad los ocho ternarios no nos llamáramos andana! El mérito de López Provencio lo veo yo en que -después de su accidente- mantuviera su compromiso. Sabiendo él que no le necesitábamos. Lo de la peluca fue días después; y no a temprana hora ni en la Zona Franca.
C) ¡Qué dices! ¿Ése no entró con la peluca?
Que te digo que no, ¡cásputa! Lo de la peluca fue días después en la barcelonesa calle Pelayo, y a una hora tan pequeñoburguesa como las tres de la tarde. Porque los días siguientes inmediatos a la Ocupación teníamos nuestras cautelas. Yo mismo, pernoctaba lejos de mi domicilio, allá en Moncada Bifurcación, en casa de mi hermano Santos, también de Comisiones Obreras. Pero como tampoco era ejemplar eso de pasar el día en tal o cual escondrijo, pues deambulábamos bastante. Cuando no, descansábamos en el coche de alguno que lo tuviera. En el utilitario de López Provencio recuerdo haber plantado cara al miedo a los sociales cantando la Internacional. A coro, por supuesto, con el dueño de la casa. Acordamos, pues, Joaquín y yo, y luego con el interesado -Pedro López Provencio- que convenía disimular su conspicua cabellera, hirsuta como pocas, y no tanto por naturaleza sino por su corte de pelo, de casto seminarista.
C) ¿Ése tenía estudios?
T) ¡Encima eso! Creo que había cursado maestría industrial, ¡y sabe Dios cuantísimas otras cosas! O la cantidad de libros que se habría metido en la cabeza. Mira tú, en aquellas elecciones sindicales salió elegido Jurado de Empresa por el colegio de técnicos y administrativos, si mal no recuerdo. ¡Jo!, y si se ponía a hablar de leyes... O si la emprendía con reivindicaciones de operaciones transaccionadas paccionadas con equis parámetros... ¡Qué labia! De haber caído en manos de los sociales, ¡huy!, un talentazo así no se hubiese librado de sambenito tan novelesco como cerebro de la organización. Acorde con el lenguaje del periódico La vanguardia...En La vanguardia leímos lo de un comando activista... (Cuyo comando, financiado con el oro de Moscú y cumpliendo órdenes dictadas desde el Kremlin habría...) Pero no se puso la peluca por iniciativa suya, sino por la nuestra, eso que te quede claro. Creímos, y yo sigo creyendo, no ser baldía nuestra prevención. Subimos a la tienda los tres, allá donde Almacenes El Águila y, ¡formidable! Tapados aquellos pelos de erizo por medio del artificio apropiado, le vimos más protegido. Ya así quedó menos visible a las miradas de sociales o soplones, que no eran ninguna broma.
C) ¿Y tú crees que le sirvió de algo?
T) Creo que es imposible evaluar los daños que la previsión evita. En mi humilde opinión, no le prestó a Carrillo su estatal peluca mejor servicio que el que prestó a López Provencio la suya. Si confía en que no volverá a hacerle falta, se habrá deshecho de ella. Se la compramos Joaquín y yo (con fondos de Comisiones Obreras) Y me atrevo a suponer que la bautizó con el nombre de Adrenalina. Siendo él de por allí... Digo yo que por allá por Sierra Espuña habrá... Tiene que haber por allí, entre las jinetas, bichos con ese nombre. Si paren las adrenalinas lechones peludos y redondeados, y negros como el betún... De Zamora es el tal Joaquín García Rodriguez. Trabajaba en la sección 120. Yo pa mi capote le llamaba, y le sigo llamando, el chozno de Viriato. Tampoco se merece menos. Emigró después a Suecia, y me escribió, contándome que se había aclimatado bien; pero se me traspapeló carta y no pude responderle, al perder su dirección. Ése no se quedaba atrás de Alfonso Olivares Soler. Y tenías que haber visto a Olivares aquel 24 de octubre de 1970. Nos formamos en manifestación los del turno de la mañana contra las penas de muerte, y un pobre carabinero, armado de subfusil, queriendo cortar nuestro avance. El infeliz hecho un maldito energúmeno... Y pa aplacarle los nervios, mira con qué calmante le asistió Olivares: se desabrochó la camisa con rabia y ofreciéndole el pecho desnudo, le dijo maldijo así: “¡¡Dispara de una puta vez si tienes cojones!!” Y el día de San Lucas, lo nunca visto en cuarenta años de dictadura franquista. Fueron Olivares y Joaquín quienes exigieron, desde nuestra tribuna, que se identificara el de la secreta -el que acompañaba al comandante de la Guardia Civil-. “Usted, ¿quién es?” “¡¡Identifíquese!!” Y lo cojonudo fue que se identificó: “Soy el inspector Creix” ¡Mira que alhaja! Eso ya reagrupados en la 110 tras el asalto policial que sufrimos en la explanada, entre el taller Uno y las oficinas centrales. No sé de qué pueblo de Zamora es Joaquín ni de qué pueblo de Murcia Alfonso. Lo siento.
C) ¿Peor que Tetramorfo Creix? ¡Anda que tú también! Tenías que haber sido cura. Con lo que te gusta bautizar... ¡Tetramorfo!
T) Si tú quieres, llámalo 103. O Leguleyo. El número es el del famoso artículo que servía a la CNS, con la legislación laboral por delante, pa darnos la razón como a los borrachos. Nuestro gran abanderado contra el 103 -por la vía legal- fue José Marín Martinez, el Vocal Jurado del taller Dos. Lo que tampoco le libró de pasar por la comisaria de la Vía Leyetana, si la memoria me es tan fiel como yo la quiero.
C) ¿Pero qué era el 103, realmente?
T) Realmente, ¡una farsa! Tras el despido por reclamar derechos obreros se acudía al abogado laboralista. Como nuestros abogados laboralistas aborrecían la injusticia tanto como nosotros, todo lo bueno que tenían como profesionales, lo ponían en juego. Entonces la Magistratura de Trabajo declaraba despido improcedente – la mayor parte de las veces-. Pero por la magia del 103 más dos perras gordas, por mucha razón que la sentencia te diera, ¡a la calle y a callar!
C) Aparte que la Empresa también llevaría al abogado suyo. Y el de la SEAT no sería de los más tontos. Una empresa con tanto poder...
T) Yo diría que aquel señor, por saber tanto, hasta se pasó de listo. Fue el abogado de la empresa el que de verdad nos apoderó pa lidiar al toro de San Lucas: ¡el señor Ultrastuto! Verás: una mañana de junio, nos presentamos en la Principal, allá la Zona Franca, unos cuantos despedidos pidiendo permiso pa entrar al local del Jurado de Empresa. Íbamos Dueñas, Celestino García Jambrina, Pablo García García, Ignacio Ventura Rami... Ventura salió enlace sindical por los no cualificados del taller Uno. Bueno, pues qué bien. A cambio de dejarle nuestro carné de empresa al vigilante, exigencia impuesta por el señor Ultrastuto, pasamos adentro, y hablamos con quienes queríamos hablar. Al salir: ¿Has oído hablar del maestro armero? A ese señor maestro nos mandó don Ultrastuto, el ilustre abogado de la Empresa, a reclamarle nuestro carné de obreros de la empresa SEAT. Y sí, resolvimos algunos reclamar aquella nuestra seña de identidad, pero no al tal maestro. Nada de medianías: ¡a su majestad el pueblo! A la porción de pueblo que nos había votado pa representarlo ante la Empresa.
C) ¿López Provencio no figuraba en la comitiva aquella?
T) Muchos años median entre aquella mañana y ésta, pero yo diría que no. Ni tengo por más relevante su ausencia que la presencia mía. Porque la faena que nos hizo Ultrastuto nos la hizo a todos los que nos tomamos en serio las burlas a la palabra empeñada.
C) O sea que te duelan prendas reconocer que subió a mucha altura López Provencio, llegado el día 18 de octubre ¿Y Villacorta?
T) ¿Javi? De Palencia. Era el jefe de la S. S. de CC OO-SEAT Z/F cuando la lucha por la Readmisión. En las huelgas anteriores creo que también cayó preso. Hasta me parece que le encausaron por sedición militar. Eso, en el sindicato podrán aclarártelo. Y López Provencio... Sí, después de la Ocupación se elevó a alturas aquilinas. Pero como él no es un águila, pues no tiene vista de águila. De cajón: y desde esa altura todo se verá borroso. A la fuerza: fachas, fechas, fichas, fochas...Y no digamos un recién nacido. Lo poco que se distinga se verá tan deformado, que no habrá luego dios que reconozca esos hallazgos visuales. ¡Mas bizarro estaría Pedro López Provencio alineado en pedestre fila de a ocho! Alineado y marcando el paso al compás de los otros siete -en primera o última fila, o en la que toque-. Tú no mires pa arriba. Tú mira pa abajo si quieres bucear en aquella jornada. O pregúntale a David Dueñas Fernández, enlace sindical entonces por los no cualificados en el taller Siete. O a Rufino. O a mi tocayo. García Maestre. Ellos también pueden informarte de aquel 18 de Octubre. A esos tampoco se precipitarán desde las alturas del monumento autoportátil...
C) ¿Monumento autoportátil? ¿Qué invento es ése, camarada? ¡Explícate! Pero cuídate, ¡muy mucho!, de obligarme a exigirte concisión.
T) ¡Sí hombre! Los castillos humanos que se forman en las ciudades y pueblos de Cataluña. Jamás he visto cartel político, ni leído un artículo que exprese mejor que esos castillos el asombroso potencial de energía que dormita en el seno de la plebe comunitaria, puesta una o porción de plebe remontar alturas. Digo alturas por encima de la chata ordinariez impuesta por inane y grosero individualismo. Y veo incluido en ese potencial su mecanismo de defensa ¿Te imaginas al nano que trepa hasta arriba? Figúrate que al verse tan en pinganitos se cree que ha descendido del cielo y abomina de la vil materia. Entre creerse esa lisonja y convertirse en niñato libertino median biznas de güevos ¿O no? Ahora bien: si le da por sacarse la picha y ponerse a mear a los de abajo, no le arriendo las ganancias. Como los de abajo quieran escarmentarle, no quiero ni pensar en el batacazo que se pegará el hipotético niñato. Pasa que hay verdades tan obvias que, de puro obvias, o nos las vemos o se nos antojan arcanos indescifrables.
C) Contigo, alucino, ¡camarada! Pero llama a ese castillo monumento a la buena fe de los pueblos. Aparte: ¿Isabel López? ¿El Suizo?
T) ¡La Isabel! Nuestra compañera Isabel, y otras compañeras cuyos nombres desconozco, hicieron posible que se alargara en muchas horas la Ocupación. A ella la cogió la marimorena dentro, como iba al turno de por la mañana. Y como era mujer, y valerosa y de admirable entereza, su presencia en nuestras filas fue más persuasiva pa muchos compañeros de turno que cualquiera de los que integrábamos la terna. Con el tiempo llegó a ser nuestra jefa sindical en Comisiones Obreras de SEAT. Por elección democrática, se sobreentiende. Ya antes había sufrido también represión policial y quizás hasta carcelaria. Y... ¿El Suizo, dices? Sé de uno, pinturero como la sota de espadas, que una víspera de San Lucas partió a Suiza; no sé si a poner una corona de flores en la tumba de Guillermo Tell. Si te refieres a ése... Buen expediente pa docilitar las tripas son coronas como aquella. Siempre ha habido tíos así de elegantes. Tan elegante éste que, gratuitamente, se dejó su honorabilidad en la asamblea de Valvidriera: la asamblea en la que nueve asambleístas habíamos adquirido compromiso con el 18 de octubre (1971).
C) ¡El diablo que te menea! Mira que llegas a ser prudente y cáustico ¿Carrizosa?
T) Carrizosa Paniagua es paisano mío. De Azuaga, provincia de Badajoz. Se encargó, año y pico después, de gestionar la 25 000 peseteas de fianza que me puso el Tribunal de Orden Público por lo de Griferías GINCAR, aparte el embargo del piso. Las sacó del fondo de Comisiones Obreras de SEAT. A cuyo fondo volvieron, al cabo de un año. Por entonces era él el en la SS el secretario de finanzas. Me sacó absuelto mi abogado: Alberto Fina Sanglas, por si no lo sabes.
C) ¿Faustino García Maestre?
T) ¡Ah, mi tocayo! Ése es veterano entre los veteranos. El día de la terna también revalidó, entre nosotros, el aprecio en que le teníamos. Es cordobés ¡De la terna! A él le despidieron tras las luchas del Convenio de 1969. Le conocí en colectores. Pasó por allí recogiendo firmas pa dar apoyo a la plataforma del Convenio, si mal no recuerdo. El trabajaba en el taller Ocho. Lo que sí recuerdo bien es que, con su ejemplo, me recordó lo que yo tantas veces había decir a mi padre: “La cabeza vale pa algo más que pa llevar la gorra o pa lucir el pelo”. Una frase suya con la que se distanciaba de quienes aborrecen la perniciosa manía de pensar. En lenguaje evangélico te la puedo formular así: “¡No sólo de pan vive el hombre!” Y sostenido con saludable mala leche anarcomunista, vale tanto como esto: “Si no quieres que te traten como a un asno, guarda a todos los équidos las naturales distancias” ¿O no?
C) ¡Fetén, camarada! No sabía yo que tuvieses tanta escuela. Pero me lo golía ¿Qué pueblo has dicho el de Carrizosa?
T) ¡Azuaga! Provincia de Badajoz, partido judicial de Llerena.
C) ¡¡Por las hijas de Trajano, camarada!! ¿De qué pueblo me dices que es José Carrizosa Paniagua?
T) ¡De Azuaga te he dicho! ¡Recásputa! La antiqüísima Arsa, según dicen los estudiosos. O si quieres, trampolín desde el que Viriato saltó a la galaxia de la inmortalidad. ¿Quieres que te dé el nombre de los malditos que le dieron el pasaporte?
C) Me sobran ¿Conoces a Puyo? Y Manuel Mojonero Martinez y Luis Zamoro ¿Te suenan? Morales, Peris, la Maite, la Nuri, la Chelo, Minguillón...
T) Pedro Puyo, cordobés, un compañero tan cabal como el que más. Su hermano vive en mi mismo bloque. Trabajaba en culatas. Los otros son extremeños, Mojonero Martinez es de Ceclavín. Mi paisano Zamoro me condecoró, a título personal, con una bellota de acero galvanizado torneada en la SEAT. Celebraba así Zamoro nuestra lucha victoriosa por la amnistía laboral. Conservo esa bellota con tanto mimo como tú la hebilla de tu cinturón.
C) ¡Huélgate! Sé de dónde son esos y los que siguen ¿Mayo, Roque, Montesinos, Pablo Vocal Provincial, el Rubio?
T) ¿Antonio Mayo Gutiérrez? Vecino mío. Extremeño. De temple paulino. Y Roque, de León. A Mayo le alcanzó el despido, y subsiguiente arresto carcelario por subversión política, allá por el año 70, salvo error mío. Creo que militaba en el PCI. Y raro será que no le conozcas tú, porque estuvo mu próximo a Enrique Lister. El camarada Roque fue despedido en las luchas que siguieron al 71. Pablo García es vallisoletano, de Campaspero. Pablo salió Vocal Provincial en el taller Uno por el grupo de los cualificados. En su coche, ya entonces un fósil (SEAT 1400) cabíamos los del Piquete: ¡los devotos de la estrella de cinco puntas!
C) ¿Y Mayo Gutiérrez no era del Piquete?
T) En sentido estricto, no. Pero como si lo hubiese sido. Porque ya entonces el PTE se había escindido del PCI y había fundado la CSUT. Y entre esos escindidos y fundadores estaban Mayo y otros despedidos de SEAT de diferentes conflictos, como Pascual Oliva, Montesinos, Manuel Mesa, Roque, y bastantes más cuyos nombres no me sé. Pero todos ellos, desde un principio, acogieron con la más viva simpatía la irrupción del Piquete en el activismo sindical de SEAT; y más, siendo Gonzalo Montesinos uno de sus integrantes, a la vez que curtido militante y fundador también de la CSUT. En conclusión, que su fervor y el nuestro por la estrella de cinco puntas acabó siendo el mismo tan pronto como esa estrella empezó a lucir. Porque fue esa la estrella que nos señaló el rumbo a seguir en pos de la amnistía laboral.
C) ¿Pero el Rubio no tuvo protagonismo en la lucha por la amnistía laboral?
T) En cuanto al protagonismo del Rubio... ¡Otro cordobés! López Carrancia tenía más de pelirrojo que de rubio; tanto así, que yo diría que descendía de vikingos; pero bueno, si el vulgo autóctono le quiere rubio, me encojo de hombros. Le despidieron del taller Siete allá por el año 73, cuando a Roque -mi vecino-. Entonces el conflicto laboral tuvo por epicentro el taller Siete. También José Peris podrá informarte de ello. Y la Maite, su esposa. El Rubio era mu pesuquero pero con mucha personalidad; y uno de los pilares más firmes de Comisiones Obreras en SEAT. A mi me gustaba tenerle de compañero de piquete en las huelgas, ya después de readmitidos. Era como un niño grande: por lo grande de estatura, y por su grandeza de ánimo. En cuanto vio que nuestra estrella brillaba con luz propia se sumó a nosotros.
C) Algo sectario, ¿no? O le tiraba más la asamblea de su taller que las reuniones políticas?
T) Asambleario, y en buena hora. Porque dirigentes con ganas de figurar, y mandar en la clase obrera desde borrosas alturas, abundan en demasía. Y lo que necesitamos los obreros son tíos que con su ejemplo combatan nuestra humana tendencia a la molicie, y al derrotismo; y además, que hablen claro y sin miedo: a nosotros y a la patronal. Pero esa confianza no se gana sobre moqueta, ni correteando como una sota, de tugurio en tugurio; tampoco echándole piropos a la clase obrera, ni de compadreo con quienes tienen por oficio encantar a las serpientes. Se gana en el taller y en la calle y siempre de infantería: con dos cojones, las ideas clara y comportamiento transparente. Y no tener miedo al abucheo de los compañeros por decirlos alguna amarga verdad, ni dejarse intimidar por el poder de la patronal cuando haya que denunciar alguna de sus mentiras. El Rubio pasó también por la experiencia del cuartelillo, ahí por Ripollet. Y también le gustaban las reuniones sobre política, pa qué vamos a engañarnos. Pero estaba lejos, pero bien lejos, de ser el déspota que algunos palurdos veían en él: El Estalin ¡Cuatro necios! Pero nadie puede evitar que los tipos adocenados se den codazos, entre ellos mismos, por depositar exvotos en el altar de nuestra señora de la gilipollez Al contrario que ellos, por encima de su ingenuidad de militante poco letrado, sus intervenciones nunca jamás se daban de hostias con la cordura ni con sus acciones. Y tengo por envidiables sus dotes oratorias; sin perder de vista que donde estaba su palabra, ¡allí estaba su voluntad! Pero como su estatura física se igualaba con su hombría de bien, desde lejos sobresalía en medio de la muchedumbre. Ahora bien, como había perillanes cuyo activismo sindical se reducía a ladrar a Comisiones Obreras, ¡ay de ellos!; delante de un cancerbero tan imponente como el Rubio no sabían donde esconder el rabo. Acabó afectándole la caída del muro de Berlín ¡A quién no! Yo le llamaba Miguelón. Se lo merecía. Tengo el honor de haberle convidado en mi domicilio a alguna copa de anís.
C) Hombre camarada, me da gusto oírte hablar así de un compañero como ése. Pero tampoco te pases desconfiando de otros. Porque los activistas obreros se muevan en coche no se debe dudar de ellos.
T) De eso no me quejo yo, ¡qué leches! Infantería es que no se encaramen, como fatuos caudillejos, en esa potranca rojiza conocida en todo el mundo bajo nombre de Demagogia. Esos que contemplan a los obreros de carne y güeso como a soldaditos de plomo, y así nos hablan, tentados ellos por vender quincalla, en nombre de la explotación burguesa, a una multitud obrera más o menos puteada por la burguesía y lo que no es la burguesía.
C) Por ahí vas bien camarada. Y que los que defienden a los de abajo, teniendo razón, ¡que se pasen por el forro de los güevos la beatería de leguleyos y leguleyas por el cumplimiento de la ley! Y lo mismo te digo de los exordios de jueces parásitos hediondos disfrazados de demócratas. Es que si no hubiera tíos y tías decentes, todavía las mujeres y los jornaleros vivirían sin derecho ni a votar al concejal de su pedanía, amordazados por la ley. Y por ley se traficaría con esclavos. Y los jueces corruptos o fornicadores inconfesos, con instinto criminal, seguirían calumniando al vecino y firmando sentencias de muerte y mandando a la hoguera, ¡los muy hijos de rata!, a cualquier padre o madre de familia, o a una familia entera: que si brujas, que si íncubos, que si demonios... ¡¡Ellos eran los demonios y lo siguen siendo más de uno y más de una si la ocasión se los brinda!! Después de asesinar a sus víctimas, ¡a robarlas en nombre de la puta ley! ¡¡Malditas alimañas inmundas...!!
T) Camarada, ¡mucho cuidado!, no seas tú quien se pase ahora de la raya. Modérate, no nos vayan a enchironar, que llamar a las cosas por su nombre, mientras existan togados y togadas como esos que conoces, sigue siendo peligroso ¡Acuérdate de la parábola que me recitaste! Como empecemos a divagar...
C) Disculpa, camarada. Sigue... No, si yo sé que ése tiene, por lo que me han dicho, un buen ramalazo anarquista, o por ahí le andará.
T) Hombre, anarquista... Que tampoco frunciré yo el ceño porque Miguel López Carrancia sea anarquista. Vamos, que me encojo de hombros. ¡Como si me dices del Somatén! Pa mí bueno es, mientras cante las cuarenta a quién haya que cantárselas y no se apropie de méritos ajenos. Y pa la gente de su taller, mejor aún. Es más, yo te diría que a los no cualificados de toda la fábrica ninguno nos representaría mejor que ése. Era corriente en el Partido, allí en la SEAT, crismar de anarquista a cualquier pesuquero que pensara y sintiera por su cuenta. A lo mejor era acertado. El propio Carrillo tiene dicho que cada español lleva un anarquista dentro. De Varo también se dice eso. Pero mira. Si lo es, no le perjudica mucho, como militante obrero. A los de la BPS se los escurrió de las manos en Pozuelo de Alarcón, Junio del 72 ¿Te acuerdas, que tenían concertada una asamblea sindical de ámbito estatal en el convento. Al darse de sopetón con ellos, fingiéndose el típico lugareño preguntón, se atrevió a preguntarlos: <¿Qué pasa, qué pasa?>. ¿Sabes qué le respondieron?
C) No ¿Qué le respondieron?
T) Pues le respondieron algo así como: <Largo, ¡largo de aquí! Esto es cosa de drogas que a vosotros ni os va ni os viene> Y, obviamente, se largó sin rechistar y siguió su rumbo; tan ignorado como el cervatillo de la corza de Genoveva de Bravante. El rumbo que hubiéramos seguido tú o yo, allí y entonces, a bordo de sus alpargatas. Sí, camarada brigadista, así escapó Varo de engrosar nuestro honorable pelotón del Proceso 1001 contra Comisiones Obreras. Según me tiene dicho a mí. Y mejor te enterarás si le preguntas tú mismo. Bien nos vino a los del Piquete su militancia después.
C) A ver, en la SEAT, fuera de Comisiones Obreras pero dentro del movimiento obrero, ¿qué?
T) Mejor de lo que otros creían. Las organizaciones minoritarias, desde el principio nos acogieron a los del Piquete con la más elogiable fraternidad. Eran sus afiliados el fermento de aquella lucha inaplazable. Te puedes imaginar cómo se nos ensanchaba el corazón viendo aquello. Viendo cómo en torno al Piquete confraternizaban los anarquistas de la CNT con los militantes de signo comunista dispersos en la ORT, la ORC, el MC, la LCR, el Sindicato Unitario, el POR, el PORE, la CESUT, el PSUC, CCOOO... Y lo mismo los compañeros de la UGT. Éstos nos dieron cabida en sus boletines, a través del compañero Lara. Daba gusto ver, juntos y revueltos por vez primera, a Rolando, Casas, Artigas, Sánchez Blanco, Cristóbal, Tudela, Cabello, Guevara, Lozano, Domingo Lozano, Manuel Mesa, Alfonso Carmona, Molina, Lorenzo, Gallardo, Montesinos ORT, Pedro Jiménez, Roque Fernández, Cepeda, el cuñado de Cepeda, el compañero Grande del taller Ocho, Paco y los hermanos Espuñez de la USO...
C) ¿Pero tuvisteis que vencer resistencias políticas serias? ¡No me digas que no!
T) Hombre, no es que en Comisiones Obreras nos acogieran peor, nada de eso, camarada. La materia prima con la que operábamos era la misma allí donde aparecíamos. Pero el proyecto político al que estaba vinculado este sindicato era bastante más elaborado que, por ejemplo, el del PORE, cuya presencia en toda España sería meramente testimonial -si es que no cabían todos en un taxi- salva sea la honorabilidad de sus militantes. Naturalmente, los partidos pequeños no se veían perturbados por reivindicaciones como las nuestras. Todo lo contrario. Se veían enaltecidos, y con razón, dando la cara por los obreros represaliados por motivos político-sindicales. Pero al PCE-PSUC sí que podía estorbarle ver campear a cuatro pelagatos como nosotros portando por nuestra cuenta bandera tan respetable y atractiva -para el pueblo llano- como la que llamaba a la lucha inaplazable por la amnistía laboral.
C) Hablando en plata: ¡que os llevabais a hostias!
T) Tanto no diría yo. Pero la semejanza que yo percibía entre Dios y el Partido contribuía poco a la estrecha camaradería. El Partido, sí, sabíamos que estaba en todas partes, pero algunos no le encontrábamos en ninguna. Por supuesto esos algunos éramos, ya de antemano, los despedidos más incrédulos. El caso era que con nosotros ningún pez gordo consultó si estábamos de acuerdo, o no, con colgar las quijadas de un clavo a cambio de tener en este o en el otro parlamento a tantos o cuántos diputados. Y... ¿Tú has visto alguna vez alguna lista negra en manos de la patronal con nombres de activistas sindicales? Yo tampoco. Pero ser buen trabajador servía de poco a la hora de encontrar trabajo, llevando sobre las espaldas el sambenito de despedido de SEAT.
C) Yo lo que sí tengo visto es un libro aconsejable en el bolsillo trasero de los pantalones tuyos. Le dije un día a uno de la SEAT señalándole el libro aquel, con la pegatina verde que le habías puesto: “Ése que tú dices que parecía subnormal con las gafas después de la Ocupación, poco normal debe de ser. Hallar modo de que un muerto como Pablo Neruda haga coro con él y con los que le siguen... ¡Por mis barbas que eso lo no lo discurre cualquiera!” ¿Te acuerdas? Arriba figuraba el nombre del autor, y entre medias de CANTO GENERAL decía: <READMISIÓN DESPEDIDOS AMNISTÍA LABORAL> Como si el lema de la pegatina formara parte del título que Pablo Neruda había puesto a su poema. No te digo quién es porque sé que no le tragas.
T) Mejor. Así no te hablo yo de unos quevedos..., cuyo dueño parecía un dómine prodigio borracho de filosofía escolástica. Uno al que molestaba mucho vernos a los de el Piquete en las asambleas que convocaba la Junta Sindical, allá en la CNS (“Vosotros, ¡a los barrios!”). No porque le gustara vernos bullir en los barrios, cosa que también hacíamos sin que él nos lo mandara. Sino que se le revolvían las tripas de vernos como pancartas vivientes en aquellas asambleas. Según él, debíamos conformarnos con la readmisión masiva del 75 de los despedidos del 73 o el 74. Un victoria precedente a la del 77 en la que él tampoco tuvo parte ni arte, ¡ni voluntad!. Bueno, voluntad sí, pero en contra. Porque forjar proyecto de vida basado en el carisma de despedido de SEAT ofrece un porvenir nada alentador, o cuando menos incierto, si en lontananza se vislumbra que, por culpa de algunos despedidos, los despidos por activismo sindical o político serán pronto amargas referencias al pasado. Como así fue. La lucha encabezada por las cinco centrales sindicales, coordinada desde dentro por la Junta Sindical atendiendo la demanda planteada por los que formábamos el Piquete, nos abrió las puertas a todos los represaliados por lucha sindical o política. Algunos aceptaron su readmisión por disimular ante los del Piquete y ante la Junta Sindical lo cómodos que se hallaban recolocados. Y es que nuestra victoria fue tan redonda que, por dos casos, la readmisión en la SEAT no lo fue al ciento y pico por ciento. Porque aparte nuestra presión multitudinaria, el compañero Varela Daspenas era un tío con mucha preparación intelectual Y me parece que la Junta Sindical la presidía ése, que se gastaba entonces unas barbas como las tuyas: Antonio, gallego él.
C) ¿Tienen nombres los que no quisieron la readmisión?
T) Sí y no. Son dos casos tan respetables como opuestas entre sí las razones de quienes rehusaron. Será que, como dicen los clásicos de la dialéctica marxista, los extremos se tocan Uno fue Ramón Peiró, un puñetero trotsko -de el PORE- tan valiente como insensato -según mi modesto pero sincero entender-. Éste entraba en los seis que no figuraban en la lista nuestra, pero que la Empresa -en gesto laudable- nos concedió pa responder a casos más o menos marginales que pudieran surgir a lo largo de los seis meses prefijados pa el reingreso de la totalidad. Pero mira, el tal Ramón tuvo por claudicación nuestra, ante la Empresa, que aceptáramos la readmisión renunciando al pago de la antigüedad correspondiente al tiempo que habíamos estado despedidos. Por cierto que se nos reconoció después, si no me fallan las cuentas, incluido nuestro número de matrícula. El otro caso lo presentó quien tenía prelación sobre todos nosotros: la viuda del compañero Ruiz Villalba. Vivía allá en la calle Mayor Da Gracia. En su casa nos presentamos los de la Comisión de Solidaridad a darla la buena nueva. Si la memoria no me hace burla, éramos cuatro los componentes de la comitiva.
C) Y hasta puede ser que te acuerdes de sus nombres, ¿no, camarada?
T) Sí, creo que sí. Uno era Jorge Martinez, un magnífico compañero afiliado a la UGT. Trabajaba en las oficinas. El otro era Andrés García del Fresno, uno de la CSUT que acabó en Comisiones Obreras, y tan excelente compañero como Jorge. Del Fresno trabajaba el los talleres, pero no te puedo decir ahora en cuál de ellos. O allá por el Chaparral. Me parece que era encargado. El tercer hombre era Pablo García García, también de Comisiones Obreras y de la misma talla humana que Andrés y Jorge. Y con ellos tres, el que te lo cuenta. Por que te vayas situando ante las conclusiones que puedas sacar de nuestra embajada, te adelanto: todos los atributos que puedas imaginar en una mujer de clase humilde, con una infancia acuestas templada en la España de posguerra, vimos en aquella mujer. Nos recibió vestida de negro Y no creo que me equivoque si entiendo que vestida de luto a perpetuidad. Tampoco necesitábamos ser psicólogos pa darnos cuenta del desgarro que en sus sentimientos la supuso la pérdida de su marido: lo llevaba escrito en su semblante. Pero escrito de tal modo que si la hubiéramos visto dormida hubiéramos leído exactamente el mismo drama. Ni el menor atisbo de rencor ni patetismo. Nada ¡Mística sobriedad de gestos! El único sentimiento que dejaba traslucir era de resignación. La letra de nuestra embajada, pronunciada por los cuatro, creo que te la puedo resumir en palabras como éstas: “El puesto de trabajo de su marido, nuestro compañero Antonio Ruiz Villalba que en paz descase, puede usted ocuparlo cuando quiera, sabiendo que podrá adaptarlo a sus personales exigencias y circunstancias. Tanto por parte nuestra como por parte de la dirección de SEAT será usted muy bien recibida” Pues no. Nos dijo que no. Nosotros teníamos nuestra interpretación de su drama y ella tenía la suya. Nos declaró que ella era Testigo de Jehová y que -más o menos- sus creencias estaban por encima de sus conveniencias personales. A mi me parece, y creo que a mis tres compañeros parecería lo mismo, que sus más íntimos pensamientos, traducidos a palabras que todo el mundo pueda entender, serían estas: “Gracias por vuestras buenas intenciones, pero esta humilde servidora no admite recompensa por las injusta muerte de su marido”
C) ¡Os quedaríais...!
T) Yo, por un momento, tuve una impresión rara. Me pareció hallarme ante una viuda salida de la comunidad cristiana de los tiempos de San Pablo, como esas comunidades que describen los Hechos de los Apóstoles. Pero como nosotros no habíamos ido a aquella casa a entregar ninguna recompensa sino a reparar, en la medida de nuestras humanas posibilidades, una atroz injusticia, pues regresamos de nuestra embajada con la cabeza tan alta cuando habíamos partido. Tardé algún tiempo en comprender la actitud da la viuda de nuestro difunto compañero Antonio. A la postre hallé una razón que me permitió identificarme con su actitud. ¿Te imaginas, camarada, la existencia de la digna viuda de un mártir encarnando puesto de heroína? Porque, con las mejores intenciones, ya nos hubiéramos encargado nosotros de convertirla en lo que no era. Paradójicamente, por acción heroica tuve luego, y sigo teniendo, aquella actitud suya defendiendo su identidad de la mujer humilde que hasta entonces había sido. No tenemos noticia, yo por lo menos, de que Ruiz Villalba fuera Testigo de Jehová y por lo tanto, pacifista; aunque no falte algún cretino que lo sostenga, sin otro fundamento que el saber que su mujer le era. La personalidad de su viuda y su dolorido semblante frente a su irreparable desgracia, iluminan sobradamente quién era su marido, con o sin una u otra etiqueta de encasillamiento social: un hombre sencillo, pacífico, ¡solidario con sus condignos y limpio de corazón! Su epitafio –y el propio- lo escribió con sangre, también ante las fuerzas represivas, Manuel Fernández Marquez año y medio después, en la Térmica del Besos:¡¡YO SOY YO Y MIS COMPAÑEROS!! Esas circunstancias hacen todavía más abominable, más ruin y despreciable, al perillán que, social o gris, disparó contra él arrancándole la vida. Yo no sé si le conocía de antes, bien pudiera ser, pues que trabajábamos en la misma sección. Pero si te interesan detalles concretos de su asesinato, creo que Escolástico Lozano García te los puede dar.
C) Podías haber buscado a su viuda colocación fuera de SEAT. No quiero darte nombres. Pero sé de sitios en los que el Partido recolocó camaradas vuestros. Un caso tan especial y de acuerdo con la Empresa.
T) Nombres...No, ni yo quiero que me los des y sé bien a dónde apuntas. Esos nombres a mí me tienen sin cuidado. Yo prefería el pico y la pala antes que aceptar ayudas de esas o parecidas. Lo cual no quiere decir que no me sea grato recordar al camarada Roque cuando -en diciembre de 1976- se presentó en casa con sendos grandes botes de leche en polvo: “Toma Felisa, pa los mellizos, que los otros tres ya pueden comer lentejas. Y que se hagan lo menos igual de grandes que su padre” O la cesta navideña que nos mandaron aquel año los compañeros y compañeras de la cooperativa de SEAT. Y quien dice eso dice las mil atenciones de las vecinas con nuestro par de recién nacidos. Pero habiendo zanjas que abrir en Barcelona, y las había, bien de más estaban pa mi las colocaciones. Porque no es lo mismo el apoyo espontáneo del pueblo raso, dando la bienvenida al mundo a dos preciosos mamoncetes, que los favores de tal pececillo gordo de tal partido o el otro. Pudiendo ser que el camarada que te abre la puerta que te gusta, luego de de haberla cruzado veas que se te torne padrino. O sea que, sobre ese particular, comprendo bien los escrúpulos ajenos. Ya sabes: los padrinos esperan que sus apadrinados los imiten, si no en la ropa, sí aplaudiendo o abucheando.
C) Pero yo te estaba hablando de la...
¡Ah!, sí. Pero no tengo más que decirte de Ruiz Villalba y su viuda. Y mira por dónde, fueron escrúpulos de ese cuño los que nos unieron a los del piquete. Y tuvimos la malicia, inspirados en cierta profecía del compañero Maseda, de poner por encima de cualquier disciplina partidista, o cualquier objetivo político, nuestro derecho al pan de cada día sin tener que agradecérselo a nadie. Y que le dieran por saco a todo lo política o místicamente sagrado mientras no tuviéramos a salvo ese derecho ¿Consecuencias? Que en las mesas donde se discutía la alta política, aquellos que representaban ante los Poderes fácticos a los trabajadores de vanguardia en la lucha por la democracia, quizás tuvieran razón pa sentirse perturbados con nuestro plebeyuno bullir.
C) ¿Tú llegaste a trabajar en la cooperativa de la SEAT?
T) No. Yo, no me conformaba con ser despedido de la SEAT. Yo, en la medida de mis posibilidades, hacía todo lo posible por que se supiera que era despedido de la SEAT. Si me hubieran despedido por gandul, sí, me habría hecho pariente de los camaleones. Pero me habían despedido por cumplir mi compromiso con los compañeros que me votaron, y eso son palabras mayores; aunque no todos los que se hallaban en mis circunstancias se las tomaran tan en serio como lo que acabamos formando el Piquete. Mira si sería ostensible nuestro desprecio por los empleos sucedáneos, que nadie de la SEAT se atrevió a ofrecernos puesto de trabajo en la cooperativa. Yo sé que quienes representaban al movimiento obrero, en esta mesa o la otra, se daban por satisfechos con la readmisión masiva que te he dicho y, si acaso, con puestos de trabajo marginales pa los casos más vidriosos. Algo así como asilos: “¿No querías pan? Ya tenéis pan. Pero cuidado con dar más guerra, que la paciencia de las buenas personas tiene su límite” Incluso se acuñó un término que, aparentando reconocimiento por los servicios prestados (a la clase obrera), desprendía sutiles efluvios de efectos narcotizantes: despedidos históricos. Pa quien tenga vocación por convertirse en personaje, aunque sea de cartón, ¡cojonudo! Pero esas apetencias no nos van a la gente que sabemos del linaje que venimos: el linaje de la españolísima alpargata. Como tampoco tengo dificultades pa comprender que desacreditábamos, con nuestra cerrazón, su autoridad política sobre el movimiento obrero. No era esa nuestra intención. Pero teníamos derecho a esperar que fueran consecuentes con la filosofía marxista. A quienes postulan que la economía es el motor de la historia, no debe asombrarlos que los individuos anónimos, pero de carne y güeso, porfiemos por nuestros gabrieles con montaraz tozudez, ¡qué cojones! Y era justa, lícita, ¡irreprochable!, nuestra actitud, y así lo percibían los obreros en su conjunto.
C) ¿Tú crees que el núcleo del marxismo es un postulado?
T) ¿Postulado he dicho? Pues ahora que tú lo dices... Y no estoy seguro de que los grandes maestros de la lucha de clases dieran una definición de la historia tan simple. Te digo simple, no equivocada. Porque si nos fijamos en los motores que funcionan alrededor nuestro, no funcionan gratuitamente. Necesitan energía, camarada. ¿Qué nombre tiene esa energía? Yo diría que muchos. A mí se me antoja variopinta: se la puede llamar Necesidad, Fantasía, Creatividad, Utopía, Ramplonería, Furia, Mística., Avaricia, Justicia, Putería, Prevaricación, Ética... ¡Siempre energía! Yo diría que pa muchos, como postulado funciona la teoría marxista. Tú mismo me has dicho que el manuscrito que tienes sobre la mesa lo sacaste de debajo de los cacotes del Muro de Berlín. Camarada, ¡he entendido bien lo que me has querido decirme!
C) ¡Al carajo las divagaciones, camarada! ¿Y Varo, qué? ¿Se tomaba en serio vuestra filosofía?
T) ¿Varo? Aunque me preguntes con sorna, y aun con aviesa y grotesca solemnidad por nuestra filosofía, te responderé, que también era la filosofía suya; lo que no quiere decir que no tuviera algunas más de repuesto. Háblalo con él. Nosotros, ¡a puño cerrado creíamos en ella y sólo en ella!, en contra de aquellos que daban nuestra causa por perdida alegando que al trabajador lo que le interesa es la peseta. Pero nadie conoce mejor a los trabajadores que los buenos trabajadores. Bien sabíamos nosotros que cuando al pueblo llano se le ofrecen altura de miras depuradas de fantasías...¡Las hacemos nuestras! Y mira como era un as en la dirección de Comisiones Obreras, influyente por lo tanto, pues los cuatro gatos de partida que formábamos el Piquete de Despedidos nos multiplicamos por la cifra que a ti más te guste, hablando de potencia reivindicativa. Fíjate si nos tomarían en serio en las alturas de Comisiones Obreras, que nuestro cartel con la estrella de cinco puntas y la vitola negra sobre la señera catalana con la lista de despedidos, ajustado a su formato lo publicó la revista aquella de rango nacional: ¡toda España! Gaceta Sindical creo que se llamaba. O se llamará, si se sigue publicando. Llegaría a la redacción por conducto de Javier García Villacorta, el secretario entonces de la sección sindical de Comisiones Obreras en SEAT. Bueno, lo que ahora importa es que llegó
C) ¿Y el Rubio?
T) Al Miguelón nuestro planteamiento le supuso, en un principio, un doloroso desgarro. Su lealtad al Partido chocaba con la simpatía que nosotros le inspirábamos. Al final hizo causa común con nosotros, y con su entusiasmo sumado al nuestro, acabamos poniendo patas arriba cierto cenáculo de orientación caritativa que conspiraba contra nuestras andanzas. Ello también por nuestro rechazo a ser readmitidos mediante componendas de factura paternalista, ni bajo la sombra de este o el otro partido político, ni que la tela de nuestra pancarta desprendiera aromas de sacristía, que algo de eso se respiraba en la Viña del Señor y alrededores. ¿Asistencia leguleya? Jamás la hubiéramos aceptado ¡Ni borrachos! Que aquí si que viene a pelo eso de: pa malas compañías, mejor es comer pan sólo a solas que compartir mesa con los puercos! Nuestro empeño era por una amnistía laboral, ya te lo he dicho, ajustada a la profecía que nos hizo Maseda, cuando nos despidieron:<Camaradas, esto lo esperábamos. Algún día volveremos a la SEAT ¡Y entraremos por la puerta Grande!>. ¡Cabal! Guiando a las centrales sindicales entonces presentes en la SEAT (CCOO-UGT-USO-CNT-CSUT) con nuestra estrella polar... M atrevo a decirte que a su luz de nuestra estrella vio el Miguelón que mis botas chirucas y las botas de partido que él calzaba eran botas prodigiosas por igual. Vamos que, aparte el tamaño, podíamos trocarlas sin miedo de perder en los pies nuestra sensibilidad táctil. Pisábamos con las botas puestas una perra gorda, y sabíamos si pisábamos al caballo o si pisábamos al águila. De eso también me acuerdo. A lo mejor por virtud de nuestro número de pie. Si es múltiplo del cósmico Número Áureo...
C) Camarada, te veo místico, ¡cabalístico...! Si fueras otro te llevaría al médico. A ti... ¿Te sientes bien?
T) Estoy bien, camarada. Por analogía, dejo que me guíen los buenos expertos en nutrición. Son esos que recomiendan comer de todo, y de todo en la proporción debida. Y déjame que te diga que nos cupo el honor de ser los primeros readmitidos de la lista que figuraba en el cartel de nuestra estrella de cinco puntas. Reingresamos el 16 de junio de 1977. Los últimos días de ese año acabaron con los últimos despedidos de la SEAT por razones antifranquistas. Y ese era nuestro honor: transmitir a todos, por la vía de los hechos, la certeza de que la Empresa respetaría su compromiso contraído con la Junta Sindical. El criterio seguido por ambas partes lo sigo viendo como modelo de sensatez, a pesar de evidentes disimulos. A la vez que la Empresa mostraba lo mejor de su talante dando preferencia a quienes teníamos mayor carga familiar, la Junta Sindical probaba a todos, por medio de nuestro prestigio como militantes en pro de la amnistía laboral total, que podíamos tomarnos en serio su compromiso. ¿No se merece el Número Áureo un elogio?
C) Otro día numeraremos los números, camarada. Empezaremos por los amistosos, y los primos y sus cazadores los dejaremos hasta otra nueva entrevista. ¿Montesinos, qué? ¿Te le vas a dejar atrás?
T) Camarada, si me hablas de Montesinos en singular, eres tú el que te dejas atrás a uno. Yo conozco a dos, los dos de igual traza ibérica, y los dos se merecen mi recuerdo y gratitud. Está Gonzalo Montesinos Martínez, valenciano, que además de un expediente militante paralelo al de Mayo Gutiérrez, aprendió clases de amnistía laboral en las luchas de Motor Ibérica. Su experiencia nos benefició a todos. Formó parte del Piquete desde el primer momento, cuando sólo éramos cuatro. Y tenemos también al Montesinos de la ORT que trabajaba en chapistería, taller Cinco. Un currante raso y amigo de Cristóbal Hernández, el que te dije antes del MC. Yo llamo a este Montesinos el mago del cometa rojo.
C) ¿Y él se deja?
T) En este momento, sí ¡Le hubieras visto en aquél! ¡¡Huy!! La cara que se nos puso aquel 29 de abril del 77. Fue el día del pronunciamiento que necesitábamos: cuatro horas de paro de toda la factoría y concentración delante de la oficinas centrales, convocado por las cinco centrales obreras. Y estábamos tan enfervorizados contemplando el milagro de la unidad -nosotros los despedidos a este lado de la verja- cuando vimos rubricada nuestra fuerza en el mástil de la bandera de la casa SEAT: la rubricaba una bandera roja. Tal bandera que a muchos nos pareció -y no fue errado nuestro parecer- penacho inequívoco de victoria ya afirmada. No sería poca victoria poder tratar con la Empresa -desde entonces en adelante- sin el fantasma del despido en la mesa de negociaciones, fantasma presente hasta entonces cual maldito convidado de piedra. ¡El Montesinos de la ORT fue quien izó aquella vistosa divisa! ¡Fugaz, eso sí, como cometa sideral sumergido en la luz de la aurora! Digo fugaz porque ondeó el tiempo que duró la concentración. El pobre mástil fue guillotinado -por los pies y con guadaña de oxiacetileno- tan pronto como le dejamos solo. ¡Oh!, cuánto me gustaría ver al tal Montesinos, forrado de azul proletario, izando aquella bandera roja en un cuadro de Antoni Tàpies.
C) También algún cable os echaría en vuestras gestiones gente de fuera, desde los periódicos ¿O no?
T) Ya te hablé de Figueruelo. Andréu Claret también, desde Cambio 16, nos ayudó lo que pudo y nos trató con entrañable camaradería. Lo mismo Reixach, desde el Correo Catalán. Y Enric Companys, y otros y otras, aunque menos conocidos. Si tú puedes pedirlos perdón, en mi nombre, por no recordar yo el suyo, te lo agradeceré.
C) ¿Te dejas atrás a Montalbán? ¡Ese es el as de los progresistas catalanes! ¡Manolo es de aúpa! Más lúcido que ese...
T) ¿El señor Vázquez Montalbán? No, ése se quedó atrás él solo. Fuimos a verle a la plaza de Castilla. Antes Varo ya había tuntunieado en la puerta de su gabinete, por teléfono, recordándole que además de despedidos de SEAT él era lector de Triunfo. En representación de la Junta Sindical de SEAT nos acompañaron Antonio Varela Daspenas y José Carrizosa Paniagua. Creo que nos llevamos doble sorpresa. Entre Varo y yo nos llevamos una. Creíamos que Manolito era tan esbelto en la penumbra de su capilla sixtina como en la intemperie del movimiento obrero: ¡un progresista tan depurado de rancias costumbres, un señor tan intelectual, un tío tan pijonoclasta, tan de izquierdas...! Y como aquel que dice, ¡grabando ya su nombre, con laudatorias plumas, ¡en mármol duro y eterno! Pero inflada por viento propicio... ¡Cuánto cuento es la poesía! ¡Nos pintan un güevo duro cantándonos sixterías!
C) ¿Que Vázquez Montalbán no os recibió con las brazos abiertos? ¡Me dejas turulato!
T) ¡¡No!! Nos recibió como cobradores de impuestos. Pillaríamos a la Encarna con la regla y sin compresas. O a don Sixto rascándose las almorranas. O que nos vio ayunos de urbanísima exquisitez. Si a algunos nos vio tipos primarios, ¡como para no guardarlos aconsejable distancia a los cuatro! Ya ves tú, por no ir más lejos, lo exquisitos que solemos ser los currantes de los talleres. La mayoría de nosotros criados entre mulos y puercos, en aquellos campos, ¡tan anchos y tan profundos! Acunados en primitivos y somnolientos corrales, feudos de cardenchas, de ortigas y abrojos y zarzas; y no siempre acariciados esos corrales con la fragancia del espliego. Intrigantes corralones, ¡eh camarada...! Sin puertas cerradas al campo ni al pueblo. Corrales tales en los que las gallinas podían provocar cualquier extraño accidente. Como aquel turista, que entró al corral de doña Hesperia a estercolar unos bledos, y salió quejándose a doña Hesperia: “Las jodidas gallinas españolas ponen los güevos del color del pimentón”.
C) En una palabra: ¡que te cae gordo Vázquez Montalbán!
T) No, camarada: ni bajo ni alto, ni flaco ni gordo. Me cae como le vi. No te digo como le oí, porque sólo oímos a Varo, hablándole en nombre de los cuatro. El señor Vázquez Montalbán estuvo con nosotros tan cordial y dicharachero como si el día antes hubiese servido, estofada o sin estofar, su propia lengua a sus amigos ¡Quién sabe! Estaría harto de camaradas. Tal vez si hubiéramos sido integrantes de alguna cámara colegiada, o camarilla de banqueros, nos hubiera prestado atención, pa psicoanalizarnos. Junto a su afición a los guisos, me suenan sus dotes de agudo psicoanalizador; si no grandísimo experto en caracterología. Pero Bueno. Las centrales sindicales mantuvieron su rumbo, remolcándose la unas a las otras: Comisiones Obreras tirando de las otras cuatro, las otras cuatro empujando a Comisiones Obreras. Fue un espectáculo grandioso, ¡¡Épico!! Lo sabes tú, ¡qué leches me haces hablar!
C) ¡Qué cabrito Manolito! Con lo que nos gustó a muchos el buen ejemplo que distéis, ¡vosotros los despedidos de SEAT!, repartiendo la pasta con Maseda ¡Eso también es equidad y compañerismo!
T) ¡Diantre! Eso no creo que lo leyeras en los periódicos. Y doy por buena tu alusión a la equidad. Porque ejemplos así los tengo yo por manifiestamente mejorables. Pero, no digamos pasta, ¡recoño!; si no parecerá que estemos hablando de Los siete niños de Écija. Se dice indemnización, camarada: las cuatro perras que nos dieron por darnos la razón como a los borrachos, sin que el respetable se diera cuenta de la inocentada. Sin embargo a Maseda, sospechoso de ser nuestra eminencia gris como trabajaba en las oficinas, no le dieron en la Magistratura la razón de ningún modo. Ni como a los sabios ni como a los borrachos ¿Por prudencia en aras de la jurisprudencia sabiamente administrada? Pero sabiendo nosotros que éramos tan culpables como él, quisimos rendir tributo obrero a la equidad. Y resultó... Resultó que fuimos tan ecuánimes que, aquí nos tienes; quedamos equidistantes de la equidad y de la mezquindad. Porque a Silvestre y a Vallejo y a Varo, que además de haber perdido su puesto de trabajo como nosotros, encima tenían la amenaza de la cárcel tras su hospedaje en la Vía Layetana, a los tres los dejamos sin blanca.
C) ¡Camarada!, si nos mirarnos con lupa...No, pero es verdad; no debemos renunciar a la autocrítica. Oye: ¿García Uzqueda?
T) Javier García Uzqueda también trabajaba en colectores ¡Navarro de Mendavia! Compañero intachable, hombre de bien las veinticuatro horas del día y excelente trabajador. No consiguió amilanarle el jefe de sección, cuando se acercó a recordarle: “Acuérdate que tienes mujer y hijos” Fue el día que paramos media hora en algunos grupos de la 110 pronunciándonos contra las penas de muerte dictadas contra los del Proceso Burgos Aquella velada amenaza no melló su ánimo lo más mínimo. ¿Y tú? ¿Tú sabrías decirme cuántos resistentes quedábamos en factoría cuando el férreo y belicoso Marte reapareció en el nocturno cielo? ¿O cuántos grises intervinieron en el asalto?
C) ¡Policías exactos! ¿Yo? ¡Anda, mi madre! Haces cada pregunta...
T) Podrías saberlo. Yo te he cuantificado los votos que tuve. Y tan cuantificables como somos los obreros, trabajando o reivindicando, lo son los policías: repartiendo leña o jugando a las cartas; o confraternizando con sus hermanos de clase (si se los deja) En teoría al menos... Por los ojos que se te ponen, sé que te gustará saber que yo tampoco lo sé. No importa. A esa hora Tetramorfo estaba ya pa el arrastre y de camino al desolladero. Aunque tampoco fuese hora de echar al vuelo las campanas. Si el marrajo se había llevado por delante a alguno de los nuestros...
C) Tan reciente lo de Patiño... Mira, a Antonio Ruiz Villalba le tocó el relevo
T) ¡Que en paz descanse nuestro compañero Antonio! Por capricho venturoso del azar tuve, y sigo teniendo, que sólo nos costase un Villalba, y no varias ternas de Villalbas, la irrupción en la factoría de las fuerzas represivas. ¡Chico pandemonium se desencadenó en el taller Uno! Comprimidos nosotros entre minerales abrasivos; entre hierros cortantes y punzantes; rodeados de aceites minerales, si no inflamables sospechosa o peligrosamente combustibles... El primer asalto policial bajo techo lo sufrimos ente la sección 110 y la noventa... Tras la granizada de bombas lacrimógenas, el empuje de los caballos, más la saña policíaca de los primates que los montaban, galopantes ellos... ¡Ellos defendiendo la soberbia de la incontestable Jerarquía! Suma a eso el chaparrón de cristales rotos que caía sobre nuestras cabezas. Yo al pronto creí que era el helicóptero policial que acababa de escacharrarse. No, fue que el agudo ingenio de maese Operativez -que militaba en nuestras filas- respondió a doña Marimorena rompiendo las claraboyas. No por gusto de romper: ¡por necesidad imperiosa de respirar!, rechazando a la vez aquel asalto, tan alevoso como aviesamente gaseoso. ¿Cómo?: enviando mensajes acerados en forma de piezas mecánicas: si no torneadas o torneables, sí cebadas con rabiosas espoletas portadoras de plegarias maldicientes. Acabaron por desalojarnos del taller Uno, cómo no; pero a paso más que ligero volvimos a hacernos fuertes en el taller Cuatro, en las instalaciones de pintura. Camarada, cada vez que me acuerdo del 23 F me digo pa mis adentros: salvo honrosas excepciones, ¡cuánto tienen que aprender nuestros políticos asalariados del pueblo llano!
C) En Pintura tuvisteis tiempo de celebrar consejo, ¿no?
T) Sí, pero mejor que pasemos por alto la explosiva asamblea que allí pudimos desactivar ¡Encontrarás a mil que quieran contártelo! Y como además sé que lo sabes... Conténtate con que te diga que, horas después, cuando desplegamos bandera blanca allá en los confines del taller Siete... ¡Qué bajón! Serían las siete o las ocho de la tarde. Entonces era ya más numeroso el piquete de policías que nos cercó que el piquete de ocupantes que los resistíamos. Nos cercaron con las pistolas desenfundadas, pero apuntando al suelo. Ciertamente que la terna de a ocho estaba ya hecha jirones. Sí, pero había cumplido, ¡y muy honrosamente!, su misión histórica: Los obreros de SEAT habíamos desafiado claramente al Régimen, en pro de las libertades políticas. Pactamos con los grises el final de la ocupación. Te extrañe o no, nos trataron con respeto. Aceptamos sus condiciones (salir con prontitud y todos por la puerta principal) y ellos aceptaron la nuestra (no detener a ninguno ni exigirnos identidad al salir). Lo malo fue que a la salida nos esperaban los sociales. Me gustaría que te contara Dueñas cómo pudimos escapar los dos, cuando tuvimos que volvernos pa que no nos cazaran en la Principal con las manos en la masa Te cuente él, en otra charla, la peripecia que nos costó salir de la factoría, sin caer en las garras de la BPS. Yo te adelanto que, ya cuando nos vimos salvos cercanos a la vía férrea, no quedaban en la factoría más que patrullas de grises y dotaciones del 091... ¡Y nadie más resistiendo! ¡¡Te lo digo yo, camarada!!
C) ¿Si antes veo a Cerdán y le pregunto a él?
T) ¡Cerdán! No es de la SEAT. Pero si le conoces... Cerdán es aragonés. Y su mujer también es mañica, de Cariñena; él es de Caspe. Le acompañé, a él y a Tito Marquez, en su visita al abad de Montserrat cuando fueron a informarle de la huelga de la Térmica del Besós y de la detención del compañero Manuel Pérez Ezquerra. Yo, por hacer bulto y por mi gusto de acompañarlos, aparte de que vi cómo le detenían.
C) ¿En la Térmica?
T) ¡Qué en la térmica! En el centro de Barcelona. Había juicio en Magistratura, y allí habíamos acudido los de Comisiones Obreras, intentado concentrarnos en apoyo al compañero despedido. Y como Pérez Ezquerra era tan fácil de identificar -por los cristales tan gordos de sus gafas-, y como a los de la BPS o quien los mandara pereció poco matar a Manuel Fernández Márquez, pues buscaban a alguno más de la Térmica, pa poder enchironarle. Cuando nos quisimos dar cuenta... Claro, el primero en darse cuenta de que iban a por él fue él. Pero lo que pasa en esos casos, que si ves que van a por ti, antes que dar la alarma a los compañeros, ¡antes que comprometerlos!, pues te echas tú solo acuestas todo el peligro y salga el sol por donde salga. Lo que hizo éste. Echó a correr sin avisar... Desde aquel día me despedí de ese género cinematográfico que llaman cine negro. El rato que pasamos viendo a aquellos fulanos corriendo detrás... ¡Qué jauría! ¡Pero una jauría a la que solo faltaba aullar! ¡Huy, con qué saña! Corriendo unos pocos de bigardos tras de un hombre indefenso como pocos, ¡tan limitado de lo vista! Saltando en su huida por encima de los coches en marcha, ellos como perros de presa, allá por la Ronda de San Pedro... ¡Qué detención tan innoble la del compañero Pérez Ezquerra! ¡Lo poco que faltó que los coches le atropellaran uno detrás de otro! Si tienes modo de hablar con él... O si no con Tito Márquez, que quizás sea más conocido y estaba bien enterado de todo bullir del movimiento obrero y muy comprometido con Comisiones Obreras. Además es un tío castizo, campechano como pocos, que da gusto hablar con él.
C) Y el Abad, ¿qué?
T) Nos ofreció asiento, lo aceptamos, nos atendió con educación y respeto el buen hombre, y nos despidió cordialmente. No se comprometió a nada concreto, ni nosotros lo esperábamos, porque nada en concreto llegamos a pedirle. Eso no significa que resultase baldía nuestra visita. Con visitas como aquella íbamos creando estados de opinión favorables a nuestros derechos de trabajadores, y a nuestra lucha por las libertades de todos. Pero mejor que oigas a Cerdán ¡Esteban te recibirán bien! Además, puede darte nortes más precisos de Tito Márquez que los que te pueda dar yo por si te empeñaras en entrevistar al compañero Pérez Ezquerra.
C) ¿Cerdán vive en Bellvitge?
T) ¡Qué raro que no lo sepas! En la Avenida de Europa. Vivimos en la misma escalera. Y ya que te acuerdas de él, si tienes ocasión, dile que te hable de LAFORSA. Aquella fundición de Cornellá... Otra escuela de militantes obreros tan prestigiosa como la que más, a mi modesto entender. Mejor relator que Cerdán no sé yo recomendarte, puesto a conocer al movimiento obrero del Baix Llobregat. Y ya por poco más, sube hasta el trece y habla con Manuel Segura Orellana. Le dices que vas de nuestra parte. No te cantará jotas, pero se da buen garbo entonando fandanguillos. De casta le viene al galgo: es de la Puebla de Cazalla, ¡conque fíjate! La Niña la Puebla, Manuel Gerena, José Menese...
C) ¿Ése también es de la SEAT?
T) No. Manolo solía trabajar en empresas pequeñas, y en la construcción. En la Diagonal volvimos a trabajar juntos, en Huarte y Compañía, allá por el año 1974. Pero estaba en Valvidriera el día que fue disuelta la asamblea por la Guardia Civil. Nadie mejor que Manolo pa detallarte qué pasó en Valvidriera. Entre él y el activista del PORE que te menté antes salvaron a Silvestre de que cayera en manos de quienes le dispararon. Lo chocante es que estaban allí los dos, y cada uno por su cuenta, sin voz ni voto. Lo que se dice por amor al arte, no porque sus intereses personales fueran tema de la asamblea. No, simples mirones.
C) ¿Pero qué más pasó en Valvidriera? ¿O tendré que cabrearrme pa que te expliques?
T) Camarada, si te pones así... Nada, por lo que recontó Manolo, fue Silvestre el primero que plantó cara a los guardias civiles, y quizá el único. Parece ser que los de SEAT recibieran la voz alarma antes de tiempo. La alarma voz de alarma dio Varo, pro con los pies, no de palabra, que, por lo visto, así que vio a los del tricornio echó a correr como si hubiese visto a las cuatro jinetes del Apocalipsis. También es cierto que pelear a puñetazos con quien empuña una pistola y además tiene la ley de su parte, ¡vista al frente, camarada!, no es hazaña que tiente a muchos. A mí desde luego no. Sí, y según las señas que Manolo me tiene dadas de ese trotsko, ¡ése es Ramón Peiró! Le conozco bien. Lo que no tengo son nortes de su paradero, Pero que, fuera de las películas, no son gestos de valentía y compañerismo que se vean a menudo: cargar con un herido de bala de la plantilla de la SEAT y ponerle a salvo, ¡fíjate! ¡¡En tiempos de Franco!! ¡Un dirigente de Comisiones Obreras! ¡¡Herido por las Fuerzas del Orden!! ¡Y tan reciente la lidia del toro de San Lucas! Yo no puedo informarte del curso de aquella asamblea, con su azaroso final, porque no tuve parte en ella. Por aquellas fechas ya había vuelto yo al ramo de la Construcción. No iba con mi talante dar consignas desde lejos. Eso sí, desde ese ramo de la Producción, yo seguí rebuscando entre las estrellas de los cielos alguna en la que pudiera ver escrita la profecía de Maseda. Pero tú, si hablas con Manolo, habléis o no habléis de la GINCAR, quédate con esta paradoja, intrigante como pocas: <Una asamblea obrera de la SEAT disuelta a tiros... ¡Y se hicieron cargo del herido -el mismo que dirigía la asamblea- dos obreros ajenos a la plantilla de la SEAT!> ¿Cuándo veremos levantado el monumento al obrero valiente desconocido?
C) Camarada González Pelaz: saludo el monumento que propones, ¡pero no me azotes con paradojas caseras! Creo que al camarada Pablo los de SEAT le debéis, no te digo un monumento, que a mí esas distinciones personales me sobran; pero un puesto de honor junto a Antonio Ruiz Villalba, ¡sí que se lo debéis! ¡Y no me obligues a soltar algún taco de los gordos! ¡Ni confundamos despacho laboralista con cenáculo de picapleitos! ¿No te acuerdas, lo que decíais de los abogados cuando la huelga del 14 D, en la revista InterSEAT? ¡Tú!, ¡Invocando los BRAZOS DE HÉRCULES! Y no te hagas el desentendido. Aquel artículo que te publicó Ramón Turégano ¡Que yo también tengo memoria! Como tu matraca con el toro de san Lucas: ¡venga y toma toro de san Lucas!
T) ¡Por la gallina asada de santo Domingo de la Calzada! ¡Camarada...! Cómo voy yo a confundir a los vampiros con los mastines alpinos de san Bernardo ¡Mucho cuidado!, que yo también se me sé tacos de los retumbantes. Por lo que a mí me toca, no te quedes con ganas elogiar la labor de abogados como Alberto Fina, Luis Salvadores, Solé Barberá, Leopoldo... O abogadas como doña Montserrat Avilés, o doña Ascensión Solé Puig... ¡Vamos a tener que rebajar el vino de la bota aunque sea con agua del Carmen! A la luz de tu parábola, bien se ve cuánta distancia separa a leguleyas y leguleyos de abogadas y abogados honorables: la misma que separa al médico altruista del matasanos raspacuartos sin escrúpulos. Lo malo es que el leguleyo o leguleya opera bajo amparo de colegio profesional, mientras que el matasanos sin escrúpulos cerca anda de ser un paria.
C) ¡Vale! ¡Pero no te salgas por los cerros de Úbeda! ¿Es que no tiene sus apellidos Silvestre?
T) ¡Los apellidos de Silvestre! Será posible... Silvestre está tan necesitado de apellidos en la SEAT como Antoñete en la plaza Las Ventas o Curro Romero en la Maestranza. O el compañero Lozano en el taller Uno ¡Camarada...! Te salen algunas preguntas que, ¡vamos!, ni al que acogotó la gallina de los güevos de oro le saldrían ¿Te he preguntado yo a ti por los apellidos de Dolores? No seré yo quien le niegue puesto de honor a Silvestre. En aquellos primeros Primeros de Mayo, cuando los manifestantes cabíamos de sobra un autobús, por no decirte bajo una bandera roja... ¡Se me va a olvidar! Salíamos de casa sin más escudo que nuestra apuesta por la libertad, sin saber si volvería uno a casa con su escudo o sobre su escudo. ¡Me acordaré siempre! A la cabeza de la manifestación, allá por las Ramblas: ¡Silvestre y su mujer! Y detrás, tíos como Maseda, Olivares, Vallejo. Y detrás, Rufino y mi tocayo. Y entremedias Marín, Jiménez, Dueñas, Celestino, Miguelón, García, Roberto, Varo, Miralles, Ventura, Medina, Carmona, Molina, Lozano. Y detrás... Bueno, era preferible quedarse con las ganas de saber quiénes más venían detrás de uno. Ya sabes: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero ojo al cristo que es de plata, camarada, estando mi memoria por medio. No por camaradería aplaudiré yo al que quiera ponerle puertas al campo. Quien quiera que lo intente. Ahora, tú descuida que yo cuadricule la memoria mía por conservar amistades. Mejorarla si puedo, sí; aunque otros lo necesitan más Y mientras sí y mientras no, mira tú mismo de hablar con Silvestre. Y que te confirme o te aclare lo de Santos, mi paisano: el que repartía Mundo Obrero en el taller Siete, uno de Cáceres. Cuando le detuvieron le amarraron los sociales con las esposas a la maneta de un coche, entre tanto perseguían a otros... ¿Tú no has oído algo de eso? Yo no sé los abuelos y abuelas de cuántas y cuántas generaciones le dieron fuerza, y coraje, pa que pudiera romper la maneta, ¡y escaparse! Me parece que fue en casa de García Uzqueda donde le liberaron de las esposas. Pero insisto: te aconsejo que preguntes a Silvestre, no fuera a ser eso cuando la redada de Sant Cugat, en la que engancharon a Alfonso Rodriguez Rodriguez, ¡y a otros! En lo del toro...El mío, aquí y ahora, es el de san Lucas. Festividad que señala el santoral el 18 de octubre. ¿Nos apostamos el boli?
C) ¿Sí? ¡Como si quieres decir misa! Por mí... Acepto tu consejo. Pero no te consentiré que mandes a los corrales al toro mío ¿No sabes de ese toro bravo que en tu tierra, ¡en tu tierra!, le llevaban las mujeres a la iglesia y le manoseaban los cuernos? Busca, si no, trabajos de Julio Caro Baroja... Pero espera, antes que se me vaya el santo al cielo: ¿Ése del PORE no formó parte del Piquete los despedidos?
T) Empezaré por lo último, no digas que hago por que se me olvide hablarte de los trotskos, tus preferidos. El que dices también merecía haber formado parte del Piquete desde primera hora; y eso a pesar de su conflictividad, incluso con sus más allegados, tales como los de la LCR. Tú locuacidad pronunciando diatribas contra de la burguesía explotadora, nada, la sosegada plática de un bendito, comparada con la artillería verbal de Ramón Peiró. Pero te gustará saber... ¿Te acuerdas lo que te dije del 29 de abril? Aquella tan magnífica concentración...Pues estuvo en un tris que no saliera redonda. Y pa que rueden bien las cosas la redondez es absolutamente imprescindible, gusten las redundancias o no. Bueno, pues esa redondez aquel día no hubiera sido posible sin ese trotsko.
C) Sin cachondeo ¡eh, camarada...!
T) ¡Qué cachondeo ni qué leches! Fue que las cinco centrales se habían comprometido con nosotros a sacar una hoja... La hoja, la que convocaba a la concentración ante las oficinas centrales, ya sabes bajo que consigna. Sí, y llegó el día de repartir esa hoja -el día antes- y llegadas las doce de la mañana, ya estaban todas listas pa su reparto..., ¡menos las de la CNT! Hicimos averiguaciones, y supimos que el cenetista responsable de tenerlas dispuestas, sí, las tuvo tan puntuales como los otros ¡Cómo si no!, si se pasó la noche imprimiéndolas. Pero acabada su solidaria tarea se fue a dormir y, por olvido, se llevó con él las llaves de la secretaría donde dejó las hojas guardadas, ya impresas. Mal, qué mal, nos sentó aquel contratiempo, porque, en cierto modo la honorabilidad de la CNT podía quedar en entredicho. A nadie más que a los del Piquete perjudicaban que una central, la que fuese, diera lugar a insidiosas conjeturas. Por suerte, allí estaba Ramón Peiró. Y puedes crecerlo: no nos tomamos los del Piquete más en serio que Ramón Peiró el esfuerzo por hacer que las hojas de la CNT cumplieran la misión pa la que fueron escritas. Tanto así, que partimos él y yo en su coche hacia la calle Aviñó -allí tenía su sede la CNT- con toda la prisa que las circunstancias nos permitieron.
C) ¿No os dijeron si fue allí donde Picasso sacó su cuadro famoso con mujeres del partido?
T) Sí, me echas la bronca porque divago, y vaya pregunta la tuya. Si la hicieras por escrito, que apareciera partido con p minúscula...Así se echaría de ver que estás hablando de putas, aunque putas inmortales elevadas a la categoría de musas. Pero... ¡Pa preguntar por cuadros o mujeres del partido íbamos Ramón y yo! Jadeando como podencos le explicamos el caso al permanente cenetista, y nos confirmó lo que sospechábamos... Sin embargo, antes de rendirnos a la contrariedad, ¡rayos y truenos!, nos lanzamos los tres contra la puerta de la Secretaría como tres energúmenos poseídos de los demonios A empujones, a patadas de plano y venga y venga y venga. Luego con un gran destornillador haciendo palanca y sin dejar de empujar... Nos costó nuestros buenos sudores echar abajo aquella puerta, Pero la echamos. Y allí estaban las hojas. Y partimos de regreso a la Zona Franca, ¡veloces otra vez como hijos mimados de Hermes! Ni sé que marca de coche era el del trotsko Peiró. Sólo capté la letra gorda y de esa me sigo acordando: lo tenía pintado de rojo. Pero las hojas de la CNT fueron puntualmente repartidas. Las tuvimos a su hora donde tenían que estar antes de que salieran los del turno de la mañana ¡Pero fue posible gracias a Ramón Peiró! ¡Ah!, y una advertencia, camarada: cuidado y no te olvides del tilde si te da por a escribirlo. No sea que, por las prisas, escribas que unos camaradas tuyos violaron a una secretaria, pierdas la libreta, y te metas en otro lío. Con las ganas que te tiene el cabronazo y facineroso don Ínclito... Acuérdate de la tilde: secretaría Así no hay miedo de que nos pille el toro, ni sacro ni profano, a ninguno de los tres.
C) Descuida, camarada, ¡me quedo con la advertencia! Y con mi toro el de San Marcos, ¡también me quedo!
T) ¡Ah!, tu bucólico toro. Por mí no temas. Ése lo tienes tan seguro como el puente de Alcántara Pero no seré yo quien altere el orden de los símbolos carismáticos, esos que distinguen a los Cuatro Evangelistas del conjunto de los Apóstoles. Sí, yo sé que rumia, y que le emborrachan pa que no embista, un admirable toro de san Marcos. El san Marcos del 25 de abril, el mismo que llena los charcos. Buen guardián, camarada, pa mantener fresca la Revolución de los Claveles, si la siesta no le tienta. Algo recuerdo de él: ¡un toro borracho! Me han dicho, por escrito, que el padre Benito Feijoo lo rememora estudiando costumbres caducadas, o quizás no tan caducadas, de aquellas tierras -y de otras-. ¿No era el que lidiaba el cura mediante conjuros litúrgicos? Y que luego las mujeres, ante el altar Mayor, le acariciaban el testuz y le adornaban los cuernos con guirnaldas Y eso: en acción litúrgica le daban a mamar -al toro, no al cura- vino de la pitarra. ¡Lo que tú quieras! Pero en la representación tetramórfica que da la Iglesia antigua de los autores de los Evangelios Canónicos es el toro, ¡no otro, apréndetelo!, el animal que representa al autor del III de los Sinópticos Sí, camarada, San Marcos, por más que te empeñes, no muge: ¡ruge!, que no es lo mismo. Claro, tú me replicas mirando al toro desde la cucaña del costumbrismo, y yo te estoy fastidiando en homenaje a los Santos Inocentes. Si quieres tacharme de cismático, aprovechando la fecha, esa ventaja te doy. O atácame con los apócrifos
C) ¡Qué murga, camarada, qué palabras! Cismático, símbolos carismáticos, litúrgico, canónico, apócrifo, sinóptico, ¡tetramórfica! Quien te oiga y no te conozca, ¡madre mía!, creerá que eres un carca sin remedio intoxicado por el Opus Dei ¡Cómo serás tú con el boli! Ganas me dan de encargarte cierta misión de amanuense... O como esos del temple paulino ¡Anda que...! ¡¡Qué cabeza pa aguzar lapiceros en ella!! Quién no te conozca de cerca...
T) ¡Pcha!, tres colones me importan a mí, en metálico o en papel, las legañas de los ceporros. O ceporras, si terciaren. A ti, y por ser tú, te confiaré que mis dos hermanos más mayores fueron monaguillos, allá en el pueblo; eso cuando yo mamaba. Y mira. Si los entendíamos como si no, fueron ellos en la familia cajas de resonancia de clerical vocabulario. De ahí no pasaron. Ángel, el mayor de los cuatro, decía mi padre, ya al cabo de los años, que amenazó con hacerse sacristán. Cuando se tiene voz de farmacéutico y facundia de mancebo de botica, si se es carne de familia de jornaleros baratos, como la nuestra familia, un accidente así no lo des por imposible. Si puedes y sabes figurártelo forrado con bata blanca, menos te costará imaginártele sacrsmoche enhebrando letanías con el señor cura párroco. ¿Te cuento la tragedia del sacristán? “Vive el sacrismoche entonando lo que él sabe sin él saber lo que entona” Pero me extraña a mí que tú, tan leído como yo te veo, ignores que Paulo -o Paulus- es versión latina de Saulo y que Saulo es versión griega del nombre hebreo Saúl, el remoto ancestro de Pablo generador del adjetivo paulino. Has sido tú quien te has referido a Silvestre por su pseudónimo de activista político y sindical. Y siendo que la militancia comunista clandestina exigía verdadero temple apostólico, el apelativo paulino cuadra tan bien a los activistas que militaban en el PCI como los que militaban en el PCE. Y siendo San Pablo el campeón de los apóstoles... Supongo, aunque sea mucho suponer, que por eso elegiría semejante nombre Silvestre ¡Grave imprudencia, si no meditada temeridad! Todos sabíamos el nombre de guerra de Silvestre ¡Hasta te le sabes tú...!
C) Y como el tuyo sé que no me lo vas a decir, ni te pregunto. Y por la tragedia del sacrismoche te pediré aclaración otro día. Pero no cantes victoria ¿El Manolo ése que cuentas tiene un cuñado que se llama Antonio?
T) Hombre, por lo menos un cuñado que se llama Antonio, sí que tiene. El hermano de la María, su mujer. Podría tener más cuñados que también se llamen así. Pero yo al que conozco, y sé que existe, es éste. ¿Por qué?
C) ¿No será ése el Manolo de los timbres?
T) ¿El Manolo de tos timbres? ¡Los timbres...! Bueno. Manolos hay muchos. Entre mis amigos y pariguales que conozco los Manolos abundan. También mi hermano, el de Wad-Ras 13. Pero ahora que tú pulsas esa tecla, el Manolo que me suena, y muy bien, es el Manolo que trabajaba en la GINCAR: el cuñado de ese Antonio y mi vecino de escalera, aparte de mi paisano Manolo.
C) ¡Venga! Que yo oiga sonar esos timbres.
T) Fue en plena huelga de la GINCAR. Yo ya había salido de la comisaría. Aquel día, como estábamos en huelga doble, nosotros contra la Empresa, la empresa contra nosotros, estábamos repartiendo los fondos de solidaridad que nos llegaban de las cercanías ¿Tú has visto en alguna película, o leído en alguna novela, ir a cazar rinocerontes con escopetas de aire comprimido? Pues al revés te lo digo pa que me entiendas, hablándote de los efectivos y policías que custodiaban la fabrica. El reparto lo hacíamos en la calle, delante de nuestra escalera, a un vuelo de gallo, como quien dice, de Griferías GINCAR -en el Cami del Mig-. Fue cuando aparecieron los sociales conminándonos a disolvernos. Prudentemente, nos disolvimos. Pero uno de los sociales, que ya sabía yo que se había quedado con ganas de calentarme en el interrogatorio de Comisaría -allá en la Vía Layetana- se dirigió a mí, apuntándome con el dedo, en términos así de profesionales: “Y tú te vas a meter en tu casa, ¡antes de que yo te pegue una patada en los cojones!” Ante aquellos modales...Bueno, una pareja de policías sí que puede acoquinar a más de uno, empezando por mí; pero hay que ser demasiado prudente pa asustarse delante de toda una compañía armada. El caso fue que se me cruzaron los cables, ¡afortunadamente! Me afirme entonces contra el muro de mi portería como el que se afirma contra el paredón de fusilamiento, y desafíe así a aquel hijo de padre X, por no decir hijoeputa: “¡Podéis fusilarme, de aquí no me muevo!” Y fue cuando Manolo entró en acción: sin preocuparse de que aquel facineroso le estaba viendo y oyendo, pulsó los timbres de todos los pisos, diciendo: “¡¡Vecinas bajar ustedes corriendo, que la policía se quiere llevar otra vez a Faustino!!”
C) ¡Perfecto! Así me lo contó a mí tu... Porque luego yo me enteré en Bellvitge que esa Empresa denunció, por la radio, que un agitador profesional, despedido de la SEAT se había metido en la fábrica y..., bla, bla, y bla, bla, y bla bla.
T) Algo de eso me dijo Varo a mi. Hombre, seguro que por encargo nuestro no dieron la noticia. Y buen cebo pa movilizar a los grises era ése: agitar el tópico del agitador profesional. No iban a decir que los tiempos de trabajo estaban cronometrados por el hijo del dueño. O que en los servicios higiénicos de las mujeres estaban las puertas rotas para vigilarlas desde fuera, por si perdían más tiempo del necesario. O por alguna otra innoble curiosidad, ¡vete a saber!. Si te gusta apuntar cosas interesentes, puedes apuntar que, en Jerte, los patronos falangistas nos trataban con más respeto a los jornaleros que en la GINCAR a los obreros y obreras. A mí los falangistas en Jerte nunca me escamotearon la jornada laboral de ocho horas. Mientras que en la GINCAR, de acuerdo con la sirena, las ocho horas empezaban a las siete de la mañana y acababan a las siete de la tarde. Si volvemos a vernos te enseñaré una hoja con la plataforma de Convenio que exigíamos. Ah, y como yo y el jerarca del Partido en Hospitalet andábamos por distinta acera, aunque fuéramos por una calle tan ancha como la plaza de san Jaime, fue el párroco de la iglesia de la Avenida Europa el que nos imprimió las hojas con la plataforma del convenio. Sin pedirnos nada a cambio puso en marcha la multicopista de la parroquia tan pronto como acudimos a él ¡Conque mira si veo yo trasnochado el sermón anticlerical!
C) No, y que a ti también hay que echarte la comida aparte, camarada. Hubo una huelga en la SEAT a la que no te quisiste sumar. Perdona que te diga, pero yo diría que te pasaste de rosca. Saltar por encima de la unanimidad de los compañeros...
T) Camarada, yo con la comida no tengo ningún problema, ni a solas ni en comandita. Cuestión aparte son las unanimidades. Las hay de dos clases: .las provechosas en parte o en su totalidad, y las que no nos valen dos perras gordas. Dos veces, y no una, he saltado por encima de las del segundo marchamo ¿Tú te apuntarías a una huelga por motivos religiosos convocada por individuos con carátulas de anarquistas? Por chistosa tuve aquella santa porfía de la CGT contra el calendario de aquel año que incluía a San José entre los días laborables. En Valencia, aún, lo hubiera justificado, pero en Barcelona... ¡Eso si que era pasarse de rosca! La lección que aprendí las dos veces es la misma y me la sabía de entrada: la madre de la unanimidad es la Empresa y los sindicatos sus presuntos padres. En huelgas en la que la voluntad de la mayoría es substituida por el autoritarismo sindical, pone la empresa más cuidado que los piquetes en que los currantes no madruguen. Una molestia cotidiana que yo me tomé las dos veces, en defensa de mis convicciones. Y la última, por honrar una estrofa del himno de los anarquistas A las barricadas: El bien más preciado es la libertad/ Hay que defenderla con fe y con valor... Pues eso. Lo que respondí a tirios y a troyanos desde la revista InterSEAT: A lomos de mi libertad, y empuñando una razón, soy jinete de abrir paso.
C) ¿Y la hoja aquella..?
T) Sí, ya veo que también sabes que salió una hoja contra mí. Sus autores, dos, mira si serían perillanes, no se atrevieron a firmarla. Uno era el señor Rano, de Comisiones Obreras. El otro era un pez gordo de la CGT, por aquel entonces un sindicato en mantillas. Ilumina bien al par de dos el refrán que dice: si quieres saber quién es Gil, dale vara de alguacil. Luego pasó por el Mascarón del Marbella a saludarme Manuel Nogales, el Curita, un compañero de notable relevancia en la CGT. Por cierto mu cordial y tratable también este otro Manolo, como la inmensa mayoría de los Manolos y la gran mayoría de los cegetistas. O sea que, aparte el par de mamarrachos y alguno que otro cenizo, ¡aquí paz y compañerismo y a respetarnos unos a otros! Lo que crispó a los custodios de las esencias obreras fue que yo, por segunda vez, entrara por mi puerta de cada día a mi hora de cada día, y saliera por la misma puerta y a la hora de cada día y saludara a los del piquete con la cara descubierta, lo mismo al entrar que al salir. Pero volviendo a la unanimidad de que hablabas frente a la Empresa, conviene saber que, ante ciertas convocatorias de huelga, menos la escuece a la Empresa que nos soñemos que somos eficaces, ¡y contundentes!, que vernos despiertos a salvo de la demagogia. O lo que es lo mismo: pagar el salario a tres cuartas partes de la plantilla por una producción que no llegue ni a la cuarta parte de la producción normal.
C) ¿Y eso, por qué?
T) ¡Por qué va a ser! Porque el nivel de productividad está determinada por el nivel de coordinación entre los elementos especializados que, de ordinario, intervienen en la producción. ¿De qué sirve poner en marcha una cadena que no pueda concatenarse con la siguiente o la precedente? ¡Si vieras el empeño que pone la Empresa en huelgas de esas en que se aburran los de los piquetes!
C) Tú ganas, camarada. Y volviendo al Manolo de los timbres, ¿qué?
T) ¿Que qué? Que Manolo tenía bien tomadas las medidas a las mujeres obreras, puestas a defender a sus iguales de cualquier atropello. Se las tomo el día que las compañeras de la fábrica me subieron con ellas al vestuario, al día siguiente de empezar la huelga, impidiendo así a la policía mi detención. Y lo consiguieron. Me detuvieron los sociales, sí; pero no dentro, sino viéndose obligados a desalojar la fábrica ¡Chica autoridad moral me dio a mí aquello pa enfrentarme al interrogatorio! Además, el compañero Antonio Ríos, uno que vivía en Bellvitge en la calle Francia, me prestó su gabardina, pa que al salir haciendo pelotón con los demás compañeros, que no me distinguieran por la ropa. Claro, me distinguieron por la cara y por la pinta. Además de que me señaló con el dedo Mansiervo -el jefe de taller-.
C) ¡Mansiervo! Eso me suena a manso siervo ¿No tiene nombre y apellidos ese señor? Si lo tiene el director de la SEAT que os echó los caballos encima...
T) Claro que tiene. Pero don Luis Ramirez Arroyo es un personaje histórico, tan histórico como pueda serlo cualquier ministro de cualquier Gobierno. Por que yo me calle su nombre nadie dejará de saber cómo se llama. Mientras que este otro... ¡Que no, camarada!, que no quiero que lo apuntes en tu libreta. No parezca que nosotros, ni tú ni yo, señalamos con el dedo a nadie sólo porque sea de derechas o cosa por el estilo. Sí todos fueran como tú y yo, claro que te lo daba, pierdas o no tus apuntes. Pero hay demasiada gente, por una acera y por la otra, a quien su solidaridad de clase parece que la exonere de sus obligaciones pa con la especie a la que pertenecemos. Nombrarte a compañeros que se me apiñaron pa protegerme, sí te puedo mentar a algunos: Ríos, Pepe, Cabero, Pintado, Aguilera, mi paisano Naharro, Francisco García (Quico)... Que por cierto Quico me dio el buen alegrón de encontrármele en la SEAT, después ya de nosotros readmitidos. Mira, un afiliado más de Comisiones Obreras, encima de gran compañero. A los otros no los he vuelo a ver. Y Ríos murió poco tiempo después, de una mala enfermedad, maldita sea. No, tú ves apilando los nombres que yo te dé, te suenen como resuenen, que tiempo tendrás de discriminar adecuadamente esos tres o cuatro nombres chuscos, ¡pa que te olvides de ellos! Y también, salvando distancias jerárquicas, no tengo por qué ocultarte que don Luis, cuando fuimos a su despacho a darnos a conocer como nuevos representantes sindicales, nos recibió con impecable corrección y laudable cordialidad, o así me lo pareció a mí. Y no creo que él pasara aquel 18 de octubre mucho más relajado que nosotros.
C) Lo que tú digas, camarada. Esas acotaciones que me haces, aunque no te lo creas, me calan hondo. Y volviendo a cómo te detuvo la policía...
T) Pues mira, que aunque creyeran los compañeros que de nada nos había valido el subterfugio del pelotón y la gabardina, ¡anda que no me vino a mi bien entrar en el coche del 091 acorazado con la lealtad de compañeros compañeras! ¡Y antes! Por lo pronto fui yo, no los policías, quién los mandó que se desentendieran de mi detención. “¡Seguir andando, compañeros!” No fue eso lo mismo que si los hubiera dicho, en tono patético y desgarrador: ¡compañeros, esto es una injusticia contra un padre de familia, y no hay derecho, qué vergüenza, y tal y tal! Y el día de los timbres, las vecinas a las que pilló en casa el SOS de Manolo... ¡Te hubieran gustado verlas!
C) No las vi yo, pero hubo un compañero o vecino tuyo que las vio por mí, y por él.
T) ¡Como a toque de corneta aparecieron en la portería dando la cara! Y pusieron como los chorros del oro a sociales y grises. Los sociales se replegaron, o se agazaparon, en su 091. Los grises permanecieron en el furgón y en el autocar, menos un sargento que se bajó del coche tipo todo terreno... Pero nada. Pasó, sí, calmosamente por delante de mis narices. Sería pa examinarme. Me mantuve en mis trece. Y salvo el hijo del padre X que te he dicho, no menos franquista que Franco, me atrevo a decirte que en su conjunto se comportaron dignamente. O juzga tú mismo: agacharon las orejas delante de nuestras vecinas, y fueron ellos quienes tomaron el viático y desaparecieron de Bellvitge con sus armas y bagajes, ¡sin decir ni pío! ¡Ah!, y hablando de piquetes, el día que me detuvieron, que no se te borre de la libreta esto: formando piquete con compañeras y compañeros atravesé un piquete formado por la patronal. Y no habría menos de diez tíos. Eso sí, ellos también en actitud pacífica. Pero hay quede eso.
C) Fue lo que me contó Soria de los timbres, que os estuvo viendo. Pero lo del café, qué, ¿te lo vas a dejar atrás? Yo digo si no sería aquello buscando que le hicieras alguna confidencia ¿No crees tú?
T) Si me mientas a mi vecino y buen amigo Garcia Soria, ya sé por qué café me preguntas, aunque te dejaras atrás lo de la confidencia. Me apostaría algo gordo a que, en Bellvitge, al primero que se lo conté fue a él.. En principio fue que tuve suerte no haber sido interrogado por Creix. Según cuentan de ése los de SEAT y los del Bajo Llobregat, ¡me libré de buena! O simplemente que se encargaba de casos a los que dieran más importancia que al caso mío. También se hablaba, si no estoy confundido ahora, de un tal inspector Navales... Otro policía ya histórico y al que también tuvimos cerca el día de la Ocupación. Bueno. Yo podría decirte que acepté el café por lo mismo: esperando alguna confidencia de parte del señor inspector de policía. Sin embargo... Y la verdad es que sí. Fue el único policía que me dio su nombre y me dijo de qué pueblo era. Algo por lo que a mí no me preguntó ninguno, él tampoco. Y ningún inconveniente hubiera tenido en responderlos a eso.
C) Camarada belloto, aunque no sea más que por tu sinceridad, y por cómo ensalzas a tus compañeros con nombres y apellidos y ejecutorias, vale la pena escucharte. Pero refiriendo que un comisario de policía te convidó a café, ¡en la comisaría!, siento mucho decírtelo, pero así no te ganas medallas tú.
T) ¡Medallas...! Las medallas las echó yo de menos tanto como las trufas o el vino de arroz. Yo sigo creyendo que todos los que me interrogaron -exclusivamente de palabra y sin insultos- eran subordinados de éste. Después de muchas horas de interrogatorio, debió de llegar a la firme y correcta conclusión de que conmigo, por las buenas, no iban a sacar nada diferente a lo que ya habían sacado; que eso sí que me lo sacaron en cuanto que me lo preguntaron y sin hacerme yo de rogar: que las hojas de la GINCAR con la plataforma de convenio aprobada por nuestra asamblea- las había repartido yo. Si tendrían o no tendrían ganas de saber quién la había escrito, quién las había imprimido, y con qué máquina o en manos de quién estaba aquella máquina multicopista, a eso respóndete tú mismo, camarada. Yo lo que puedo certificarte es que salí de la Jefatura Superior de Policía, al cabo de 48 horas, acusado de propaganda ilegal, sí, ¡pero a nadie más molestaron por causa de aquellas hojas!
C) Un buen peso que se quitaría de encima el que te dejara la multicopista.
T) Yo diría que si. Y si hubiera vuelto a necesitar aquella máquina multicopista, hubiera vuelto a pedírsela a José Maria, el cura que había bautizado a dos de mis hijos -los mellizos, y la menor de mis hijas- en la parroquia San Juan Evangelista (Avenida Europa). Y seguro que me la hubiera vuelto a dejar. El tal inspector pudo ser lo suficientemente sensato como para entender que no merecía la pena utilizar conmigo otros métodos que los que emplearon. Y como resultó que éramos paisanos, porque, con su carné de identidad ante mis ojos me dijo de qué pueblo de Extremadura era, puede que yo le hubiera caído bien como paisano suyo. A fin de cuentas, camarada, la ética no es coto cerrado al que sólo tengamos acceso los humildes. Y menos todavía es, digo yo, manantial reservado a unos pocos elegidos sedientos de suma excelencia.
C) En parte tienes razón, pero el manantial de ese coto pueden rondarlo malas bestias al acecho de los excesivamente confiados, ¡mucho ojo con tus conclusiones, camarada González Pelaz!
T) Eso también es cierto. Y es lástima que aquel 18 de Octubre, después de nuestra rendición, trataran con tan poco respeto a los compañeros que confiaron en la palabra empeñada por la autoridad uniformada. Yo que creí que veríamos al salir una versión moderna aproximada de La rendición de Breda... Mira qué cuadro veríamos Dueñas y yo en la Principal, que aún con lo reciente que estaba el asesinato de Pedro Patiño en Madrid, a paso más que ligero nos volvimos a la factoría profunda, haciéndonos los sordos a la imperiosa prepotencia de los sociales, uno de ellos vociferándonos. “¡¡¡Alto o disparo!!!”Creo que no dispararon porque nos dio menos miedo que nos mataran que caer vivos en manos suyas. Si trataban a patadas y a puñetazos a los compañeros que metían en el furgón, ellos que podían acreditar que eran obreros de la SEAT, ¡cómo nos hubieran tratado a nosotros!, que no queríamos acreditarnos, ni podíamos, después de la faena que el ilustre abogado de la Empresa nos hizo con los carnés.
C) Mejor ni pensarlo, camarada. Encima de cabecillas, actuando fuera de la ley
T) Ya ves tú, yo entré con el carne de Marín, murciano, otro tío de primera fila de los de nuestra candidatura -Vocal Jurado de los no Cualificados- que me lo prestó pa aquel día. Se lo di luego al compañero Escudero, uno rubio de Almería, paisano del compañero Morales- el Vocal Jurado del taller Ocho, también muy querido por los currantes, sus electores-.Escudero trabajaba en el taller Cuatro. Que por cierto prefirió comérselo, antes que exponerse a que cayera en manos del enemigo o si la policía le echaba la zarpa. Como todos los proyectos al pasar de la teoría a la práctica se complican, pues no conté yo que un falso carné se volviera tan amenazador pa el compañero Escudero.
C) ¿Y Dueñas?
T) Te diga él. Y dirás que qué tenía que ver nuestro miedo con que dispararan o dejaran de disparar. Sin embargo, me parece a mí, que tuvo que ver y mucho ¡Tengo la casi certeza, y sin que valga como ejemplo, de que nuestro miedo nos salvó! Sin que deje de coincidir contigo en que lo mejor sea acogotar al miedo sobre la marcha. Pero es que pa nosotros obedecer el alto significaba pararnos y volvernos, y si tú quieres con las manos en alto. Fíjate qué diferencia, llegada la hora de justificar dos muertos más: matar por la espalda al que huye desarmado, en toda tierra de garbanzos puede ser calificado como crimen. Matar de cara... Que le convenza el muerto al forense de que se dirigía a la autoridad con intenciones pacíficas. ¿Y sabes por qué creo yo no nos persiguieron? Se lo desaconsejaron las sombras de la noche. Los dio canguelo meterse en la factoría a oscuras, pa ellos terreno desconocido pero no pa nosotros. Metámonos dentro de su mimado pellejo: en una selva desconocida, y de noche: ¿perseguiríamos a dos nativos enemigos nuestros sin poder echar por delante a buenos perros rastreadores?
C) Camarada, tú siempre tan ponderativo. Es inevitable. Nos enseña tanto la vida a algunos... ¿No sería de tu mismo pueblo el policía paisano tuyo?
T) ¡Como pa no ser ponderativo!, con las observaciones y preguntas que me haces. Si yo supiera que ése vive en su pueblo de Extremadura, puedes creerme, no tendría mucho reparo en decírtelo. Pero como no lo sé, y no todas las tierras de España son pa los policías extremeños tan habitables como Extremadura es pa todo el mundo, mejor que no lo apuntes en tu libreta. ¿Vale, camarada?
C) Camarada: ¿te atreverías a insinuar que en Cataluña a los extremeños se los mira con malos ojos? ¿O es que lo estás insinuando?
T) Hombre camarada, ni tan arriba ni tan abajo: un hombre como tú puede hacer preguntas de más alto vuelo. Los extremeños en Cataluña también somos Cataluña, lo mismo que los de las demás regiones de España, o cualquier rincón del planeta. Y, menos los que quieran titularse forasteros, vamos a ser tan remilgados como pa mirarnos mal a nosotros mismos. Acuérdate de que escribimos nuestros nombres en la señera catalana de nuestro cartel por la amnistía laborar.
C) Te acepto ese capón, camarada. Pero, volviendo a ese paisano tuyo que...
T) Volviendo a mi concreto paisano el policía, sí, tengo fundados motivos pa creer eso; que le caí bien cuando me vio de cerca. Y forma discreta de decir a sus subordinados que me miraran con lentes, fue esa. Yo es que no sé de otro a quien hayan invitado a tomar café en la Comisaría. Entre la gente que conozco lo tengo por caso único ¿Tú sabes la gran preocupación que yo tenía? ¡Que me preguntaran por la Ocupación de la SEAT! ¿Y sabes por qué? Porque aparte de contar ellos con mis antecedentes de activista sindical, el inspector o comisario que acompañaba al oficial que mandaba a los grises con el que pactamos nuestra rendición, ¡agárrate al banco no te caigas tú ahora!, era el mismo que unos meses después me convidaba a café en su domicilio: quiero decirte Vía Layetana cuarenta y tantos, Jefatura de Policía. Si estás interesado por ese pueblo extremeño y conoces a Costa y a Julián Delgado, quizás ellos, que también serán ponderativos, sepan si puedan confiarte quién era el inspector de la secreta que acompañaba al capitán Melero, cuando presentamos nuestra rendición. ¡Era el mismo inspector!
C) ¡¡La madre que le...!!
¡Como lo oyes, camarada! Que él se acordara de que era yo uno de los dos cargos sindicales que habían capitulado el 18 de octubre en la factoría SEAT -en nombre nuestro y de los demás compañeros allá en los confines del taller Siete lindando con el taller Nueve- no te puedo decir que sí; pero menos te diré que no. Porque nuestra bandera blanca fue parte de la máscara antigás que llevábamos puesta. O sea que con la cara cubierta por aquel trapo mantuvimos nuestro parlamento con el oficial que mandaba a los grises, un teniente o capitán.
C) ¡Ah!, ¿y ese teniente...?
T) No, con ese teniente -si era él- y con sus subordinados había dialogado yo por la mañana, allá en el taller Uno, identificándome ante ellos como representante legal de los no cualificados del taller Uno. Pero dialogando con intención de hacerlos desistir de su misión represiva. O sea, recordándolos que la Magistratura de Trabajo había declarado improcedente nuestro despido, y que ningún daño hacíamos a nadie por defender pacíficamente nuestro puesto de trabajo y nuestra representatividad sindical, eso sí, ¡hasta las últimas consecuencias! Con esto quiero decirte que sabían con quienes hablaban cuando Dueñas y yo los planteamos nuestras condiciones pa abandonar la factoría. Si el comisario que te digo no me vio la cara por la máscara antigás, sí que oyó mi voz tan bien como el teniente de los grises y todos los demás grises: “Nos rendimos con la condición de que nos dejéis salir sin hacernos preguntas” El silencio que nos envolvía a todos, en aquel momento, no era menos solemne que el que reina en una capilla mortuoria, con todo lo estridente que pueda ser un taller industrial.
C) ¿Y qué os respondieron?
T) Las palabras del teniente -o capitán, que ya aquella hora bajo techo no era visibles estrellas de ninguna categoría- salvo lapso de mi memoria, fueron estas: “Por nuestra parte, no hay ningún problema”. Pero los sociales de entonces, aparte de que su jefe oyera nuestro parlamento, ya nos conocían de mucho antes. El día de las elecciones estuvieron merodeando alrededor de las urnas. Por cierto que lo de protegernos con aquellos trabos blancos fue iniciativa y buen ejemplo del camarada Rufino, bravo y resuelto de perfiles románticos. Rufino Vas Pulido, otro de Cáceres. Pero de vuelta a mi anécdota en la comisaria, sí te digo que se está mejor delante de una taza de café hablando de la tierra con un policía, aunque sea de alta graduación, que no en la sala de interrogatorios atendiendo a las preguntas de una docena de policías currantes: a ratos todos a la vez, por intimidarte, a ratos uno o dos esperando sacar algo en limpio.
C) Conclusión: que te saltaste a la torera las normas escritas por el Partido referentes a cómo afrontar los interrogatorios policiales. La verdad que sí, camarada, que yo también lo tengo por caso único. Si además me dices que ni siquiera te insultaron...
T) Hombre tampoco es que es que se pusieran a hablar conmigo de toros ni de verracos, ni cerezas, ni calbotes o cabrestos, o del de vino de pitarra, ¡qué va! Reiteradamente me llamaron cazurro, ceporro, mostrenco... Pero vamos, que no son distinciones esas como pa que un tío cruja los dientes ni deba mesarse los cabellos. Yo por lo menos, no. Eso si sin que deje de ser cierto que el hijo de padre X se quedara con ganas de vengar a la pobre empresa GINCAR. Por lo que toca a las normas escritas por el Partido... Sí, circulaba un manual, ¡toda una pieza pa los amantes del coleccionismo! Llegué a leerlo. Me pareció más indicado pa ganar el cielo que pa afirmarse aquí abajo, en la grosera tierra que uno pisa. La última página parecía que hubiera de escribirla en sangre el último que lo leyera. Una de sus prescripciones merecía figurar en alguna película de los Hermanos Marx. Había que vomitar en la comisaría. Cabe suponer, atendiendo al heteróclito manual, que los policías tenían preferencia por los comunistas recién comidos.
C) ¿Tú cuando te diste de baja en el Partido?
T) Nunca. Porque nunca me llegué a dar de alta. Cuando mi paisano Mojoneros me dio la ficha que había que rellenar -ya estrenada la democracia en toda España- y vi que me preguntaban por mis estudios cursados... ¡Fuera! devolví en blanco la ficha. Y porque él era luchador de primera fila y de los no cualificados de la sección 120. Si en vez de él llega a ser algún personaje importante...
C) Cambiando de tercio... ¿Cómo me has dicho que se llama tu pueblo?
T) ¡Jerte, cojoño! ¡Te lo dije antes! Y no me obligues a soltar tacos de superior gálibo.
C) ¡Ha sí!, que me has dicho la sierra de Gredos, parte alta de Extremadura. A ver, a ver... ¿Tú sabes si en término de Jerte hay una zona que la llaman Las Rehoyas? Los maquis: ¿te suenan?
T) ¿Rehoyas? Por ese nombre no conozco en Jerte ningún pago. Dijeras Rejoyaj... ¿Si me suenan los maquis? ¡Cómo no! Si hasta llegué a... Por cierto que en mi pueblo no se los llamaba así: se los llamaba, los llamábamos, y muy respetuosamente: ¡los caballeros de la sierra! En la escuela, pa que tú veas lo que son las cosas, muchas veces acordaban los mandones jugar a los caballero de la sierra; pero como los mandones eran los hijos de los vencedores y tenían la sartén por el mango en todo, los desarrapados como yo sólo podíamos jugar si los puestos de caballeros de la sierra lo ocupaban ellos, ¡ellos!, los hijos de falangistas y requetés.
C) ¡Bien los estaba a sus padres! ¿Y tú? ¿Qué puesto te daban a ti? Un cero a la izquierda.
T) ¡Yo...! ¡Guardia Civil de toda la vida! Y alegre. Será por influencia subliminal de mi tío José Lucas Herrero, primo hermano de mi madre. Asistí a su boda. Se casó en Jerte con un guapa jerteña. Yo era un crío, y no quiero decirte cómo me escurría la pringue de los buñuelos hasta por los codos. Y carne y pan y vino y mansalva ¡Y natillas! ¿Pero a qué vienen de los maquis?
C) Lo del valle de Arán, camarada, aguas de borrajas. Yo en lugar de volver a Francia me acomodé por un tiempo en Barcelona, en casa de un camarada nacido en Besalú, haciéndome pasar por moro converso. Dos años después fue necesario que viajara a Madrid... Había que debatir el tema de la guerrilla entre el Comité Central y las células de la provincia, o lo que quedara de ellas; pero eché el viaje en balde; y peor que eso: urgía quitarse de en medio ¡Cuestión de vida o muerte! Sobre todo, que no peligrara el núcleo dirigente del Partido, que es lo que perseguía Franco con tanto ahínco. Se me habló de un camarada que aunque había hecho la guerra con el Campesino, su hermano, el camarada “Tony”, era de la máxima confianza. Se me aseguró que estaba bien relacionado con los contrabandistas portugueses; que en Ciudad-Rodrigo tenía una majada, y que era su majada un refugio fuera de toda sospecha; y que por medio de él podría cruzar la frontera de Portugal en su momento, y embarcarme luego, ya se vería dónde, y hacia adónde, corrompiendo con dinero a no me acuerdo qué funcionario salazarista.
T) Y si hubieras vuelto sobre tus pasos: ¿qué?
C) ¡Que no! Después de misión cumplida llegando allí, ¡más había que extremar las precauciones! Y las señas que yo llevaba pa enlazar con este camarada –haciéndome pasar por carbonero a ojos de mirones peligrosos– era entrar en la provincia de Cáceres por el Puerto de Tornavacas, dejar atrás el pueblo que lleva ese nombre, y seguir marchando hasta más abajo del puente la garganta de Becedas, a menos de una hora de camino; seguir carretera adelante, dejando a mi izquierda una casa de campo que la llamaban los del pueblo Casa del miedo –no sé si me dijeron que por recuerdo de la Inquisición-; a poco trecho, pasada la curva, vería, también a mi izquierda, un tejar; dejaría atrás el tejar, y un poco más abajo, otra vez a mi izquierda, encontraría la caseta de caminero. A poco de sobrepasar la caseta vería separarse el cordel o cañada ganadera de la carretera y allí, justo en aquel tramo, me desviaría a la izquierda y encontraría el puente que llaman de la Fuente Sauz. Pasaría por ese puente a la otra ribera del río Jerte. Y sin desviarme de la línea eléctrica, -una que sale de la laguna de Tiemblo, según mis instrucciones-, echaría a andar por el ejido, siguiendo las trochas de los cabreros, hasta llegar a una zona de güertos que se llama las Rehoyas; seguiría andando hasta que viera un castaño, todavía nuevo, que crecía debajo mismo de la línea eléctrica. Y que en llegando a ese castaño, recostándome sobre él y mirando en dirección a Plasencia, guiándome por la dirección de la línea, que comprobara si a mi mano izquierda, como a unos cincuenta pasos, había una pequeña cabaña con paredes secas construidas con piedras de río, sin labrar, y con techo de tejas baratas y la puerta dando vista al río y a la carretera. Hecha la comprobación, y no habiendo error, ¡allí era! A esperar debajo del castaño si no veía a nadie. Que mirara de estar allí, en los alrededores del castaño, no más pronto de las cuatro de la tarde ni tampoco después de las cinco. ¡Allí nos veríamos! Yo y el...Y sí, allí nos vimos. Allí nos vimos pero en la oscuridad de un velatorio, camarada, con ser día de verano a 25 de julio y la hora de la siesta ¡Caía una tormenta...! ¡Qué oscuridad! Lo primero que pensé, al verle tendido en tierra entre dos surcos plantados de maíz, el agua de lluvia casi cubriéndole, fue que le hubiese fulminado un rayo. Mi primer impulso fue el de poner pies en polvorosa; pero me di cuenta rápido de que mi situación no se agravaba por registrarle, mirando de encontrarle en los bolsillos o las alforjas alguna seña... ¡Lo que encontré fue sangre dentro de sus alforjas! Ya no me quedó más remedio que examinarle de cintura arriba... Un balazo, camarada, fue lo que encontré en su espalda. Quizás no hubiera sido mortal, asistido a su tiempo por un médico.
T) ¡Sigue!
C) Creo que mi enlace en tierras extremeñas murió desangrado. Gracias al resplandor de un relámpago me di cuenta de que de la boca le salía el pecíolo de una hoja de árbol... Aquel pecíolo me llamó la atención, como no podía ser menos. Pude abrirle la boca, y sin mucha dificultad porque todavía estaba caliente, y de la boca le saqué un envoltorio de hojas de castaño lo bastante voluminoso como pa proteger de la saliva la hoja de una libreta, escrita por una cara y con lapicero de aquellos que los llamábamos de tinta, pero que había que humedecerlos con saliva; entonces, salí a escape a meterme en la cabaña con la hoja escrita dentro del puño, por salvarla de la lluvia, y de camino resguardarme de la tormenta; y mira, el tiempo que hubiera tardado en leer la hoja ese hubiera sido el tiempo que hubiese permanecido en la cabaña. Pero con la que estaba cayendo... En los tres primeros renglones, los únicos que resultaban legibles, leí: “CAMARADA, NO TE DES A CONOCER ANTES DE SABER EN QUE RANCHO OPERA EL CAMARADA MAUSER. EL HUMO DE LA TU PIPA NO PODRA NUBLAR LOS OJOS A LOS DUENDES. MÁS CLARO TE LO DIRÉ PA QUE NO DIGAS. ATIÉNDE...” “¿Atiende?” ¡Qué más hubiera querido yo! Pero no pudo acabar de escribir la alarma que quiso darme.
T) ¿Quiso decirte que había infiltrados en alguna célula cercana...?
C) Si quieres exprimirte la mollera.... ¡Yo lo sigo viendo tan oscuro como aquel día! Y como llevaba un día en ayunas, con el cuadro aquel, mira qué cuerpo se me pondría, ¡sin conocer a nadie! Me dio reparo llevarme a la boca el mendrugo de pan que le encontré en las alforjas: ¡estaba teñido... No lo toqué. En la cabañuela tuve mejor suerte: en una oquedad de la pared norte, a manera de alacena, encontré un tarugo de pan negro, de las raciones, el pan moreno que tú dices que echabais al gazpacho. Y junto a las cenizas del hogar, puesto en la piedra trashoguera, un cazuelo de barro medio lleno de vino tinto. Y flotando en el vino, no sé a santo de qué, una ristra de cuentecillas enhebradas a una cruz. Sería un ponche que se habría querido preparar el crío que encontré durmiendo, dentro de la cabaña. ¿Durmiendo una borrachera monumental? ¿O que el miedo a la tormenta le tenía agarrotado como un tronco? También pudo ser que si vio caras extrañas tuviera miedo. En la postura que estaba, hecho un ovillo encima del camastro...Te hablo de un camastro levantado a medio metro del suelo, hecho con ramas de castaño, que venía a ocupar la mitad de la cabaña. El caso es que caté el ponche...¿Ponche? ¡Salmuera! Pa mí que confundió el infeliz sal con azúcar. Yo, por comprobar si dormía, le llamé, por lo bajo, unas pocas de veces: “Chacho, rapaz, guaje, chaval, ¡chico!, ¡¡nano!!” ¡Ni por esas! Lo peor, tantas horas sin comer, que el tarugo de pan, como estaba tan duro lo fui empapando en la salmuera, y comí; pero me empezó a apretar el sueño. Y cualquier cosa quería yo menos quedarme roque con el camarada muerto, allí delante de la cabaña, ¡y con aquel crío por medio! Porque no me venciera el sueño, saqué de mis alforjas un cuaderno en el que tenía unos apuntes, me puse a leerlos en voz alta... Esperando que amainara la tormenta, pero con miedo. Temía que se juntaran los truenos al vozarrón de los cárabos, tú ya me entiendes y, figúrate: si me encontraban allí el padre o la madre del crío, ¡sin yo conocerlos! Escampó. Con la puesta de sol salí de la cabañuela, con algo de vino en una calabaza, sin saber a dónde dirigirme. Sólo sabía que Jerte quedaba como a kilómetro y medio de Las Rehoyas y... ¿Y si nos sentamos en la mesa de los que están fumando?
T) Vale. Así podemos respirarnos el humo gratis y sin tenerlo que agradecer ¡Pero qué Lástima, camarada!, no te diera por hojear el Calendario Zaragozano. Estaba bajo del tarugo de pan bruno. Huelga ya que te pregunte qué hiciste con el muerto, tu enlace. Ni me preguntes por el jerteño de la boina, la camisa caqui y las alpargatas rotas, con los pantalones de pana hechos un mapa a fuerza de tantos remiendos. Digo el jerteño que te indicó el Vado de los Pánjalos. Pa que pudieras vadearlo, ¡a tiempo!, y refugiarte en el Ventorro El Lobo, sin que te vieran en Jerte, sin tú saber a quien poder preguntar. ¡Bah!, cambiemos de mesa, y me desvelas quién es el cabrón don Ínclito ¿Te recuerdo la contraseña escondida en tu acertijo?:
PIDE A CRISTO TE DÉ SU FAZ POR ESCUDO SI VES CAER DE CERCA DE TI AL GIGANTE QUE DERRIBAS
<Señoría mío Don Ínclito Malángel, ¡cuán cuitada me hallo! En el globo que habitamos nuestro feudo veo en globo ¡Ya no quedan delincuentes! Veo nuestro porvenir negro como nuestra toga> <No temas, frágil criatura: ¡Excelsa Perezuela letrada mía! Si nos faltan delincuentes los inventamos ad hoc. Mientras me asista Procusto a nuestro papagayo Contubernio no le faltará forraje ni croquetas a nuestra perra Deontología. ¡Ni su amo ni su ama se quedarán sin llenar la andorga por culpa de virtudes ajenas! ¿Olvidas que me cagué en las máximas autoridades habidas entre filólogos, retóricos, gramáticos, vates, oradores, manifestantes, amas de casa, periodistas, enfermeras, profesoras, historiadores, lectoras de horóscopos, locutoras, sindicalistas, cómicos, actrices, preceptores, columnistas, corresponsales de guerra y demás chusma defensora del derecho a la libre expresión? Me cagué en sus derechos por complacerte a ti, en honor a ti, ¡recuérdalo, y no jodas ahora! Te prometí, ¡por el calibre de mi íntimo legajo!, sinonimia entre los verbos amenizar y amenazar y a tu ilustre disposición sigues teniendo mis dídimos ¡Formalicemos la coyunda de nuestro adulterio haciéndolo definitivamente extensible al significado de las palabras! Ninguna ley prescribe de manera taxativa: “El juez se mostrará tan respetuoso y escrupuloso con el significado de las palabras como el vulgar contable con los números o con la ecuaciones el eximio constructor de puentes” ¿Te vas a deprimir tú? Nos apadrina Jerárquico Elmalandreu Malandrín Magistraidor> < ¡Sursum corda!>
Manolo y María, ¡Saludos de Bellvitge!
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Pos scriptum. Volví a Los Encantes a la semana siguiente. Esta vez por si veía al camarada brigadista de la PLAZA DE LAS GLORIAS CATALANAS. Me hacía ilusión mostrarle la hoja de la GINCAR y sobre todo y principalmente la pegatina de los trotskos, que ésta sí que le haría ilusión verla. Al cabo de tantos años...
Otra sorpresa que me llevé. Ya en Los Encantes, al bajar las escaleras, oí que alguien me llamaba por mi nombre. Me volví, y era el moro de la grabadora. Me preguntó a quemarropa, con su imborrable acento moruno: <¿Es que no te acuerdas de Olid?> ¡Qué cabeza la mía! Y muchos años por medio, claro. Este moro y yo habíamos trabajado juntos en la construcción -en COLOMINA SERRANO- cavando pozos pa los cimientos de las viviendas. Allá... Porque entonces ese trabajo se hacía a pico y pala, no con escavadoras. Hablo de unas viviendas que COLOMINA SERRANO construyó entre la Gran Vía de las Cortes Catalanas y Montjjuïc, ahí cerca de La Campana, donde ahora se pagan las multas. A este moro le llamábamos Olid porque hablaba mucho de Valladolid... < ¡Olid, Olid!> Pero el agrado de reconocer a un buen compañero de fatigas, él mismo me lo nubló ¡Se le puso una cara de tristeza...! Me puse en lo peor, y acerté a medias. El camarada brigadista había muerto; pero no había muerto de viejo y a fe mía que ya lo era. Había muerto atropellado por un coche y tampoco porque él anduviera borracho o que hubiese ignorado alguna señal circulatoria. Por lo que me dijo Olid, casi llorando, fue que se metió por medio entre una niña, morena y con trenzas (Jarifa) y unos maleantes que la quisieron meter en un coche por la fuerza y escapar con ella. Podemos imaginar que no sería para honrar su tierna inocencia. No, si no lo que pueda esperarse de asqueroso dúo integrado por apestoso chulo putas y miserable pederasta. Nuestro camarada, que vio la intentona mientras aguardaba autorización del semáforo, con su siglo XX acuestas como aquel que dice, pues no estaba ya pa Cruzar el Ebro. Pero tampoco se cruzó de brazos. Antes de que arrancaran se tiró a lo largo delante del coche pa impedirlos arrancar, hasta que llegara gente que pudiera rescatar a la niña, de unos diez o doce años. Consiguió lo que quería: los maleantes se asustaron, echaron a la niña fuera del coche de un empujón, sí, pero antes de darse a la fuga se vengaron de su salvador pasándole el coche por encima. Pobre don Ínclito, el disgusto que tendrá: ya no podrá meter en la cárcel al de la gorra leninista ¡Hijoeputa asqueroso juez, cuánto odia a los poetas y sus leyentes!
Además, la niña se cayó y faltó poco pa que un motorista la atropellara, por esquivar éste la brusca maniobra del autobús que le precedía. No la atropelló gracias a que mi colega Olid pudo cogerla a tiempo, de las trenzas, y arrastrarla por encima del bordillo. Ande mi amigo Olid con cuidado ¡¡Adiós camarada brigadista Celtiberio!! Cuando en la noche oscura busque luceros en la bóveda celeste, ¡me acordaré de ti!
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¿LAMENTAS QUE EL SOL HAYA ECLIPSADO EL TÍMIDO FULGOR DE LAS ESTRELLAS?
EN PUEBLOS COMO CAMPILLO DE ARANDA TAMBIÉN LUCEN CARAS COMO LAS DE ESTA NIÑA.
Carta privada dirigida a Pero Illán Millán I: <¡¡Va por España, maestro Pero!!>
¡Hola maestro Illán! Me alegra saber que tu subalterno Perojimén ya está fuera de peligro. La carta que leerás siguiente a la tuya no es exactamente la misma que escribí a la revista LA AVENTURA DE LA HISTORIA (8 del 6 del 2010). ¿Recuerdas lo que te comenté sobre las taifanomías? Si hombre, la tarde que nos dimos al sol y sombra en tu taberna preferida en la siesta de los domingos: La Petra Botera, recoño, la del número 142 de la calle Santa Sectarina, esa que queda frente al club del PPC (Poetas Patéticos castellanos), si la memoria no me falla. Con que te acuerdes de la máquina automática que expende por docenas las cartulinas de las licencias poéticas, ¡ya sabes donde te digo! Por cierto que la crisis también está impactando, ¡pero fuerte!, en ese sector tan olvidado de los ministerios. Echa cuentas: ¡cinco duros de los de antes ha bajado la docena de docenas!
Y vuelvo a lo nuestro: en ese número de la AVENTURA se sale, ¡y voto a tal que en buena hora!, en defensa de la España taurina. Fíjate: nos pedían a sus lectores que les enviáramos fotografías evocadoras de la Fiesta. Se refería a fotos privadas, no a las disponibles -previo pago- en fototecas de publicaciones empresariales. Mándalos tú alguna de tu archivo familiar. ¿Que si dirigí la mía con intención de que me la publicaran? A ningún tonto le amarga un dulce, y ojalá hubiera sido así. Pero mi primer impulso fue elogiar su gallardía editorial frente a la malsana marea de lo políticamente correcto; y, de rebote, dar a conocer a mi mujer, y a nuestras hijas e hijos, mi parecer sobre el tema. No tenía yo, pues, razón ninguna para esperar lo contrario de lo que mi mujer temía: “No seas bobo. Si la escribes tan larga y no debe pasar de 300 palabras, no te la publicarán!” ¡Y vaya si acertó! Sin embargo, caprichos del humano sentir -y decir sentir es decir interpretar-, que mi mujer acertara no quiere decir que yo haya salido inerme del lance ¡Qué va! Y lo que estás pensando: cómo no acertar ella si, aparte mi desmesura epistolar, ni siquiera estoy suscrito ¡Para qué! Desde que apareció su primer número la recibo cada mes puntualmente y de gorra. Aparte que mi opinión nadie está obligado a divulgarla, ni tampoco a dar por buena mi manera de explicarme.
Creo, empero, que lo equivocado en estos casos es encogerse de hombros; mas no será este atávico celtíbero amigo tuyo el que deje secarse la tinta de su bolígrafo por causa de limitaciones ajenas a su voluntad. Me faltaba encontrarme con mi camarada Revulguez Mingomez, otro gran defensor y admirador tuyo. Fue en Barcelona, en la calle Pelayo, junto a la entrada a la estación de los trenes de cercanías (plaza de Cataluña) ¿Qué día? El 28 de diciembre del 2010 a al 23 horas 55 minutos. Iba con Montserrat, su mujer de toda la vida, ella leridana (de Cervera, creo). Tras nuestro fraternal saludo de siempre, me soltó a bocajarro:
--¡Prepárate, camarada González! De hoy en un año, los prospectos de la farmacia, ¡todos en catalán! Nos lo acaba de decir mi Jaime, y de ésta. Por teléfono, desde Ciudad Rodrigo ¡Lo que oyes!
Me quedé mirándole como a una pieza del museo de cera... Y ya que entendí que debía tomármelo tan en serio como él, ¡jo!, me sentí al borde de un colapso plurimúltiple: cardíaco, respiratorio, circulatorio, cerebral, renal, endocrinal, hepatical, peritoneal... ¡Lingual...! ¡Bueno! La lengua se me quedó seca que el rabo de una cerilla. Porque ya a la edad mía está uno para pocos arrechuchos. Al fin conseguí rehacerme. Y simulando cachaza, y por atalantar a Revulguez a mi gusto, le respondí así:
--Tranquilo, camarada ¿Tú no me ves a mí? ¡Mírame: tan inerte como un cencerro sin pilas! Y lo que se ha dicho toda la vida: tras la tempestad, la crecida del río. Y si el río no hace ruido, ¡seguro que va muy crecido! Y si tan crecido va, ni apelando al concurso de taurófilos y filoasnos habrá fuerza para poder contenerlo. Conque...
Me callé porque vi a la Montse con ganas de terciar. Y esotérica ella, terció, como verás, con ganas de tirarme de la lengua, pero así como en clave para iniciados, tú la conoces, diciendo:
--¡Y como llegue a cabrearse Jotacé (J. C.) y consulte con Jotaele (José Luis), capaz será el moncloíta de proponer que se multe a las preñadas que fumen alrededor de la Zarzuela.
Yo, ya me conoces; cedí al antedicho tirón y me explayé en términos así de llanos y ponderativos:
--¡Huy, Jotacé! ¡Él tan puntero! Pegará un puñetazo en la mesa de su despacho... ¡Temblará la meseta y las periféricas taifanomías...! ¡Y botará hasta el florero! ¡Menudo cancerbero, en pro de la moderación! ¡¡Qué será de nosotros el día que ese ungido o el que le sigue nos falten!!
Y por que me interrumpió Revulguez, como hacía tiempo que no nos veíamos; si no, seguro que la Montse me hubiera premiado con algún enardecido ¡ole! Él casi exigiéndome... Prefiero que le oigas:
--Oye, camarada, nos se va el tren, pero escúchame bien lo que te digo: tú que tiras bien de boli, manda una esquela a la Generalidad de Cataluña pidiendo una prórroga, ¡coño que es que el año se pasa volando! Y que ni ellos ni los otros se tapen sus vergüenzas con el humo del tabaco ni con otras prohibiciones, que ya nos están tocando los doblones a más de uno ¡Como si aquí no hubiera Botines!! Y contra los toros... ¡Pero cuántos loros hay que oír! Esto se pone ya de puta madre pa arriba, tú me entiendes ¡Y nos vamos! ¡Y nos vemos! ¡¡Hasta la vista, camarada!!
* * *
Que yo tire bien de boli es, en el mejor de los casos, una verdad a medias. Me gustaría saber escribir en catalán como en castellano. Y sí, los números de las páginas de los libros escritos en catalán los entiendo bastante, Pero. Pero de ahí a escribir en la lengua materna de Pompeu Fabra, ¡no va nada! Me curo de ese disgusto encareciendo a mi prole, enteramente nacida y criada en Cataluña, que no se conformen con hablar en catalán sin revolver el guiso de la padilla con el caldo de la escudella, como les pasa a tantos y a tantas, de una franja y de la otra. Y más que eso les pido: ¡también que aprendan a escribir en catalán respetando, con el debido rigor, sus reglas de ortografía! Y suelen hacerme caso ¡Y hasta que lean alguna Biblia escrita en versión catalana! Raro será en una versión bíblica en catalán, tan raro como en las versiones en castellano, tropezar con expresiones bastardas.
¿Y cómo cumplir yo con Revulguez? Estampando en Internet esa carta a continuación de la tuya. El también se opone, como tú y como yo, a la prohibición de las corridas de toros.
Sin embargo, y en honor a la equidad, primero debo inclinarme ante la razón que asiste a los catalanistas para declararse incómodos en la vigente constitución estatal. Porque la misma constitución que declara la españolidad de los catalanes, veta a éstos hablar en catalán en el parlamento español. ¿En qué quedamos? ¿Son españoles o no son españoles? Si no lo son, razón tienen para querer migas aparte. Y si lo son, tan española es la lengua catalana como la lengua castellana. Como dijo el abad de Montserrat Aureli M. Escarré. Según la HISTORIA DE CATALUNYA de el Periódico, prologada por el señor Jordi Pujol, se explicaba así: <Nosotros somos españoles, no castellanos> ¡Palabras que van a misa! ¿La pasta? Estamos hablando de cultura española. Y ningún designio divino, ni obstáculo insalvable de orden material, impide al Estado levantar instituciones que promuevan, y fomenten, el estudio y amor de todos los españoles por todas las lenguas hispanas. Que tampoco son tantas. ¿Tan disparatado sería exigirle a cada diputado del parlamento español el conocimiento de un par de lenguas indígenas, acorde con la territorialidad de España? ¡Principio quieren las cosas! ¿No crees tú, maestro?
O consúltese, hablando de pasta, con economistas aficionados a la bici y hostiles a los corrosivos humos de coches oficiales superfluos, y al parasitismo creciente. Seguro que pronto darían esos con la solución. Además, porque algún magnate haga regatas en una alberca: ¿qué? ¡Como si regatea en su bañera! ¡Cuántos españoles habrá que ni de bañera dispongan! Empezando por ahí y acabando con la sangría de subvenciones más o menos discriminadoras, más o menos sobornadoras de elementos oportunistas, ¡eje sobre ruedas! ¡¡Y qué buena argamasa sería, para nuestra buena convivencia, que todas las lenguas de España circularan por los oídos de todos los españoles en las abiertas sesiones parlamentarias!! Y vuelvo otra vez a lo de mi carta pro taurina y perdona mis divagaciones.
Si te dijera que dicha carta y la que sigue a la tuya son la misma acabaría antes; pero siempre es más presentable la verdad redonda que erosionado -o acrecida- por el fluir del imparable tiempo. Conque midiendo a ojo de buen cubero, y hablándote en lenguaje campesino, te señalo que las cartas aludidas (A y B) se diferencian una de la otra en grado similar a como el vuelo del águila ratonero se diferencia del vuelo del águila culebrero. En cuanto al brindis que empenacha la tuya, ¡ojo!: no es brindis incondicional a toda España, ¡no! Sólo a la España de los españoles que tengan las cuentas claras ante los sabuesos del periodismo. Porque, te lo digo con franqueza, toda precaución es poca para impedir que a los de abajo se nos administren nuestras señas nacionales como sucedáneos del narcotizante opio. Y corto ya, que no me place invitar a buena gente como tú a gatear hasta las fatigosas cumbres de la política nacional. Aunque, como bien dices tú: lo penoso no es ascender a esas cumbres sino descender hasta la vomitiva caldera de Pedro Botero, donde se cuecen revueltas las decisiones legislativas, jurídicas y ejecutivas. Tú lo dices y yo te aplaudo, que por algo te llamo maestro ¡Hasta otra, y recibe mi apretón de mano! Y da recuerdos míos a tu cuñado Perojimén.
Señor director de Editorial Claret (Editorial Claret, SAU
Roger de Llúria, 5 –08010 Barcelona
Señor director de Editorial Claret: soy Faustino González Pelaz, humilde servidor de las buenas personas: cuando puedo y donde puedo y como puedo. ¿Motivo de esta carta?
Le recuerdo: el día de Santa Columba del 17 de septiembre del 2011 se ha cumplido un año desde que entregué a su editorial, en soporte informático, un manuscrito mío que tiene por título Razón o sinrazón de un alegato perdido. En el soporte de dicha pieza consta la dirección de mi domicilio, mi número de teléfono y mi D. N. I. Cuando se lo entregué a la recepcionista, me preguntó ésta si quería que me lo publicaran, a lo que respondí afirmativamente; y a mi pregunta de cuánto tiempo tardaría yo en tener respuesta de ustedes, me respondió con palabras canjeables por las que lee en bastardilla: como vamos de cara a la Navidad, el trabajo se acumula. No es mucho responder, pero menos elocuente es laurel que la sibila.
Meses después volví, a interesarme por mi encargo; y de paso, a entregar a la recepcionista una nota en la cual dejé escrita -en letra de molde- mi buena disposición a admitir cualquier posible enmienda a mi trabajo o su consejo profesional, si hubiera lugar a ello, y también una semblanza de mi manuscrito resumida en una hoja como esta; además de por facilitarles su labor, por insinuarles que para responderme con un sí o con un no, tocante a mi deseo de ver publicado lo que a ustedes entregué, no caben ambigüedades ni dilaciones palaciegas. Sin embargo... Pero de vez en cuando Dios, por medio de fiables emisarios, nos sacude las escamas de los ojos a los que aprendimos a leer y a escribir poco menos que de estraperlo.
Verá: hace unas cuantas noches tuve una revelación -en sueños, por supuesto-. Un señor vestido de uniforme castrense y divisas de moderno General de División (de Infantería) me abordó con estas palabras:
“Abre tus ojos, amigo infante: antes verán los míos tambalearse las potestades del mal que los tuyos al director de la Editorial Claret dirigirse a un infante español raso, caso tuyo. Y no le juzgues equivocadamente. No te desprecia a ti ni a tu manuscrito. Intenta que tú creas eso para desarmarte de tu autoestima. Si lo consigue, te sentirás tan inerme que no te quedará ánimo ni para defender lo tuyo; y menos para dar jaque mate a la ética que se deriva de su estrategia empresarial. ¿Secuela?: podrá hacer mancas o capirotes con tu Relato como si hubieses muerto y nadie te recordara. Y recuerda tú que no pediste acuse de recibo ni la Claret te lo dio. Tendrás que usar madeja de hilo fino (de seda, que no se rompe), para salir del laberinto en que puedes meterte. Lo que no sé es dónde has leído o a quién has oído esa frase que en tu escrito pones en boca mía. Te la repito: <Mas vale mucha sabiduría y mediana santidad, que mucha santidad y mediana sabiduría>
¿Te acuerdas? No, no te amilanes. A otro le pondría firme, le miraría de hito en hito o le sometería a prolijo interrogatorio. A ti... ¡Nada! Doy esas palabras por bien dichas. Entre los guijos de tu prosa brillan pepitas de oro. Tú no las has visto, pero Claret, ¡seguro que sí! ¿Eres tan confiado que esperas que te lo digan? Sí, soy el que crees que soy: Ignacio el de Loyola, nacido en 1491 a un tiro de fusil de Azpeitia. Y vale por hoy, que la noche la hizo Dios para dormir ¡Salud, amigo infante!”
Me desperté contento a la vez que melancólico. Contento por partida múltiple: por el aviso recibido, por haberlo recibido de un heraldo de tan fiables pies y tan maciza palabra, por su cordialidad, por la calificación moral que me reconoció; por la buena atención que tenía prestada a mi prosa...Y porque al buen entendedor pocas palabras le bastan.
¿Por qué melancólico?: pensando en otros como yo ¡Medrado está el infeliz que no tenga santa ni santo que le asista en trance así de vidrioso y oscurecido! Oscurecido por quien finge no ver ni oír
Usted dirá, en su fuero interno, y no sin razón, que nadie me obligó a llamar a su puerta. Razón que yo le refuto, también con razón, con esta sencilla pregunta: ¿y a usted quién le obliga a anunciarse como editor en la fachada de su edificio, en una calle tan céntrica y populosa, a la vista de tantísimos viandantes? ¿O tiene por allanamiento de morada que entre gente en su librería en horario comercial? Puntualicemos, señor director: su obligación moral de devolver lo que no es suyo no le obliga a dar por bueno lo que es mío. Si tacha esas mis cien páginas de ripiosas, aburridas, indignas de la prosa castellana, enemigas del buen gusto, injuriosas contra la Iglesia y tal y tal, no pasa nada; eso a mí no me lesiona y su voluntad es suya. ¡Faltaría más! Nadie le impide despreciarme a mí y a mi manuscrito. Ni correría ningún riesgo con decírmelo aunque fuese a través de algún mandado. El pan de mi mujer y el mío no depende de aprobaciones ni bendiciones de ningún mortal.
Como si me incluye en la milicia de Satanás por mi activismo -pagado por mí- en el movimiento obrero, cuando trabajaba (asalariado). Y si fuese que ha apreciado indicios de delito en alguna de mis expresiones, o descubierto plagio, ¡cásputa!: yo en su puesto perdería el culo corriendo hasta llegar al juzgado más próximo. Pero no se ampare en vaguedades para apropiarse de lo ajeno: ¡¡devuélvame mi Relato!! ¡¡¡Ya!!! ¡Sin demora! Nací el año que estrenaron Lo que el viento se llevó, conque no espere, bajo capa de elegante caballero católico de exquisitez ofendida, a que el viento de Saturno me lleve a mí. Antes hágame saber en nombre de qué ley ya es suyo, y no mío, el citado producto de mi personal esfuerzo.
¡Venga!: apresúrese usted, ¡en bien de su nombre!, a remitirme por correo mi CD-R. Por el franqueo no se preocupe. Yo lo pago ¡Pero devuélvamelo, y ubíqueme si le place entre sepulcros ennegrecidos! ¡Es mío ese relato! ¡¡Nuestro!! De mi mujer y nuestra prole: esas dos féminas y tres varones que embellecen el pórtico de Razón o sinrazón de un alegato perdido.
Quizás le haya sorprendido que de tantas versiones bíblicas como cito en las cien páginas susodichas no mencione la suya: Un poble a l´escolta de Déu (depósito legal: B. 22635-2004).Y la verdad es que me hubiera gustado. Aunque sólo fuese por señalar a mi prole una fuente de confianza, a la hora de conocer la lengua catalana depurada de vocablos espurios. Pero que falte en su Biblia infantil el perro de Tobías...Sí, más barata sale la materia prima, al no tener que alimentar bocas inútiles Pero no estoy seguro de que una Biblia que empiece en el desierto, y no en el Edén, sea una Biblia como Dios manda. Ni católicas ni protestantes, ni ortodoxas, he visto jamás una así. Y no me parece excusa de fiar que sus destinatarios sean escolares. Entre las varias biblias escolares que tengo vistas y ojeadas le citaré la que creo más representativa: Compendio de la Historia Bíblica, ¡del año 1883!, recomendada por el S. S. el papa León XIII. Y nadie con buen juicio se atreverá a tildar de frívolo, retrógrado o pusilánime, al Papa de la Rerun Novarum. Y nada más, señor director de la Editorial Claret. Bueno, sí, le deseo que viva muchos años, que también los muchos años, y no sólo los estudios superiores, son venero de sabiduría.
Faustino González Pelaz (DNI: 7379101 B). Avda. Europa 252 – 5º -1ª. Hospitalet de Llobregat (Barcelona). A 4 de noviembre de 2011.
¡¡Olé la foto de LA AVENTURA!!
¡Sí, señores! Y es que la foto mía, aun siendo más explicativa, sólo se conserva en mi mente; y eso por la atención que me presta Mnemosina: ¡al cabo de dos largos tercios de siglo! Sí. Me recuerdo a mí mismo en Jerte (Cáceres) una antevíspera del Santo Cristo (del Amparo), agarrado a la falda de mi catolicísima madre, viéndola entregar dos duros: “Pa loj quintoj y pal toro!” Dos duros ganaba entonces un jornalero, el día que echaba el jornal; lo sé de buena tinta. Pero a los jerteños, chicos y grandes, nada nos acercaba más al cielo que ver a nuestro toro bravo el Día del Cristo en la plaza (16 de julio): ¡en nuestra plaza! Y en la plaza, los itinerantes maletillas vestidos con trajes de luces.
También en la plaza campeaba el heroísmo mancomunado, empezando por aquellos nuestros admirados maletillas y acabando por los jerteños. Porque en dicha plaza, como en sus pariguales la de Tornavacas o Cabezuela, o cualquier otra en la Piel de Toro, se sufrían graves cornadas cuando no mortales. Y era cosa de ver, y nunca olvidarlas, aquellas lecciones de magisterio social: ¡con qué desprecio por el pellejo propio se iban los jerteños al bicho a cuerpo limpio, mozos o casados, prestos a que quedara en susto el siempre esperado y temido revolcón del maestro! Y por obra y gracia de la fuerza unida vecinal avivada por las preces al Cristo, en susto solía quedar el revolcón o la voltereta. Lo puedo decir bien alto: aquellas muestras de amor al prójimo nos redimían, ¡y muy cumplidamente!, de nuestra campestre rudeza. Habrá quien me contradiga, y diga: “¡A fuerza de cojones al toro también se le vence!” ¡Bah! No pasa nada por hablar como hablaban nuestros ínclitos abuelos
¿El toro de lidia? En España el toro de lidia es el niño mimado entre todos los animales sometidos a perpetua explotación o servidumbre: muere como un noble guerrero tras haber vivido media vida como un rey ¡Cuánto más digno ese elevado destino que no vivir en esclavitud! (como los animales de granja). Esclavitud que, a la postre, a pocos de esos esclavos libra del degüello impune. ¿Y la suerte del conejo salvaje? La suerte del conejo fugitivo de galgos o podencos no es más envidiable que la del inocente rebeco; por no mentar al paternal verraco jabalí, acosado éste por la chusma canina azuzada por el peludo y fraudulento bípedo parlante ¡Y si los asnos balamearan, como la excelsa asna del Pentateuco...! ¡Cuántas y cuántas tempestades de palos habrán descargado los siglos sobre las ancas de los pobres burros, hasta el advenimiento de las ruidosas bestias mecánicas!
Y siendo verdad que el toro tampoco escapa de morir apuntillado, la posibilidad legal de llevarse por delante a su enemigo es exclusiva del toro que pelea en el albero. Ello gracias al fuero que su intrépido y romántico y ecuánime enemigo le concede: el plebeyo del trapo rojo y guerrilleras alpargatas.
Incluso los vegetarianos darán muestras de prudencia y equidad no levantando la voz a los toreros y a quienes tenemos por honroso aplaudirlos. A ver: en robar a los caloyos la leche que su madre mana de sus ubres para ellos, todos somos unánimes, ¿verdad que sí? Pero: ¿desde cuándo es justo robar y es injusto torear? O bien: ¿acaso hay razón para creer que las gallinas sufren menos por los pollos que le birla el Homo sapiens que por los que le hurta fulanita Doña Zorra, guardiana o no de gallineros? Y ya llegado a este punto de mi admiración por el toro, tengo por justo mirar más allá de los tendidos, y buscar con la vista a los antitaurinos estrictos y darlos las gracias por su desvelo en contra de la crueldad gratuita o jaranera. A sus protestas debemos que la infame media luna desjarretadora haya sido proscrita de los ruedos, y algunas otras fechorías no menos reprobables; y también que salgan a la plaza protegidos con peto los caballos de picadores Pero la tauromaquia actual es sólo valentía y arte. ¿O les son más tiernos a las liebres los colmillos de los galgos que a los toros el acero? La tauromaquia es un arte rubricado con la sangre y pundonor de los toreros, prendas tales que nos sitúa a quienes los aplaudimos en las antípodas de los fraudulentos y los ventajistas. Y quienes siguen a los muñidores de separatismos que en mayor o menor número pueblan las regiones españolas, deberían ser prudentes, ¡muy prudentes! O qué menos que iluminarse con axiomas contenidos en el refranero: V. Gr. Las zorras de mi lugar son como las demás. Y si hablamos de lobos... ¿Alguien conoce a esta o la otra parte del Ebro alguna raza de lobos vegetarianos?
No se engañe nadie que no quiera ser engañado: ninguna región española es separable de las restantes sin recurrir a la amputación. Y ciertas amputaciones pueden originar hemorragias de impredecible pronóstico. Operación semejante sólo la intentará un separatismo incivil, fatuo, insolidario y ramplón. ¿Cuánta gente, como no sea a machetazos, o en contagiados por la mosca tse-tse, seguirá a tan menguados adalides? Aunque el Jefe del Estado se lo calle, una Navidad tras otra, como si callara un secreto de Estado, y así desde1978, ¡El pluralismo de ámbito autonómico también existe en España! Y de la página presente paso a la página siguiente.
Porque la unidad de la nación, de cualquier nación que se precie, debe apoyarse por igual en las espaldas de todos en todos los aspectos. Pero mucho cuidado, rebatiendo el credo separatista, con jalear a quienes proponen -y haberlos haylos- marginar los productos comerciales catalanes ¡Sólo le faltaría eso a nuestra raquítica democracia, enfermiza hasta el sonrojo ajeno! Tan enfermiza que el rigor de la ley es inversamente proporcional a las rentas de sus destinatarios o su influencia en la política. Entre esas leyes, la que llaman ley de protección al menor ¡Bonito nombre si se refiriese a los menores inocentes! Pero no: la protección que campea al amparo de esa miserable ley es la protección a los delincuentes precoces. Y eso a la vez que los varones adultos, por el hecho de ser varones adultos, tenemos razones para temer a los jueces -jueces compadres de comadres leguleyas- tanto como a los padrinos de cualquier mafia, autóctona o alóctona ¡Encima de que -sin distinción de sexo- los pagamos enjundiosos sueldos vitalicios! O a ver: ¿a qué se deberá que los señores señorías con un ojo vendado nunca tengan ocasión para hablarnos de sueldos?
No, respetabilísimos y doloridos compatriotas. Hazañas de ese jaez sólo favorecen a quienes no saben gobernarnos sin robarnos y mentirnos ¡Y despreciable es la mezquindad, cualquiera que sea su signo o la firma de su autor! En la contienda toros no toros sí –y no sólo en esa contienda- los gentilicios son neutros.
A Cataluña debemos, todos los españoles bien nacidos, tanto respeto y cariño como a Mérida, Zaragoza, Santiago de Compostela o Pamplona. O Tarifa o Melilla, o Guetaria o Alcoy. Por no decir El Toboso, Caravaca o Covadonga. O Santillana o Clavijo. O Astorga o Aranda de Duero. O La Orotava o Ceuta o Mahón o Aranjuez ¡No! ¡Eso nunca! La réplica que se merecen de parte nuestra tales paladines de la exquisitez catalana -elegantes parlanchines y parlanchinas- es otra. A ojos de este humilde y agreste servidor, nuestra réplica debería ser macizamente hispana y alta como un castillo: digo un castillo tarraconense, como el de los Xiquets de Valls, levantado en la madrileña Puerta del Sol. ¡Eso si que sería justa y contundente réplica! El pronunciamiento en pro de la soberanía popular solidaria que esos castillos representan nos interpela a todos. Y no pueden ser más elocuentes: sin el esfuerzo de los de abajo los de arriba no sois nadie. Sí: nos interpelan a cuantos con nuestros impuestos sostenemos el Estado de derecho: tan craso y risueño con quienes han hecho oficio de la judicatura o la política, tan magro y ceñudo con el pueblo vinculado al linaje de la alpargata ¡Linaje de más rancio abolengo que ninguno, y sin antepasados esclavistas!
Esos castillos se merecen, por lo menos de mi parte, tanta y tan entrañable estima como los dos duros que mi madre daba a los quintos de Jerte pa el toro. ¿No se construyen tales castillos con tan noble material hispano como el fervor taurino de nuestros pueblos? ¡¡Pardiez que sí!! Y a ver si nos enteramos, ¡de una puñetera vez!, que la entrañable Navidad española lleva impresa la catalanidad en eso que tanto nos gusta a todos, incluidos los que se califican a sí mismos de librepensadores: ¡el salubérrimo turrón!, nuestro emblema navideño por antonomasia, obra de arte del confitero Turróns. Y que sepan nuestro escolares que el asteroide 804 lo descubrió el astrónomo catalán Comas Solá y le puso de nombre... ¡Hispania! (1). ¡Ah!, y el que crea que el separatismo reverdece gracias a su propia sabia es que no quiere ver los nocivos efectos de la baja política que se urde, y se trama, o consiente, en las más altas esferas del Estado. Digo separatistas, y no nacionalistas, porque en Cataluña ningún partido político se llama a sí mismo nacionalista; y, de añadidura, el vocablo nacionalista es inadaptable a mi modo de expresarme en cartas como la A y la B. O así de bien adaptable como sería el vocablo patriotista o democratista, si algún moderno paladín del oportunismo discurriese mañana engalanar su identidad con semejantes atavíos. Ahora bien: la Historia amadrina una verdad inmutable y tan añosa como terca, a la que hoy nos toca mirar de frente. Esta: la Libertad no puede ser domesticada por la acción de unos pocos si no es en colusión con la pasividad o estulticia de muchos (2). Y nada más desde los tendidos de la profunda Iberia. Bellvitge 1 del 1 del 2011.
(1) Diccionario Ilustrado de Rarezas, Inverosimilitudes y Curiosidades -DRIC-. Autor: Vicente Vega.
Editorial Gustavo Gili. Nº de Rº 879.-1959. Depósito legal, B. 6677-1962 (MCMLXII).
(2) Entre esos muchos están los empresarios taurinos, los toreros y sus apoderados, y los ganaderos, pues nunca una enfermedad precede a los síntomas que la anuncian. Aquel que quiera hoy hacer uso de la memoria, podrá exclamar, elegantemente consternado si le place: <¡Oh cielos: apartad de mis labios este cáliz de amargura!> Pero cuán sintomáticas han sido las cortinas de TVE: ¡tantos años sus cámara de espaldas a las plazas de toros de Cataluña!! ¿Por culpa de quién?
EL CHALECO ANTIBABAS
<Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene> Baltasar Gracián: escritor español (1601-1658)
Si, lo de toda la vida: dime con quién andas, Pérez, y te diré quién eres. O confía tus secretos a doña Perezuela, y sabrás por qué esa fulana es llamada la mujerzuela. Y al grano: ¿recordáis el 18 de Octubre de 2010? Los jóvenes que nos honraban con su presencia en el acto conmemorativo se admiraban de ver, entre nosotros los veteranos, con qué espontaneidad iniciábamos debate. El debate, en tal fecha y en tal sitio, no podía girar sobre otro tema que no fuera la memoria del compañero Ruiz Villalba. Y siendo que debatir no es aprobar (la palabra aprobar es hermana de las palabras mayores) yo, con la debida ponderación, me remito en esta hoja a la noticia que nos daba Vallejo -nuestro querido presidente- generadora del aludido debate. Se refería a posibles gestiones de nuestra Junta Directiva -ante las autoridades competentes- en pro de levantar una lauda o monolito, en homenaje al recuerdo que debemos al compañero asesinado ¿Obstáculos a salvar? Creo que todos pudimos adivinarlos. El principal, en estos casos, decidir sobre el emplazamiento. Porque esto sí que puede resultar problemático. O lo bastante problemático como despreocuparnos del problema financiero, hasta saber si la autoridad municipal, de tal o cual nivel, nos asignará espacio donde a nosotros nos parezca bien.
Como topemos con autoridades más inclinadas ante la púrpura áulica que al añil proletario, ¡ay Carmela!, temo que nos miren como si les ofreciéramos raticida. De tomarnos en serio, tendrían que admitir que entre los parteros de la libertad nade merece más estar delante que los de abajo ¿Y quién habría de correr con los gastos de la obra? Ya preveíamos entonces que la veleta que da y quita poder a las urnas podría, accionada por los vientos de la esfera política, dar un giro más o menos próximo a los ciento ochenta grados. Así ha sido ¿Secuela?: que la perspectiva de que la Administración podría echarnos un capote se nos ha esfumado, quedando inacabado nuestro debate. Pero inacabado no es finiquitado.
Y si bien es verdad que las muchedumbres sin guías no somos nada, verdad es también que nada valen los guías sin muchedumbre que les sostenga, como muy bien expresan los castillos humanos tarraconenses. Y si nos concretamos en la acción política, no hay guía más fiable que el ejemplo de quienes dieron su vida en la lucha por la dignidad y bienestar de la gente laboriosa. Reconocido esto, contentos podemos estar -yo lo estoy- con los distintivos honoríficos con los que la Generalidad de Cataluña (gobernada por el Tripartito) nos haya galardonado a los represaliados de SEAT por motivos sindicales o políticos. Que yo sepa, no tiene precedentes, en la historia del movimiento obrero, un gesto que tan palmariamente enaltezca a los obreros altruistas. Y si hemos de resumir en un cargo y en un nombre el de esos gobernantes -y me perece prudente resumirlo así- destacado queda en esta hoja el del Consejero de Interior, Joan Saura Laporta, por ser éste el signatario del diploma en el que se nos reconoce el precio pagado por nuestro protagonismo en la lucha por las libertades ciudadanas en Cataluña. Y justo es, también, decirlo respecto a la concesión de la Cruz de San Jorge al Memorial Democràtic de los treballadors de SEAT.
Pero ya que invoco méritos, si meritorio fue el objetivo de nuestra contienda, no lo fue menos el principio ético sobre el que dicha contienda se sustentaba: siempre por delante el respeto a la integridad física y moral de las personas. Consecuentes así con nuestro compromiso con un futuro superior al pretérito, ¡y contra la pena de muerte!, vigente durante la dictadura franquista. Podemos acreditarlo con hechos -los del Memorial de SEAT- mediante pertinente documentación.
Hoy, gracias a tales distintivos en reconocimiento a nuestra cuota en penas y fatigas, podemos demostrar a nuestros descendientes, si lo tenemos a bien, una incuestionable verdad histórica, esta: “La democracia hispana no es regalo que los reyes magos (ni los otros) nos hayan hecho a cuantos provenimos del más rancio de los linajes: el linaje de la alpargata proletaria y laboriosa”. De la SEAT o fuera de la SEAT-.Y no es poco el empeño que ponen conocidos voceros de la transición en que comulguemos, como si fuéramos angelitos, con ruedas molineras en forma de fastuosas coronas decorativas. Oyendo a tales voceros, se desprende de sus pasadas cuitas que a nosotros, los de abajo, por estar tan abajo, a salvo estábamos de que nos plancharan la camisa puesta; o que los sociales y elementos parapoliciales siguieran nuestros pasos y espiaran nuestros domicilios. Ni que parte de la patronal nos colgara a los despedidos de la SEAT sambenito de agitadores profesionales, si levantábamos la voz. Por ejemplo, allí donde a las obreras las espiaba su capataz, a través de puerta agrietada, cuando éstas acudían al cuarto de aseo. Ahora bien: como el águila real no baja a por tripas al río, y el rencor es un odioso consejero, desdeñemos pasadas mezquindades de patronos cavernícolas; y lo mismo a los antedichos voceros, éstos con sus fantasías, más o menos interesadas, más o menos pintorescas o peregrinas. Sin que se infiera de nuestro desdén que otras clases sociales permanecieran cruzadas de brazos; no, tampoco es eso. Ni es nuestro estilo señalar con el dedo a los burgueses, sólo por ser burgueses ¡Ni faltar el respeto a la Iglesia católica! ¡Ni a ninguna otra! Pero si cada palo ha de aguantar su vela, puestos a izar el santo y seña que abre paso al foro de las libertades, podemos decir, ¡pero muy alto!: “En la lucha por las libertades, a los de abajo nadie nos mojó la oreja en ninguna región de España” Barcelona, Granada, el Ferrol, Madrid... Siempre eran abajistas, ¡nunca arrivistas ni peces gordos!, quienes figuraban en las notas necrológicas que la prensa publicaba sobre la tensión social entre Gobierno y pueblo. También es otra verdad histórica, pero ensombrecida ésta, a izquierda y a derecha, por las dos voluminosas simetrías que la conforman: “Innumerables son los que buscan holganza en la política y su enriquecimiento personal, sin reparar en medios”. “Contados son los que por amor al prójimo y a la Patria plantan cara al secuestrador de las libertades, sin reparar en peligros”.
De lo anterior se sigue que no es asunto baladí esa entrega de Diplomas que nos hizo la Generalidad de Cataluña. Sobre ese particular, por dejar limpio de telarañas nuestro pasado histórico reciente, las autoridades políticas que nos han reconocido tales méritos, sin pedirnos nada a cambio ni preguntarnos por nuestros credos heredados, son merecedoras por nuestra parte de gratitud vitalicia: empezando por nuestro presidente (José Carlos Vallejo Calderón y demás miembros de la Junta). Sin que, por otra parte, nuestra gratitud al Gobierno Tripartito por esta su ejemplar obra nos vincule a otras obras suyas que no lo sean tanto. Y bien: no embargante el año transcurrido, mantengo, sin deseo de que mi razón prevalezca sobre otras mejores fundadas, lo dicho referente al sufragio de la lauda o monumento público que quisiéramos ver levantado en memoria del compañero Ruiz Villalba.
Pudiera ser que a uno, medianamente informado por falta de dedicación... Eso: que lo que a mí me parece estar tan a nuestro alcance como un viaje de Barcelona a Montserrat, pongamos por caso, tuviera sus muchos contras y pocos o ningún pro. Tanto es así, que me atrevo a responderme a esto: ¿no hay artistas plásticos que hacen hablar al hierro, metal barato? Respondo: sí. Y me resisto a creer que no haya un artista veraz y contestatario -aunque sea políticamente incorrecto-maestro en el gobierno de las formas en tres dimensiones, presto él a ensuciarse las manos sólo por amor al Arte.
Por esas presunciones defiendo que promovamos desde nuestro Memorial -a través del Comité Intercentros de SEAT- una iniciativa obrera, por ejemplo una rifa –en nuestras filas sindicales recurso tradicional para lograr que nos cuadren las cuentas- mediante la cual podríamos costear un simbólico viaje de recreo al artista que se ensucie las manos por compañerismo con nosotros. Y cuando digo nosotros, estoy diciendo: contra todos nosotros se disparó la bala ponzoñosa que sólo mató al compañero del Taller Uno. Porque la misión de aquella ponzoñosa bala, como otras muchas, pretendía mucho más que matar a uno. Buscaba sañudamente matar en todos nosotros el afán de vivir en cívica libertad. Cuestión aparte será si lo hemos conseguido o no. Pero si la Junta, a la luz de sus pesquisas, resolviera cancelar el inacabado debate, cuenta con mi aprobación. Y sugiero entonces, para no quedarnos mirando a las musarañas y ya que he hablado de matarratas, que solicitemos de las autoridades más inclinadas al añil proletario, en atención a la higiene mental pública, cartuchos de matarratas ¡Sí, camaradas, digo bien! Porque adonde no se pueda llegar con euros se puede apuntar con el bolígrafo en pro de sanear la atmósfera que respiramos. Seguro que nuestro difunto compañero Ruiz tampoco pondría mala cara a eso.
¿En qué área urbana concreta ese tipo de higiene reclama atención urgente?: en el área judicial, opino yo. Si: opino, concordante con lo obvio, que sería benéfico para la población depositar en los juzgados, empezando por el de Instrucción Número 2 de Hospitalet de Llobregat -salvo casos más clamorosos- cartuchos de matarratas adunia. Restituiría a los togadictos no pocas virtudes perdidas, si alguna vez las tuvieron, y mantendrían a raya de los estrados a algún que otro chulo putas, si no infecciosos contubernícolas, así machos como hembras. ¡Ojo!: digo cartuchos de matarratas, no cartuchos de dinamita. Por si lo oyera -y si lo oyera seguro que lo oiría a su antojo- el ceñudo juez José Ángel Martí Vento, inventor de la macabronería: invento en obsequio de plañidera perjura, leguleya para más señas. El mismo señoría que tilda de amenazadora una frase tan cosmopolita como esta: La palabra hablada vuela, y la palabra escrita, escrita queda.
Y no cabe esperar menos de este conspicuísimo juez, galante y bizarro él cual sietemachos hijo de Alejandro Dumas padre. El inexorable Martí Vento: el que sueña con lo macabro y encuadra en las más cualificadas escuadras de matones -los matones de mujeres- a los contestarios a la pena de muerte cuando el general Franco las firmaba. Podemos acreditarlo los integrantes del Memorial Democrático de SEAT -con hechos- mediante pertinente documentación. Sí: el mismo individuo que impone al semimileurista multas de 600 euros -en plural- por no pedir perdón éste a nadie por fechorías que no ha cometido. El señoría que -en juicio de faltas- amenaza con la cárcel al denunciado ¿Por?: “Porque soy juez, y necesito dormir tranquilo” ¿Cómo verraco en pocilga? ¿O existe profesión en la que no convenga a sus ejercientes dormir tranquilos? Pero las agallas de este señoría sobrepasan con mucho cuanto pueda imaginar quien no le conozca de cerca. Con tal de prohibir, capaz sería, si la ocasión se le presentara, de prohibir a las comadronas lavarse las manos en aguas fecales, cuando asistan a las parturientas. Para este señoría, sicario contra la libertad de expresión de quienes olemos a dehesa, ¡es tuerta la justicia! ¿O acaso enmendará una sentencia por culpa de la verdad? No son menos alarmantes que mis referencias las que la doña Lidia Falcón dio de él en R. N. de España a M. Hernández Hurtado: La noche menos pensada, abril del 2008.
De la perjura no doy nombre. Al amparo de su doblez se refugia en un partido al que debo respeto, y no quiero que paguen justos por facinerosas. Además, sus dirigentes y votantes no tienen telarañas en los ojos ni párpados en los oídos. A poco que lean u oigan... Ahora bien, camaradas: no toméis por arrogancia mía mi audaz apuesta –más que propuesta- en pro de los cartuchos de matarratas. Sé que mi chaleco Antibabas es prenda profiláctica y no égida de Perseo frente a la horripilante Medusa. Pero pienso en otros posibles semimileuristas indefensos ante calumnias amparadas por un juez y...Y concluyo que, en lo sucesivo, estará menos farruco este señoría feligrés de Morfeo frente a hombres o mujeres humildes Porque si el tal señoría sólo amenazaba con la cárcel al que intentara aterrorizar, no nos engañemos: se ha limitado a eso porque la ley impide amenazar con el piquete de ejecución. Sí, ya sé que es deporte de alto riesgo retratar a señores poderosos cuya jeta pueda confundirse con hocicos de verracos dormilones. Pero ningún castigo es peor que condescender con jueces traidores a su deber de jueces. Y chalecos alternativos al mío en juzgados martiventistas, sólo conozco un modelo, al cual ya le tengo puesto nombre y cuyo nombre le define: Eurocrático. Sí: chaleco Eurocrático ¿Por qué ese nombre? Por la autoridad que los euros adunia confieren a un abogado fiable. Y seguro que los habrá -cómo no- que merezcan la confianza del que los paga. Y es que señorías como Martí Vento, y los magistrados a su medida, miran con hostiles ojos a quien comparece sin abogado ante ellos Y miran con ojos maliciosos al que comparece solo ente el juez: sin parientes o amigos que le acompañen. Pero es de razón que los hijos de buena madre no quieran arriesgar a sus seres queridos a cruzarse en los juzgados con ratas del tamaño de las hienas ¿De acuerdo?. Sí, y que sigamos honrando con nuestro comportamiento cotidiano a quienes nos han enaltecido en atención a nuestra gallardía frente a la dictadura del general Franco. Y también que conservemos como patrimonio de nuestra alma colectiva nuestros profilácticos chalecos antibabas. Y vuelvo a lo a lo nuestro.
O sea que si en vez de rifa propusierais colecta, ¡pues sea colecta, camaradas! ¿Hablamos del 18 de octubre? ¡Cabal! Yo, en atención al orden numeral del día (18), y acogiéndome al parentesco que une a las letras con los números, señalo ya mi aportación: 18 simbólicos euros. Un primer y tímido paso. Pero aprendido tenemos cuán persuasiva es la palabra si cabalga sobre la acción, aunque se acción humilde como vuelo de golondrina. Sin yo pretender, ¡ni en sueños!, amoldar a mi aportación la voluntad de mis prójimos. Y, digo yo, grabar la efigie y nombre y apellidos de Antonio Ruiz Villalba en granito o en metal inoxidable no será como erigir doradas y estriadas columnas salomónicas. Lema para el monumento, lo tengo fácil, mientras otro no proponga uno mejor. Por el nombre de su autor no hay razón para temer discordia: nació en Alcalá de Henares en 1547. Con esos datos a la vista, y sentido el espíritu de la frase, tengo por baldío añadir un dato más.
<Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida>
Faustino González Pelaz. Vecino de Bellvitge desde 1969 y padre de las dos féminas y los tres varones que parió su burgalesa madre. (DNI. 7379 101 B)
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ANTE HOMBRES PUDOROSOS ENSEÑÓ EL CULO EL IMPÚDICO TRAMPOSO
¡Aleluya! Llegaba la conmemoración del gran día reivindicativo...
Y encargó el poeta (muñidor del acto), ¡con certero tino!, a un compañero bien informado, veraz y reflexivo, su testimonio altruista referente al día... Un cierto día antagónico de los días festivos.
Y fue escrito el pedido testimonio. Escrito para ser leído, como se lee en cualquier sesión urbana un informe en media hora resumido.
Y fue escuchado por el conjunto de sus destinatarios, con aprobación y el respeto debido. Pero leído del todo no fue, aun siendo informe regalado, que no artículo comercial vendido.
La impaciencia, más malsana que parnasiana, hizo presa en el poeta que digo (delante de los asistentes, y, por su asistencia, testigos).
Por efecto de concupiscente impaciencia complaciente con el propio ombligo, obtuso él, sofocó tal impaciencia con invisible birrete vicepresidencial... ¡De un procaz birretazo, grotesco a la vez que zafio, y no menos taimado que represivo!
Entonces, premiado por el triunfo deplorable de prosaico desatino...
Resultó esto: sus lágrimas por el compañero muerto, y por el mutilado informe patrimonio alícuota de los resignados testigos... ¡Cásputa y recásputa!: parecieron lágrimas de museo de cera, ¡gordas como canicas!, transmutadas en burbujas de espumoso vino.
¿Moraleja? Sí. La que nos enseñó el Poeta don Antonio Machado: <El necio confunde el valor de las cosas con su precio>. Machado, no Quevedo. Dicho por don Francisco de Quevedo fue esto otro: <Poetas hay que por forzar a que rime Roma con Calcuta, a más de una honesta señora la forzaron a ser puta>
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Santi González Pelaz; Pionero de Comisiones Obreras en Dragados y Construcciones de Barcelona
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MEMORIA ESCRITA DIRIGIDA A MEMORIAL DEMOCRÀTIC TREBALLADORS DE SEAT:
EN EL XL ANIVERSARIO DE LA OCUPACIÓN DE LA FACTORÍA SEAT (BARCELONA Z- F)
UNA LUCHA DE 18 HORAS CARA A CARA Y CUERPO A CUERPO CON LA DICTADURA FRANQUISTA
¡¡Oh, 40 años!! Camaradas, poco puede decirse ya entre nosotros que no tengamos dicho de nuestro inolvidable 18 de Octubre, Día de San Lucas Evangelista: el evangelista del Toro (si los antitaurinos no se lo tienen estabulado ya).Bien: en aras del buen humor, digamos como decían en Jerte: siempre queda más en la casa del rico arruinado que en el chozo del pobre enriquecido
El asesinato de Antonio Ruiz Villalba –encarnación de la lealtad de cuantos compañero nos siguieron aquel azaroso día-, como no podía ser menos, causó en la conciencia ciudadana el desgarrón que nos causa siempre la sangre del justo que riega el suelo que Dios le dio, víctima del hacha cainita. A mí, aquel desgarrón, ahora, al cabo de cuarenta años, me apena más que en los días que siguieron. Causaba estupor en la ciudadanía, además de dolor, que en la perla del Mediterráneo, ¡ya dos años después de que el Homo sapiens hubiera saltado a la Luna desde Cabo Cañaveral!, que se muriera por intentar poner el puesto de trabajo al amparo del Derecho de Huelga.
Preexistente ese derecho a la efeméride que conmemoramos hubiera impedido aquel crimen, como tantos otros. Ese era nuestro reto: conquistar un arma jurídica que hiciese inviable el despido laboral, de suerte que la negociación entre Empresa y obreros se desarrollase en un plano de igualdad jurídica. El rasgo inequívoco que distingue a la sociedad libre de la esclavista, o dictaduras de cualquier signo, es el Derecho de Huelga; aunque a veces nosotros mismos lo secuestremos. O abusemos de él, que de todo hay en la historia de los parias. Como en el historial de los padres de la patria, tan proclives ellos a encubrir con la palabra patria su patrimonio bancario; ¡y hasta en el historial de los jueces!, que ya también éstos invocan la huelga y, eso es lo peculiar, con igual elegancia y desparpajo con que hasta ayer lo penalizaban. Sólo les falta ya ponerse a la cabeza de los indignados. Pero...
Y clamó entonces la vox populi en los barrios bajos periféricos de Barcelona: “¡La Seat! ¡Un muerto, heridos vete a saber! Como pille la Poli a los 8 majaras de ese piquete...” (*)
Primero fue la lucha cuerpo a cuerpo, así que el personal del Taller Uno cruzó su Rubicón amenazante: línea teórica que le separaba del T. Dos. Teórica línea, pero ferozmente disuasiva. Cruzarla en masa nos parecía tan peligroso como desafiar el código militar franquista. Y aumentaba aquel peligro la posibilidad de que la Empresa tomara la iniciativa antes de haberla cruzado. Conque buen lugar es éste para añadir, castizamente: Dios ayuda al que madruga, si el que madruga apechuga. Pero traspasar aquella raya de lápiz nos costó inolvidables angustias; ¡y repetir hasta mil veces la misma consigna! “¡Compañeros: por el bien de nuestras familias! ¡No al despido por defender nuestros derechos!” No embargante, entendíamos la vacilación de nuestros honorables compañeros del T. Uno.
Para un obrero de SEAT en sus cabales, ¡dura disyuntiva era elegir entre estos dos tormentos!: o desertar de ese fortín que llamamos compañerismo, o apostarse a cara o cruz el pan de sus hijos y esposa. ¡Y más que eso!:porque, a fuer de sinceros, percibíamos nuestro levantamiento casi como delito de sedición militar Y así de duro era para nosotros -los “majaras”- avistar un horizonte tan extremadamente represivo.
Mostraríamos una verdad atractiva reforzando nuestro piquete de ocho. ¿Cómo?: Integrando en él, a toda costa, a todos los compañeros presentes en el susodicho taller, vanguardia de la factoría: vanguardia forjada frente al autoritarismo que tentó a la SEAT (en Junio del 71) a imponer Turno de noche, ignorando los emolumentos que la nocturnidad laboral devenga. Así reforzados, sin peligro en la retaguardia, pasaríamos victoriosos al T. Dos... ¡Y vive Dios, que así conseguimos pasar!
Y multiplicado por dos que fue nuestro ya masivo piquete en el T. Dos, pudimos disolvernos los “majaras” en la multitud, pareciendo que ésta iba guiándose a sí misma, en su marcha multitudinaria por toda la factoría, hasta concentrarnos en la Explanada de las Oficinas Centrales, fundido ya en un solo cuerpo todo el personal del Turno de la Mañana, más los del Turno Normal.
Y a la vista de todos pusimos que el intimidatorio Estado totalitario franquista era un poder terrenal como cualquier otro y, por ende, susceptible de tambalearse. ¿La prueba?: uno de los “majaras” leyó a los concentrados en la explanada, a la sombra del prepotente helicóptero, nuestra plataforma reivindicativa, destacando puntos tan emblemáticos como readmisión de los despedidos, amnistía política, derecho de huelga, libertad de expresión...
A mí, días después, lidiado ya el Toro de San Lucas, me causaba tal asombro que sólo hubiera habido un muerto, que aquel asombro me mitigaba la pena por el que hubo.
Y que no hubiera muertos por autoría nuestra se explica bien, pues aunque hubiéramos querido responder a las armas con las armas, ni por el forro habíamos pensado en ellas, ni falta que nos hicieron.
Porque la figura humana se engrandece muriendo, si hay que morir, por defender principios universales; de igual modo que se envilece matando por sentimientos tribales. Cuestión aparte, camaradas, es la defensa propia. Y en punto a defensa propia, el pueblo llano allí presente estuvo notoriamente más gallardo y digno de lo que sus medios le permitían. Nuestra artillería pesada se agotó pronto y no por falta de proyectiles sino por sobrecarga de ellos.
Es decir: por la persistencia y acumulación de sus gases agresivos. En palabras de un anarquista que conocí algún tiempo después -trabajando en las obras del metro del Paseo de Gracia- Oíd:”Con cojonej celtibéricoj, me tiene dicho el lijtero, que había tíoj que devolvían a loj grisej laj primeraj bombaj que soj dijparaban” Sí, es cierto pero, después, con circunstanciales tuercas y tornillos poca pupa podía hacerse a la fuerza policial asaltante, aunque bueno fuera semejante ripio para romper cristales de claraboyas, prolongando así algunos minutos la atmósfera respirable.
Durante unos minutos más, los “majaras” García Maestre y Puyo de Córdoba los contuvieron con agua, ajustando a sus bocas las mangueras antiincendios. Pero a la embotada luz de mi superficial mirada, razón tenía para asombrarme que entre tantas pistolas como acechaban nuestra Ocupación y custodiaban la ofensiva gubernamental, sólo hubiera habido un muerto. Una ofensiva llevada a cabo con incontables bombas lacrimógenas, así hasta que nos desalojaron del T. Uno, empujados también por los caballos; luego, persecución de la Caballería galopante, entre el Uno y el Cuatro; y de nuevas en el Cuatro, y del Cuatro al Siete, ¡más bombardeo lacrimógeno! Y los grises, ¡mirándonos como a bellos trofeos de Diana cazadora!
Tantas pistolas y tantos y tan cercanos blancos a los que poder apuntar; pistolas anónimas, impunes en una selva de metal, oscurecida su atmósfera por la niebla de los gases... El balance final sugiere esta incómoda pregunta, pero tercamente insoslayable: ¿eran de juguete las pistolas de los grises? Al fin he comprendido por qué pudimos contar nuestras bajas con el más bajo de los números impares. Examinada la cuestión como merece, concluyo en que estuvimos muy cerca, ¡pero muy cerca!, de no haber tenido ningún muerto. Y las bombas lacrimógenas, disparadas con mosquetón, nos pasaban rozando las cabezas, sí, pero no por aviesa intención del tirador, sino que la altura física de un policía, a la distancia que disparaba, no le daba para más, salvo que hubiese disparado al techo.
Es verdad que de cualquier unidad policial, como de cualquier colectividad respetable, puede salir un bellaco. O incluso una camarilla de rufianes. Pero frente a esa verdad se yergue esta otra: se preocupa de no manchar su uniforme el policía que lo viste y no el que no lo viste. O se viste, si llega el caso, imitando a la pieza que va siguiendo.
Así los datos, al que no lleva uniforme -siendo lo suyo es espiar- raro será poder señalarle con el dedo autor de tal o cual tropelía. Y descuidando esa diferencia, han ido pasando los años sin que hayamos prestado la atención debida a la mucha atención que nosotros -los “majaras”- habíamos prestado a los grises, durante las cuatro o cinco horas transcurridas entre nuestro desalojo de la Explanada y el desalojo del T. Uno. Aquellas tensas y largas horas pasadas los grises frente a nosotros... Me apresuro a puntualizar: frente a nosotros físicamente, no anímicamente. No llegamos a darnos tabaco por cuestión del reglamento. Pero hablar...Y a pocos grises borraba su uniforme las aristas del viril y campestre varón español que llevaba dentro, si a ese varón se le hablaba con sencillez y cordialidad y con el respeto debido. El más obtuso de ellos y el más obtuso de nosotros, al hablar mirándonos a la cara, descubría que su sello de clase y el de su interlocutor era exactamente el mismo sello. Y en incontables casos hasta podría resultar que obrero manual y policía raso eran carne de la misma carne, pues no eran pocos los grises que tenían un hermano o un cuñado que trabajaba en la SEAT.
Y de ellos, como de nosotros, a vuelo de perdiz notábamos haber aprendido a leer y escribir poco menos que de estraperlo. Pero aparecieron los peces gordos: un comandante de la Guardia Civil y un altísimo inspector de Policía, ambos exigiéndonos deponer nuestra ilegal actitud. Mas para su sorpresa, otro “majara” (Joaquín García Rodriguez) exigió al tal Policía que se identificara ante nuestra asamblea. Y Alfonso Olivares Soler (otro “majara” más), invitó al señor Comandante de la Benemérita a abandonar el local. Y se volvió el ambiente explosivo sin remedio cuando el “majara” de la explanada declaró: “Nos declaramos en huelga de hambre hasta que la Empresa readmita a todos los despedidos por exigencias políticas”
Allí y entonces acabó la primera fase del parlamento entre Autoridades competentes y “majaras” recalcitrantemente obstinados. Y aceptado que la Economía es el motor de la Historia (no es tema de este escrito definir el carburante del dicho motor), el ruido de se motor señaló a los grises el surco de su nutricia besana. ¡De cajón!: obedeciendo órdenes, y acordes con los clásicos maestros mundiales de la Economía, se aprestaron a defender, en la esfera de la Economía, su diario pan, y ello con la misma convicción que los teñidos de añil defendíamos el nuestro. Como dice el Eclesiastés, aludiendo a los inmutables hijos de Eva: nada nuevo bajo el sol.
En el T. Cuatro no nos pusimos tricornios de la Guardia Civil -los “majaras”- por no tenerlos a nuestro alcance ¡Pero qué serios tuvimos que ponernos! La exaltación de ciertos compañeros, (extranjeros ellos en la República de la Reflexión) les llevó a proponer prender fuego a la instalación de Pintura. Las razones que desgranó el “majara” López Provencio contra tan demencial propuesta dejaron las cosas en su debido lugar. Porque, menos al ponente de semejante disparate y al par de adláteres que asentía con movimiento de cabeza, a todos nos pareció espeluznante solamente imaginarlo.
Habíamos tomado posición en el Cuatro burlando el intento de nuestro aplastamiento por la gris Caballería, dispuesto por el Director de Factoría, don... Descanse En Paz. Sí, empleando éste una estratagema de muy discutible elegancia, rodeado de grises a caballo nos convocó a dialogar, en medio de la anchurosa calle que separaba al Cuatro del Uno. Pero viendo nosotros a tiempo que era halcón peregrino enmascarado de paloma mensajera lo que volaba, le resultó su galopada baldía: ninguno fuimos aplastado por los caballos ni caímos en manos de sus feroces jinetes.
Y seguimos resistiendo el avance imparable de los enmascarados grises, precedidos ellos de inagotable andanada de certeras y gruesas bombas lacrimógenas. Mientras que nosotros..., a cada alto que echábamos nos veíamos con menos ripio defensivo en nuestros frágiles bolsillos. Los últimos en salir de la factoría fuimos el “majara” Dueñas y yo. Y no por gusto de recrearnos en la contemplación del paisaje.
Veréis: a las 7 o más, allá en los confines linderos del T Siete con el T Nueve, ya sin ripio en los bolsillos, quedamos acorralados por los grises. Un teniente los mandaba. Pero teniente, general o cabo, ya tan menguados nosotros que casi nos doblaban en número. ¡Ah!, antes de seguir, me siento moralmente obligado a proclamar mi respeto por aquellos gríses, que no siempre a los vencidos se los trata con el respeto que ellos nos trataron a nosotros. Irreprochable respeto, puntualizo. Sí, todos pistola en mano, pero todas las pistolas apuntando al suelo, con rigor similar a como apuntan al cielo Las lanzas de Diego Velazquez. Con ellos, a la agónica luz crepuscular, pactamos la rendición, enmascarados aún con trapos blancos (de Pintura) que, por iniciativa del camarada Rufino, también “majara”, habíamos adoptado como máscara antigás. Las condiciones que pusimos para rendirnos fueron tan leoninas como podéis imaginaros: <Nos rendimos con condición de que a la salida no detengan a ningún compañero>
Y fue aceptada nuestra condición. Pero a la salida -Puerta Principal- no estaban los grises. Eran los sociales, sólo sociales, quienes pedían el carné de empresa a cuantos iban saliendo. Y advertido el cuadro por Dueñas y por mí... Ambos habíamos entrado con carné de otro. El nuestro nos fue birlado -meses antes- por el abogado de la Empresa mediante ramplona argucia de sempiterno y genuino leguleyo ¿Entregarnos a los sociales, visto el trato que daban a quienes iban saliendo? Tuvimos por menos siniestro que nos dispararan por la espalda que caer vivos en sus manos. Conque a paso de insignes banderilleros retornamos sobre nuestros pasos al interior de la factoría -¡ya un piélago de sombras!-, sordos como linces al consejo de un acechante social así de caritativo: “¡¡Alto o disparo!!”. Antes que el tal se decidiera perseguirnos o dispararnos, ya nos habíamos zambullido en las tinieblas de la ambigua noche otoñal: tinieblas protectoras en noche de gatos exiliados, horra de alentador fluido eléctrico. Sombras amenazantes, ¡palpitantes!, preñadas de indescifrables enigmas agazapados en ignotos rincones de la inmensa factoría SEAT! ¿No es así? Yo diría que sí, sabido el terror que a los devotos de la pistola infunden las nocturnas sombras, cuando éstas no están de su parte. Sólo éramos dos, ¡y no tuvieron cojones a seguirnos!
Más de dos horas pasamos Dueñas y yo amadrinados por las sombras pavorosas. Sombras misericordiosas con nosotros, aunque huidizas y desfallecientes: sañudamente taladradas, en todas las direcciones, por patrullas motorizadas del 091.
Y aquí os confío la lista de los que, por compromiso y acuerdo con la asamblea de CCOO celebrada en Vallvidriera (Barcelona) el 17-10-71 ocupamos la SEAT ilegalmente para abrir camino a la justicia en el ámbito laboral ¿Gusto mío por lo anecdótico? ¡No!: que sean los datos categóricos, no yo, quienes dejen con el culo al aire al bergante, gandul, fatuo, ¡impostor!, Armanduejo Tarzán de los Gnomos: ese impúdico perillán que trafica con falsa memoria individual, falsea la colectiva, y vende una y otra a cronistas amarillistas, asociados en chistoso contubernio oportunista. Empiezo por los que no tenían cargo sindical -en la CNS-. A saber: Pedro Puyo de Córdoba y Joaquín García Rodriguez, obreros no cualificados del T1; Faustino García Maestre, Ídem, T 8; Rufino Vas Pulido, Idem, de Fundición.
Con representación sindical: Pedro López Provencio, maestro industrial y Jurado de Empresa por parte del grupo técnico, T 7; Alfonso Olivares Soler, Enlace sindical, también por el grupo técnico T 7; y el ya citado David Dueñas Fernández, Enlace sindical del T 7 por los no cualificados, más este otro y último “majara” y humilde servidor vuestro que soy yo: Faustino González Pelaz, Jurado de Empresa por los no cualificados del T 1.
Y quede esto bien entendido, camaradas: sin la labor previa y continua durante meses de los compañeros activistas de dentro, labor siempre arriesgada por expuesta al peligro del chivatazo, nunca, ¡jamás!, hubiera habido tal 18 de Octubre. De haberlo intentado a espaldas de nuestros camaradas y compañeros de dentro, en nuestro diminuto e invisible Rubicón nos hubiésemos ahogado sin remedio los “majaras” que he tenido el gusto y el honor de nombrar y enumeraros. ¿Nombre común para esos activistas internos? ¡José Carrizosa Paniagua!
Sí José Carrizosa Paniagua, de Azuaga; (Badajoz), Enlace sindical del T1 por los no cualificados. Y mujeres... Junto a la compañera Isabel López... ¡Nuestra abnegada Conxita!, de cuyo cariño y bondad hemos sido beneficiarios todos cuantos en la SEAT de Barcelona pasábamos revisión médica. Recuerdo con gratitud y regocijo sus jubilosas felicitaciones, tras la prueba auditiva, por mi finura de oídos: “¡Qué oídos, chico! ¡Tienes oídos de indio!” (*)
También nos fue estimable en sumo grado el activismo de quienes, siendo de SEAT, militaban en el exterior por causa de expedientes instruidos contra ellos por el T.O.P. o razones parecidas ¿Nombres de esos que caben en mi testimonio?: Adriano Maseda Pérez, José Carlos Vallejo Calderón, Silvestre Gilaberte Herranz, Antonio Mayo Gutierrez, Jesús Araujo Peña y... ¡Y José Marín Martín! Y más: sin tal 18 de Octubre no se hubiera cumplido la profecía de Maseda, anunciada el día siguiente a nuestro despido. Esta: “¡Ánimo, camaradas: volveremos a entrar en la Seat! ¡¡Y por la puerta grande!!”
Así fue. El 16-6-1977 quedaron abiertas las puertas de SEAT a la readmisión de todos los despedidos por conflictos laborales o militancia política. Pero no gracias a componendas políticas de ningún padrecito de este o del otro color, sino por el esfuerzo de nuestros compañeros forzando las puertas desde dentro, respondiendo a nuestro ariete, que golpeaba contundentemente desde fuera. El solidario ariete (alegórico) dibujado en el Noticiero Universal por Antonio Figueruelo, tras la entrevista que nos concedió, allá por el año 1976.
Era que ya entonces nuestro santo y seña contra la represión patronal había quedado obsoleto. Ya no era el de 1971: ¡Readmisión de todos los despedidos! Por su concisa rotulación y sonoridad, tenía un perfil y rango de logotipo estatal este nuevo santo y seña que le faltaba al anterior: AMNISTÍA LABORAL Un logotipo que se alzaba por encima del conformismo asumido por las más señeras y eficaces formaciones políticas antifranquistas, las cuales confiaban la amnistía a los límites inconcretos del cuadro pintado por J. Genovés.
AMNISTÍA LABORAL nos llegó a la SEAT-por influencia de Motor Ibérica- a través de Gonzalo Montesinos Martinez. Éste había sido despedido de la SEAT en 1970, y de la SEAT fue a parar a Motor Ibérica. Y en esta nueva escuela fue, como nos cabría esperar, un activo y ya curtido militante. Él, y otros como él, durante la huelga de Motor Ibérica, estamparon en ciertas cabezas (entre ellas la mía) ese santo y seña que, junto con la amnistía política, le cuadraba al movimiento obrero hispano...
Y no sólo por su peso cuantitativo: también en reconocimiento a su cuota pagada en sangre, sudor y lágrimas, en la lucha por las libertades de todos.
Tan ajustado lo vimos a las calendas que corrían, que en el toldo de nuestro ariete escribimos SEAT: BANDERA DE LA AMNISTÍA LABORAL La estrella de cinco puntas que adorna ese toldo fue brújula además de estrella. Junto enaltecer a los sindicatos hasta entonces declarados fuera de la ley, les señalaba el rumbo que los condujo a cosechar el fruto cuya semilla regó la sangre de Ruiz Villalba (CCOO-CNT-CSUT-UGT-.USO).
En circunstancias como aquellas, qué buenos arietes -de cuatro ruedas- podían armarse con piezas como Gonzalo Montesino Martinez, puestos a derribar puertas que no debieron cerrarse nunca. Y qué bien cuadran junto a dicha pieza nombres como Pablo García García, Diosdado Toledano González y... Y aludiendo a quienes más de cerca oían desde dentro el lenguaje del ariete, vuelvo a Carrizosa Paniagua. Pero abrocho la lista de nombres citados con el de Miguel López Carrancia, valeroso camarada y nobilísimo cordobés: ¡el Rubio! Como ya no vive, ¡bien merece nuestro recuerdo en una efeméride como la de hoy!
Y por mi parte, punto final, camaradas del Memorial Democràtic de SEAT. Os agradezco el honor que me habéis hecho escuchando mi testimonio sobre la Ocupación de la Seat (18-10-1971): ejemplar acción obrera sin precedente conocido. Una acción en la que la audacia de los ocho del piquete quedó eclipsada, ¡felizmente!, por la antorcha que ilumina la convivencia en el fortín del compañerismo, cuando éste vela por la dignidad de las familias humildes. ¿Vale? Pues... ¡Salud Camaradas! (*) (De indio de las películas de indios).
* * *
Aquella noche de San Lucas tuve un sueño memorable y un tanto cabalístico.
Navegábamos a bordo de un bajel, rumbo a las Hespérides, cuando vimos emerger de la línea del horizonte una balsa sin más aparejo que un mástil. Pronto vimos, abrazado al mástil, a un clérigo que sostenía su barretina al viento, redondeada ésta como una vela animada por el aliento de Eolo. Su bien gobernada balsa se mecía... Viéndola, guiada por la estrella Polar, evocaba yo el vuelo de la confianzuda garza real, deslizándose a la alborada sobre la brisa marina Y el timonel... El timonel, apuntando al clérigo, medio cantando decía: < ¡Se parece a Colón, a bordo de la Santa María!> Pero... No era Colón. Y el mástil... ¡Voto a Alcides!: Tampoco era tal: ¡era la pluma de Jacinto Verdaguer! El clérigo era él, retornando invicto a sus lares, procedente de la Atlántida. Impertérrito como el Peñón de Calpe, a babor y a estribor de su balsa de piedra (pómez) le cortejaban encrespadas olas, altas como montañas. Y él... Él apoteósico y contemplativo, parecía extasiado explorando con sus ojos escrutadores la inmensurable bóveda del insondable cielo ¿Aplausos? ¿Comentarios laudatorios? No: porque sarcástico Pero Illán II bajo el toldo que guarnece al cuaderno de bitácora, le censuró así de frívolo: < ¡Vedle ahí!: un hombre que pasa por grande, y pensando va en las musarañas ¡Miradle cómo se tambalea entre Canigó y la reina Isabel de Castilla >. Sin volverme, pero con voz cortante, rectifiqué al lenguaraz maese: ¿Musarañas? ¡Sacúdete las escamas de los ojos!: fascinado nuestro mosén por el estrellado manto azul de la musa Urania, se va meciendo, como un niño en su santa cuna..., al maternal arrullo de la palabra España>. Me despertó mi propia voz... Sin consentimiento mío.
(*) El título de majara no es para rotularlo en un cuadro y colgarlo de la pared, ¿verdad que no? Sin embargo, creo que es mi deber exhibirlo en este abreviado relato. Lo acuñó gente de Bellvitge, refiriéndose a los del piquete instituido en Vallvidriera, en la fecha ya citada. Pero no fue gente gárrula, insolidaria ni descomedida, no. Fue gente cabal de Bellvitge, que resistió codo a codo con nosotros hasta el último minuto. Quede ahí ese título en homenaje nuestro al Currante Desconocido. El currante leal al compañerismo que a todos los bien nacidos nos enaltece... ¡Salga luego el sol por donde Dios quiera que salga!
Discúlpeseme por el deterioro que muestra la pegatina. Pero ha pasado tanta agua por debajo de los puentes desde su publicación...
El ariete alegórico de Figueruelo fue reproducido en la pegatina que veis por camaradas de la L C R (Liga Comunista Revolucionaria). El dibujo iba precedido de un magnífico artículo solidario con nuestra última campaña por la AMNISTÍA LABORAL ¡Nunca te olvidaremos los tripulantes de tu ariete, lúcido y bondadoso, y periodista cabal, ciudadano Antonio Figueruelo! También debemos gratitud la gente de SEAT a Andreu Claret. Éste desde Cambio 16 nos echo muy estimable capote, en nuestra referida campaña Y a Adolfo Reixach, quien desde el Correo Catalán nos atendió lo mejor que pudo. Y valgan estos tres nombres para resumir el de cuantos profesionales de la prensa nos recibieron con agrado, aunque luego no pudieran ayudarnos a su gusto. Y al que nos recibió como si recibiera a cobradores de impuestos... R. I. P. Y buena es nuestra conmemoración del XL aniversario de aquel taurino lunes Día de San Lucas Evangelista (18 del Octubre de 1971), para recordar ayudas desinteresadas. Firma: Faustino González Pelaz.
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¿CAPTURADA MÍ ESTRELLA PENTACULAR POR ESTRELLA LA POLAR?
¡Hola Clariluz! Muchas gracias por haber dedicado parte de tu valioso tiempo, y tu atención firme y selecta, a la lectura de La Madrina, producto de mi humilde y errabunda imaginación. De la imaginación mía y de la experiencia comunal, iluminada ésta con la parva experiencia de éste, tu rendido admirador. Ya sabes. Sigue vigente la vieja máxima: Primum vivere, deinde philosophare.
Mira: en loor a tu magnanimidad, y contando con tu paciencia, he resuelto dedicarte tres páginas y pico. Así contribuiré, y muy gustoso, a que acrecientes tu didascálico y pintoresco, ¡y dicaz! -¿Digo bien?- Archivo de pleonasmos. Sabes que me gustaría leer tu epílogo sobre La tránsfuga del tribadismo. Os atrae a los de tu profesión la república de las letras, ¿eh, doctora? Y tu otro opúsculo, ¿qué?: ¿Descubrir a Malthus versus maltusianismo? Si ya tienes listo el prólogo... Pero no creas que te le miento por apremiarte. Te digo ahora lo que te dije la noche de Santa Oportuna, después de que me preguntaras por el libro que te prometí ¿Te acuerdas? Aquella noche abrileña que entre siete más una nos cenamos el almuerzo reservado a una más siete. Te dije: “Ponerle cascabel a un gato no es lo mismo que ponerle zarcillos a un tigre. O cencerro a un toro bravo. O collar a perro fatuo con pedigrí en registro a quo. O ad quem”. Si hallaras modo de subirte a hombros de un Liebig y un Mendel... Mala cara no pondrían esos gigantes a una hembra de tu trapío y elegancia y tu alta categoría humana, como quiera se te mire.
No, pero aunque me hubieras propinado algún capón profesoral, y más de uno mereceré de tu parte, igualmente te habría dedicado esas páginas. Bien entendido que no admito yo capones de cualquiera. Quien no se halle investido de tu señorío moral y espiritual, ¡guarte!: ése o esa, ajústese bien su birrete académico, si de esa guisa se tocare, antes de intentar poner enmienda a mi cabeza; y eso por más lisonjeras y altas que puedan sonarle sus campanillas. Me tomo muy en serio tu concisa pero docta definición de la cabeza mía: dolicocefalia impecable. También me place leer en tu misiva... ¿Te lo digo? ¡Vaya si te lo digo!: “A mí tampoco me va la toga, aunque de niña escuchaba la leyenda de las Doce Tablas con deleite entre prometedor y profético; pero, en contra de mis síntomas, mi padre se quedó con ganas de que estudiara la carrera que mi santa madre ejerció.”
Y me conmueve eso de que el primer gran amor de tu vida fue el benemérito Hipócrates. Me conmueves pero no me sorprendes. No tengo más que mirarte a los ojos, y oírte hablar, para percibir en tu aliento, y en tus ojos, el azote y la radiante luz que flagela y aniquila a invisibles pero existentes miasmas patógenos. Verbigracia: esos malignos mengues que anidan en tantos legajos de ramplones y asalariados legistas. De asalariados legistas y sus adláteres mercenarios, cuando no también impúdicamente prevaricadores. De lejos viene la sentencia de Vox populi: Hecha la ley, hecha la trampa ¡En nombre de la ley vemos campear impune el albertaje! Leo tan claramente en tus ojos, que hasta me atrevo a añadir, despreciando el zafio dogma laico ningún amor es para toda la vida, que ése gran amor tuyo lo será mientras tu corazón palpite. Como te lo digo, Clariluz: verte yo y oírte y contemplar la alborada, poniendo ésta en fuga a las aviesas sombras, tiene para mí el mismo saludable encanto: el encanto que tendría la verdad flamígera convirtiendo en pavesa esas mentiras solemnes de las que ya hemos hablado en anterior ocasión. Como aquella tarde, cuando medíamos el volumen de las mentiras amparadas por la Ley... Canjeables por la ley del mínimo esfuerzo en santa alianza con la caciquil ley del embudo. Y mi respuesta a tu pregunta, referente al campo de operaciones de mi verdad añorada, sigue siendo la misma: los juzgados de Instrucción y contra esos jueces que frente a la verdad indómita ponen cara de perros enfurecidos. O de enfurecidas perras.
Bueno. Pero volviendo a ti... Creo que te acordarás: la primera vez que te vi hablar llevabas gafas oscuras. Hora de echarse la siesta, y con el calor que hace allí el día del Cristo... Pero me ilustró tu voz la sutileza del esmirriado hijo de la comadrona, resumida en esa graciosa anécdota que a todo tiempo y lugar puede ajustarse, por más que manida, ¡al cabo de cuenta los siglos! ¿Te la repito? Te la recitaré como a mí me la recitó mi buen camarada Fedatario: “Le presentaron al Picapiedra un jovenzato notable... Notable, jaquetón, guapote, macareno..., su traje de mucho postín... ¡Un cuadro! Sus barbas de bode sujetas con hilos de seda, la cabellera brillante como alquitrán y torneada en caracoles como cuernos de morueco... Sí, sí; pero así de campechano, ¡el hijo de su madre!, como maniquí de escaparate revestido con toga de togadicto ¿Conclusión? Que le exigió Picapiedra: < ¡Habla, que yo te vea! ¡¡Recoño!!>”
Sigo sospechando que el citado Picapiedra es el Sócrates de la cicuta. Si marro, excúsame y no te importe corregirme.
Pero te ruego: intenta colegiar a Hipócrates junto Solón. Tú tienes sobrada potencia mental para colegiarlos en tu carpeta de universitaria. Prueba de que respondes a los guiños que el virtuoso Solón sigue haciéndote, tú misma me la das: qué pronto has reconocido al autor de INTRODUCCIÓN AL DERECHO HISPÁNICO.
Efectivamente: los 70 PRINCIPIOS GENERALES DE DERECHO que ocupan las páginas 92 y 93 de la Madrina (Faustinogonzalezpelaz. Blogspot. es) son parte del elenco que el profesor Julián Moneva Pujol muestra en el citado libro (Editorial Labor S. A.: segunda edición, año 1931). Pude haberlos puesto a todos. Pero me tentó el carisma de Setenta. Así, las personas semejantes a ti -en rectitud de conciencia- podrán invocar esos Setenta Principios de Derecho Internacional, aun si fueran personas iletradas o ágrafas, con pareja solemnidad a la de quienes juran por la Septuaginta: la Biblia de los Setenta, por lo que doña Clariluz me tiene dicho.
Sí, sí, preciosa Clariluz, tómate en serio mi ruego. Eso no te impide suscribir la opinión de don Fernando Lázaro Carreter, la que has leído acotada en el blog de marras, referente a Sus Señorías. No, mira, me bastará con que complazcas a tu padre. Con eso me sobra para ver reforzado mi aserto cuando hablo de los legistas que parasitan los juzgados: personas togadas como Clariluz y su madre son honrosas excepciones que toda universal regla admite. Y acerca del balneario Aguas de oro... Veo que te han hecho tilín los nombres que rotan en torno de la Madrina ¿eh? Pues... ¡Albricias frescas! En el nombre tuyo está la clave de mi acierto. ¿Podría otro nombre retratarte a ti mejor que el que te define? ¡Clariluz!
¡Qué nombre! Suena con mágicos vislumbres de soleadas y prístinas, y rumorosas, aguas argénteas: aguas saltando del silvano risco a las vítreas facies del límpido cuarzo... Allá en ignota y nemorosa, ¡agreste!, y sugestiva catarata vertiginosa. O a susurros destellantes, si se pronuncia en noche serena y canicular, emitidos por la estrella decana Sirio: la Excelente. Y es que a ti te retrata tu nombre tan fielmente como a Blancanieves el suyo. Sin que desmientas lo que dejó dicho... ¡Qué más nos da quien lo dijera! No es nuestro vestido quien adorna nuestro pecho: es nuestro pecho quien adorna nuestro vestido. ¿Verdad? O como advierte el cuñado de Pero Grullo: Aunque a la puta la vistan con toga, con el que la pague yoga. ¿Que qué opino, o siento yo, si oigo a un médico llamar ingesta al potaje de garbanzos o cefalalgia al dolor de cabeza? La ironía de tu pregunta la tengo por muy estimable. Lo menos por tan estimable como tú puedas tener los pleonasmos de tu archivo, por no aludir a tu severo y resplandeciente fonendoscopio. Hay mucha y eximia instrucción cívica en tu aséptica pregunta. Y también un implícito reconocimiento de que no olvidarás tu lectura de la Madrina. Así: te veo ahora como a ceñuda y olímpica y augusta matrona manteniendo a raya todos los prejuicios, sin distinción de clase ni color ni de la autoría que ostenten. Pues ahí te quiero ver yo: ¡serrana entre los espliegos!
Sean los jueces quienes se den por aludidos en lo que a prejuicios toca. Si hay alguna corporación que se beneficie de los prejuicios es la suya: es más cómodo para el juez, y tentador en demasía, prejuzgar que juzgar. Acaba antes. Por igual sueldo, dispone de más tiempo para holgar, o conspirar contra las verdades rebeldes, esas a las que no se puede destruir pero sí secuestrar en colusión con algún colega debilitado Y no todos disimulan su devoción por la holganza y conspiración a nuestra costa. Ya has visto el padrecito de la patria que está hecho don Obtuso Verres de la Checa Perezuela, entre otros.
Claro. Dar crédito a un testigo, sin más, es menos tedioso que indagar si es vil testigo alquilado por la comadre leguleya. Conque: ¿dolor de cabeza y no cefalalgia? ¡Me encojo de hombros! Quien necesita entender el lenguaje profesional del médico es la farmacéutica, no el paciente. El paciente, ¡tan contento si lo que le ha recetado su médico o su médica le cura! Y por recetarle en román paladino, tampoco será más tolerante el paciente con el médico, si éste yerra. En fin, recetas aparte, el médico ni quiere ni necesita vicario para comunicarse con su paciente, por más rústico que éste sea. Mientras que el juez... Lo has visto: sin abogado que le interprete, es un pobre parlanchín amordazado ante el litigante que tenga la osadía de preguntarle: ¿Por qué firma Su Señoría sentencias de valor equiparable a un rollo de papel higiénico? Eso, obviamente, si no va el tal litigante precedido y asistido por el autoritario caballero Su excelencia Don Eurócrata, encarnado en abogado ducho (no digo abogaducho).
Sin embargo, y que yo sepa, ningún pobre en España muere en un hospital por ser pobre (en euros). Por accidente o descuido, quizás; por empacho de fármacos, pudiera ser; pero esos eventos no entienden de clases sociales. Sin embargo nuestros médicos, desdeñando espurias excepciones, tampoco entienden de esas miserias ni admiten acepción de personas ¿Puede la gente humilde decir eso de los jueces que padecemos?
El rótulo JUSTICIA GRATUTA es remedo de taparrabo con el que nuestros jueces quieren hacernos creer que tapan las vergüenzas del antedicho caballero: ¡Don Dinero!, hablando claro. Pero... ¡Ni borracho se toma en serio Gil García la pantomima referida a la gratuidad! ¿A que no? Y tú, tan atinada en tu heterodoxia sobre cuestiones políticas, ¡todavía menos! El más incauto y bisoño litigante, viéndose huérfano de Don Eurócrata, sabe por experiencia ajena que, frente a un buen abogado nada tiene que esperar del juez; o del magistrado, si apela. Sabe que sus razones, por sangrantes que le sean, le sonarán al Señoría como campanas de palo (ni empece al buen abogado ser también un buen farsante) Pero: ¿hacéis daño a alguien los profesionales de la Medicina con vuestro lenguaje profesional?
¡A nadie! Y eso es extensible a los profesionales de todas las carreras y oficios, ¡menos a los jueces! Da lo mismo se llamen jueces o magistrados, o choznos de señores de los de horca y cuchillo; que si esto no se lo llaman entre ellos (o quizá sí), somos muchos, ¡millones!, los sufridos contribuyentes que tenemos motivos para llamárselo. Sufrimos a esos choznos apestosos en los juzgados suburbiales. Porque: siendo que el desconocimiento de la ley a nadie exime de su cumplimiento, usar los jueces lenguaje propio de jueces es malversar la confianza que nos imponen y la pasta que nos cuestan
¿Moraleja? Sí: que mientras no hablen un lenguaje vulgar, que toda la población entienda, ¡voto a Bríos!, tendrá sobrada razón la gente económicamente desvalida para mirarlos en conjunto del modo como los mira: como a taifa de señores parásitos oligócratas, enmascarados de egregios demócratas. ¡Y eso es así, se ajuste o no a Derecho la razón de su mirada! Señorías tales que, aun el más indigente en letras, a fuerza de usar a los abogados como a vicarios ungidos (por gremio de los jueces), acaban mirándonos a todos como infalibles sumos pontífices (a quienes pagamos su sueldo, si creemos en ellos como si no). Pero...
¿Y que qué me parece la actual situación política de España? ¡Esperando! Mi opinión sobre ese particular la tengo por irrelevante. Lo que oigas en cualquier taberna concurrida por amas de casa u obreros que vean poco la tele. Seguro o casi seguro que coincide con mi opinión. El hastío que me causa lo política de don José Luis lo atenúa mi temor a que le releve don Mariano. Ese abanderado de la Economía... ¿Tú te fías de quien finge ignorar que el pescado empieza siempre a pudrirse por la cabeza? ¿O de quien no quiere mirar al pasado? “¡Hay que mirar adelante!” Muchas copas de aguardiente ha que llevar entre pecho y espalda tu amigo, si alguna vez le ves conduciendo sin espejo retrovisor ¡Si Cicerón le oyera...! ¿O desde cuándo la ciencia de la Economía no es deudora de todas las demás Ciencias? Pero si no te digo más, te preguntarás para tu coleto, con la mosca tras la oreja: “¿Qué estará esperando éste?” Bueno, por ser tú... ¡Guerra a la opacidad!
Estoy esperando a que don Talantudo deje de vetar, con su sonrisa de figurín en museo de cera turístico, que una mujer ocupe la presidencia del Gobierno en España. Y no porque yo me ilusione con que una mujer, por el hecho de ser mujer, vaya a poner las trufas al precio de las alcaparras. No: ¡es que me gustaría ver rodando la manzana de la discordia en las filas del Partido en el Gobierno de España! (año 2009). En el peor de los casos -aunque en mi opinión el peor de los casos es el susodicho Talantudo- si hay ministras por cuota, ¿por qué no puede haber presidentas de Gobierno por cuota? Me fastidia que un señor que trafica con el feminismo -políticamente hablando- se empezuñe en no ser feminista él. Ello mientras porfía, como un poseso, por que todos los demás alabemos como loros su verborrea feminista. Y sí: doy por buena la discordia que ponga fin a cualquier agravio que no sea al precio otro. Referente al gomorrismo, lo que te tengo dicho: quien tenga el velo del paladar por delante de los ojos y no quiera someterse a prescripción facultativa, ¡allá él! Sin que deje de asombrarme que semejante tipo se contonee en la pasarela de los desviados..., exhibiendo su tupido velo. Y... ¡Ah!, y gracias por tu deseo de condecorarme -dices que si en tu mano estuviera- con la Ley de la Palanca. Me doy por condecorado, ¡guapa! No por afición a la joyería y sí por oír de tus labios esa invocación a la universal plegaria... ¿Plegaria? ¡No! Perdona. Perdona mi lapsus calami. Olvidaba que me corregiste en tú dispensario y con muy alto magisterio. ¿Te suena?:
“¡No digas Plegaria de Arquímedes! ¡Llámala Bastón de Dios ante tus hijas e hijos! Tu musa te felicitará”
¡Pardiez que sí! Admito que figura tu Ley de la Palanca en el aula que entroniza leyes de supremo rango. Esas pocas a las que cuadra el denominador común de insobornables ¡Tan insobornables como la voluntad de los números primos! Pues no temas. No confundiré yo a esos hieráticos números con adocenados y puteros y venales jueces. Y mejor Bastón que el que me concedes, puesto repartir bastonazos entre bellacos y bellacas, de la ralea que sean... ¡Ni pintado! Y eso: que siempre te veamos a ti, bondadosa Clariluz, ¡estudiosa y rebosante de salud! Gracias también por desvelarme que puedo llamar Pentalfa a mi estrella de cinco puntas, y una última y pertinente aclaración, rutilante Clariluz. Heme resignado a obsequiarte con tres páginas por no estar en mis manos poner en las tuyas el obsequio que de mi parte mereces. Por mi gusto pondría ante tus ojos, o delante de tu balcón, un barco velero con el velamen de toda su arboladura engalanado de flores, fragantes e inmarcesibles, ¡de todas las tierras de España! Sus tierras las de España y custodiadas por san Jorge, en honor a la calidad de tu estirpe catalana Y no un velero cualquiera: ¡¡el Juan Sebastián Elcano!! ¿Te parece poco? A mí sí. A mí me gustaría entoldar la bitácora del velero que te digo con el Atlas Catalán que Pedro IV de Aragón encargó a esos cartógrafos cuyas biografías, me tienes dicho, te gustaría escribir algún día: Abraham Cresques y su hijo Jafuda. ¿Te parece ya bastante? A mí no. Yo tachonaría la cubierta de tu velero con polícromas orquídeas y nepentes analgésicos: galas unas y otros de cuantas islas realzan la belleza de nuestro planeta.
¡Eh, un momento, buena moza! Me dejaba en el tintero la quintaesencia de mi obsequio para ti ¡Yo también sintonizo tu emisora. Sí, jovencita Esa emisora de radio a la que tú llamas santuario de la claridad informativa. La misma a la que el profesor don Ramón llama isla de libertad. Claro que le conoces. Y tu padre... Sí, mujer. Formó parte de la dirección de la vanguardia antifranquista..., ¡in illo tempore! ¡Cuando no había nadie detrás de dicha vanguardia! ¡Si lo sabrá tu padre, a qué precio se pagaba la libertad de expresión! Anunciar al Lucero del alba en aquellos tiempos sin licencia del invicto Caudillo... ¡Huy!: tenlo por anuncio alucinantemente peligroso. O tan peligroso como echarse una novia en tarde de toros y que la maja presumiera de llamarse Libertad en la madrileña Puerta del Sol. Podía ser penalizado el anunciante con inolvidable paliza, con privación de la libertad propia hasta las calendas griegas...; o hasta con pérdida de la vida.
Tamién hay quien llama a semejante isla y a semejante santuario bajel con rumbo que orienta al norte... ¡Desafiante bajel en medio del proceloso y tenebroso piélago! ¡Y solo! Solo frente a voraces leviatanes, ¡tan 1temibles como taimados!, que en contubernio superlativo acechan entre dos aguas!
Tú, que sabes cómo y a quién rezar, ¡reza por que no se desnorte ese atrevido bajel!; que no veo yo escrito en los cielos propósito ni promesa de perdurabilidad en su certero rumbo. Lo que sí veo es peligro de que un traicionero golpe de mar arroje por la borda a sus más conspicuos y avezados tripulantes. Y ya, nada más. Acéptame la copiosa rociada de besos que te envío, como si fueras la Mureneta, o la Pilarica o la Reina de Guadalupe, y transmite a tu novio y a tu padre de mi parte un apretón de mano. Y que goces de buena salud, preciosa. Saluda a doña Rosa de mi parte, cuando tengas ocasión. Y confírmaselo: la doctrina feminista, el movimiento feminista, las lamentaciones feministas, el exhibicionismo feminista, todo eso ha dejado de merecer mi simpatía, si fuera que antes las mereció. Lo digno y eficaz es: Hombre y Mujer codo a codo siempre frente a la injusticia y contra toda especie de atropello a las personas, desde que prende en la carne la chispa de la humana vida. No veo otro camino respetable para mejorar moralmente a la Criatura Humana. Eso si no queremos trocar cojonismo por vaginaje ¿Si puedo repetirte mi número de teléfono? Por correo te lo envío.
Desde Tierra de Toros y Conejos: el Trapero de la Cultura (D. N. I. 7.379. 101) Año: el que sucede al pasado y precede al venidero.
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